Querer a ambos

Por Jorge Fontevecchia.

Hace varias semanas que mi casilla de correo electrónico recibe sistemáticamente mails de Marcos Aguinis y de Horacio Verbitsky con temas relacionados con el otro o con la polémica entre ambos.

Comenzó en julio: "Estimado Jorge, veo asombrado que PERFIL ha levantado las mentiras, calumnias y deformaciones que está lanzando Verbitsky en contra mío. Y el periódico dice que yo me niego a desmentirlas. El está buscando que yo baje a su pantano. Por eso me negaba a contestarle. Además, todo lo que dice es falso y muchas de sus acusaciones ya las he respondido. Habla desde el odio o la desesperación. ¿Te parece que le conteste? Un abrazo, Marcos".

A la semana siguiente el mail es de Verbitsky: "Jorge, te mando aquí mi respuesta a Aguinis para PERFIL del domingo. Es más breve que su exabrupto y está escrita en castellano, de modo que podés publicarla completa. Abrazo. Horacio".

Poco después, llegó este mail: "Marcos Aguinis me dio su dirección de e-mail. Le solicito la publicación del testimonio adjunto, el que envío en dos versiones, una extensa, a modo de artículo o colaboración, y otra sintética, a modo de carta de lectores. Yo creo que la versión larga es mucho más sustanciosa. La única condición es que cualquiera de las dos que se publique sea en su versión completa. Caso contrario, le pido que no lo haga. Atentamente. Pedro José Güiraldes" (ver página 14).

Y al día siguiente, nuevamente Verbitsky: "Hola Jorge. Te pido que publiques en forma legible las dos cartas adjuntas, parte de una operación con la que alguien intenta usar a tu editorial. Creo que son una refutación contundente. Abrazo. Horacio" (ver página 15).

Acusar a Horacio Verbitsky de haber sido colaboracionista con la dictadura es literalmente una per-versión, una versión perturbada de la realidad. No se trata de una maldad inmotivada sino de una técnica que emplean los servicios de inteligencia de todo el mundo (salvo excepciones de países muy democráticos) para desacreditar a la persona precisamente en aquello donde residen sus fortalezas o méritos.

Casi todo periodista que haya realizado periodismo de investigación y denuncia cosechó este tipo de infamias que siempre se basan en el opuesto. Estas versiones –que echadas a rodar no pocas veces son imparables– trabajan sobre la inscripción antropológica del pensamiento humano primitivo: todo aquello que resulte fuera del promedio es fácil objeto de sospecha, porque resulta más verosímil que aquel que luce tan honesto no lo sea tanto. Las mafias de todo el mundo aplican este método acusando a los periodistas que investigan a los carteles de la droga de ser drogadictos o de tener negocios con ellos. Como un judo malévolo, se utiliza la fuerza del otro en su contra invirtiendo su propio impulso.

El propio Verbitsky explicó así en la revista Noticias los orígenes de esta acusación: "Estos ataques comenzaron en 1991, cuando publiqué mi libro Robo para la Corona, y se intensificaron en 1995 al editarse El vuelo, mi entrevista con el capitán Adolfo Scilingo, quien confesó el monstruoso método con que se asesinó a muchos detenidos desaparecidos. Uno de los picos de esa difamación ocurrió en 1998, y quien puso las cosas en su lugar fue el comodoro Juan José Güiraldes".

La intervención de Julio Ramos en este caso no tiene disculpa y resulta una falla de ética profesional mayúscula: ¿cómo se va a negar a publicar la carta del protagonista principal (en este caso el comodoro Güiraldes) sobre la cual Ambito Financiero había construido una acusación errónea (que Verbitsky trabajó a través de él para la dictadura) si éste viene a desmentir los hechos? Esa es la diferencia entre error y real malicia (que dio origen a una doctrina jurídica homónima). Todos los periodistas nos equivocamos, pero persistir en el error sabiendo que estamos equivocados ya no es un error.

Durante el gobierno de Menem, Ambito Financiero junto a Editorial Atlántida en algunas ocasiones se convirtieron en una escoria de los servicios menemistas que personalmente padecí en los mismos años que Verbitsky. Aún hoy la usina difamatoria proviene de los mismos servicios de inteligencia con la diferencia de que ahora buscan satisfacer al kirchnerismo, y los medios de prensa que utilizan para difundirlo son otros.

Todos saben que Horacio Verbitsky simpatiza con el Gobierno, pero esto no le impidió criticar la discriminación con la publicidad oficial que padece PERFIL. Gesto que lo honra doblemente porque el diario donde es su principal columnista –Página/12– es el que más publicidad oficial recibe. Otra deuda que tenemos con Verbitsky es como mentor del CELS, porque esa institución patrocina –a través de su abogado Damián Loretti– ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos la apelación de Editorial Perfil por el juicio que Carlos Menem le inició en los años 90.

Paralelamente, mi afecto por Marcos Aguinis no es menor. Desde hace más de una década es un columnista destacado de la revista Noticias, y cuando lanzó ¡Pobre patria mía! me pidió que yo le hiciera la presentación en la Feria del Libro.

Creo que tanto Aguinis como Verbitsky son muy valiosos para la Argentina. Y con la irreductibilidad irreconciliable de sus visiones del país, nos enriquecen con sus aportes intelectuales, que serán siempre parciales, subjetivos y limitados, como somos todos los humanos, pero llenos de pasión y voluntad.

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