Quien mucho aprieta poco abarca, o la obsesión del control.

Por Mariano Grondona.

Acasi un año de su derrota frente al campo en el Senado, el ex presidente Kirchner continúa su ofensiva contra el sector que lo venció con declaraciones como aquella en que lo acusó a principios de esta semana de "utilizar tractores en vez de tanques" en alusión al comportamiento que le imputa al ruralismo durante los años setenta, una ofensiva que no es sólo verbal puesto que al país ya le ha costado la caída vertical de su producción agropecuaria.

Un segundo costo como consecuencia de esta ofensiva es electoral , puesto que Kirchner ya debe asumir que el 28 de este mes perderá en grandes distritos agropecuarios como Córdoba, Santa Fe y el interior de la provincia de Buenos Aires. ¿Cuán "racional" es su comportamiento? Podría pensarse en este sentido que el ex presidente espera compensar estos graves contratiempos mediante la concentración de sus esfuerzos en el Gran Buenos Aires para aventajar en él a Francisco de Narváez, en un "mano a mano" entre ambos. Este "reduccionismo" de la pretensión kirchnerista al único gran espacio que todavía controla parece dejar de lado, sin embargo, el hecho de que la verdadera batalla del día 28 no será la pulseada con De Narváez sino la lucha por las bancas del Congreso, donde la oposición podría aventajarlo.

Si ser "racional" consiste en elegir los medios adecuados para alcanzar un fin, hasta podría comprenderse esta estrategia de buscar una victoria que se espera espectacular en un solo distrito a costa de una derrota menos espectacular, pero más efectiva en varios otros; pero lo que es más difícil de explicar es por qué, precisamente ahora, el ex presidente ha comenzado a hostigar no sólo al campo sino también a la industria, que había sido extremadamente cauta frente a él, mediante medidas como la complacencia con Hugo Chávez en su ofensiva contra el grupo Techint, la prohibición de distribuir sus dividendos a la empresa Edesur y el proyectado desembarco de síndicos estatales en las compañías privadas en las cuales el Gobierno ya nombró nuevos directores como consecuencia de su apoderamiento de los fondos jubilatorios de las AFJP.

Esta ofensiva contra el sector industrial corre el riesgo de estimular aún más la importante fuga de capitales que ya padece nuestro país, un proceso que contrasta abruptamente con la fuerte atracción de los capitales privados que están desplegando otros países latinoamericanos como Chile, Uruguay y, sobre todo, Brasil. La nueva agresión al sector industrial podría precipitar al fin un escenario peligroso para el Gobierno: la convergencia entre la industria y el campo. La pregunta que habría que contestar ahora es, por consiguiente, ésta: ¿es "racional" sumar adversarios de uno y otro lado, justo en vísperas de un crucial pronunciamiento electoral?

La miel y la cicuta

El dilema que enfrenta todo gobierno podría describirse como la opción entre dos refranes populares: "quien mucho abarca poco aprieta" o su contrario, "quien mucho aprieta poco abarca". Algunos críticos están imputando al flamante presidente Obama que, por querer "abarcar" ahora el consenso de antiguos enemigos como el fundamentalismo islámico, la resistencia palestina y la dictadura totalitaria de Fidel Castro, está debilitando el frente occidental. Sus partidarios dicen en cambio que la estrategia de Obama responde a una auténtica vocación democrática. La estrategia del ex presidente Kirchner parece obedecer, en cambio, al refrán opuesto. Si ampliar el radio del consenso supone aflojar la disciplina para sumar coincidencias, en Kirchner se da la intención contraria: apretar lo que ya se tiene, aun a costa de lo que podría obtenerse.

Esta intención se presenta ante nosotros, más que como una decisión que responde a la búsqueda incesante del consenso propia de la democracia, como una decisión hegemónica cuyas raíces hay que buscarlas más allá de la democracia, en los pliegues profundos de una psicología individual. A esta indagación de las conexiones entre la política y la psicología corresponde el brillante libro del analista Eli Sagan titulado La miel y la cicuta ( The Honey and the Hemlock , Basic Books, 1991), que explora los condicionamientos ocultos, subconscientes, de las decisiones de algunos adoradores del poder. Sagan describe los comportamientos "paranoides" (no ya "paranoicos", esto es, más "neuróticos" que "psicóticos") de algunos políticos.

Según el autor, "todos" los seres humanos atravesamos en nuestra primera edad un período "paranoide" porque, cuando niños, pasamos por una fase en la cual creemos en el poder de nuestras propias fantasías. Pero a medida que el tiempo avanza, la realidad nos va contradiciendo. Durante la fase "paranoide" de nuestra evolución, empezamos por atribuir las frustraciones que experimentamos a las intenciones aviesas de algún "enemigo".

Lo normal es que superemos esta primera fase, en camino a nuestra propia maduración. Pero en algunas personas queda, sin embargo, un residuo psicológico que las sigue inclinando hacia la sospecha de que el mundo está poblado de enemigos al acecho. Este residuo puede ser fuerte o débil. Cuando el residuo paranoide es fuerte, la persona por él afectada tiende a adoptar una hipótesis conspirativa a resultas de la cual necesita vencer de alguna manera las malignas resistencias a sus proyectos que encuentra en torno de ella. ¿Cómo podría lograrse esto? Mediante un solo recurso: el control. El ideal de una persona sujeta a este dilema existencial es acentuar el control de los que la rodean hasta llegar a una situación en la que ellos la obedezcan sin reticencias, porque sólo este intenso grado de control puede calmar su profunda sensación de inseguridad. El predominio de esta sensación se verifica especialmente entre los políticos, cuya meta es, precisamente, obtener y asegurar el poder.

Apretar o abarcar

Si la interpretación de Sagan es correcta, no es adecuado juzgar a los políticos afectados por el síndrome que él describe desde un ángulo exclusivamente "racional". Lo racional sería, para Kirchner, ampliar el círculo de su influencia, siguiendo un método democrático como el que sigue Obama, mediante la extensión de un consenso que supondría el diálogo con sus adversarios. Pero este tipo de progreso político supone que Kirchner obtendría, a cambio de esa ampliación inevitablemente pluralista, menos y no más control sobre los que lo rodean.

Cuando se advierte entonces que, al acentuar su control sobre algunos argentinos, Kirchner "achica" el país porque ahuyenta las inversiones y las alianzas, lo que no se advierte al mismo tiempo es que, puesto a elegir entre un país más chico pero más controlable y un país más grande pero menos controlable, el ex presidente prefiere apretar más aunque deba abarcar menos porque, para él, es preferible un país donde "vivamos con lo nuestro", aunque sea poco, a un país que, por integrarse en el mundo y sumar una rica variedad de iniciativas, resulte más próspero pero menos controlable.

No es entonces que Kirchner ignore las grandes oportunidades de desarrollo político y económico a las que podríamos tener acceso. Es que, aun advirtiéndolas, prefiere otra vía donde predomine, en vez un desarrollo también a cargo de aquellos que no coinciden con él, un achicamiento político y económico exclusivamente a su cargo. Una pregunta queda empero sin contestar: ¿cómo podrá continuar el ex presidente con esta estratregia si el próximo Congreso le es ajeno? He aquí una pregunta que Sagan, en su libro, no alcanza a contestar.

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