Quien asume el poder manda.

Por Aldo M. Abram.

La principal incertidumbre sobre el futuro económico de la Argentina surge del resultado electoral del Gobierno mañana; lo que habla de una bajísima calidad institucional.

Esto no sucede en las naciones republicanas y cívicamente maduras que respetan los principios republicanos de gobierno. En ellas, las políticas de largo plazo y las soluciones a los problemas de la gente se discuten en los Parlamentos y surgen por consenso. Por lo tanto, el oficialismo las impulsa desde el poder y, cuando le toca gobernar a la oposición, ésta mantiene esas estrategias de gestión en cuya elaboración colaboro. Así, es posible mantener políticas de Estado de largo plazo que no dependan de quién está coyunturalmente en la Presidencia.

Consecuentemente, una elección legislativa no determina la estabilidad democrática, sino solamente la composición de quiénes tendrán la responsabilidad de buscar consensos para solucionar los problemas de la gente.

En cambio, en la Argentina, durante las últimas ocho décadas, hemos optado por confiar nuestro futuro a mandatarios iluminados que, con la suma del poder público, debían resolver mágicamente los problemas del país y su gente. Como la gran mayoría de los legisladores comparte esta forma de ver la política, el oficialismo considera que es lógico darle superpoderes a su presidente, ya que, para ejercerlos, lo votó la gente y la oposición no encuentra argumentos contra algo que también haría si estuviera en el gobierno. Por ende, las políticas de largo plazo duran lo que la gestión del mandatario de turno, y los argentinos no tenemos la posibilidad de planificar nuestras vidas, sumidos en una constante incertidumbre sobre nuestro futuro.

La mayoría compartimos esta visión de que "quien asume el poder manda", es decir, ordena y no gobierna, que sig- nifica liderar la búsqueda de consensos.

Por ello, es lógico que cunda el temor a lo que suceda si el oficialismo pierde la mayoría legislativa. Ya no sería posible gobernar autoritariamente, con independencia de la opinión del resto de los argentinos, lo que, parece, diluiría la posibilidad de resolver los problemas que nos aquejan. Es hora de que aprendamos que la construcción de un país y de un futuro, para nosotros y nuestros hijos, es una responsabilidad de todos y es demasiado importante para confiársela a un líder "iluminado". También, que no existen los seres milagrosos que pueden resolvernos los problemas y sacarnos de encima las responsabilidades que tenemos y que, al ceder estas últimas, también lo hacemos con nuestros derechos. Por lo tanto, luego no deberíamos quejarnos cuando, desde el poder, nos los avasallan. Tenemos que empezar a asumirnos como ciudadanos y no como súbditos que votan cada cuatro años a quién obedecerán por los próximos cuatro.

Mañana elijamos a quiénes nos representarán en el Congreso de la Nación. Evaluemos sus propuestas, su idoneidad y su honestidad para defender nuestros intereses lo mejor posible. Si votamos "listas", después no nos quejemos de que el Parlamento es una "escribanía" o de que los apoyos se compran o de las oposiciones destructivas que responden sólo al afán de conquistar el poder.

Esta decadencia institucional argen- tina se ve reflejada en el informe pre- sentado por el CIIMA sobre el Indice Internacional de Calidad Institucional 2009 que elabora, para 191 países del mundo, el Dr. Martín Krause. En 2007, nuestro país se ubicaba en el lugar 93 y, actualmente, se encuentra en el 114.

De un total de 36 países del continente americano, el nuestro se posiciona en el lugar 28, y hace tres años estaba en el 22. Esto significa que cada vez una mayor parte del mundo emergente busca una mayor calidad de sus instituciones para mejorar el nivel de vida de sus pueblos; por ello, es que, año a año e inexorablemente, vamos perdiendo posiciones. Lo triste es que a nosotros no parece importarnos y continuamos sumergidos en esta tendencia al estancamiento o a la involución, que nos lleva a una continua pérdida de bienestar general y mayor pobreza relativa.

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