Quemá esas cintas

Por Juan Forn

Le oí decir hace poco a Ricardo Bada, un periodista español que trabaja hace cuarenta años en la radio alemana, que anda rastreando “fonocartas” de escritores. Las fonocartas (estoy casi seguro de que el término lo acuñó el propio Bada) refieren una práctica bastante extendida en las comunidades de exiliados durante los años ’70: la de hablarle a un grabador y enviar el cassette resultante al familiar o amigo lejano, en lugar de escribir una carta.

Lo que hace tan escasa la existencia actual de fonocartas es, según Bada, que casi todos los que recibían una tenían la mala costumbre de usar el mismo cassette para grabar la respuesta. Como buen sonoarchivista (la definición es suya, como la de fonoperiodista), Bada no tira ni regraba ninguna de sus infinitas cintas y cassettes. Y como evidencia, tuvo la gentileza de copiarme una fonocarta que le envió Cortázar que no tiene desperdicio.

El año es 1977. En Alemania se celebra con pompa y circunstancia el centenario de Hermann Hesse y Bada está grabando testimonios de autores latinoamericanos para un programa especial. Ya consiguió a Vargas Llosa y a Fuentes a su paso por Berlín y logró pescar por teléfono a García Márquez en la agencia de Carmen Balcells en Barcelona, pero con Cortázar sólo pudo dejarle mensajes en el contestador de su piso en París. Los días pasan. Pocas horas antes de que se emita el programa, cuando Bada ya ha descartado largamente toda participación de Cortázar en el segmento de homenaje, recibe en la radio una fonocarta enviada desde París. Es, obviamente, de Cortázar y empieza excusándose con Bada por no haberle atendido el teléfono ni haberle devuelto antes el llamado, ni por haber leído en su vida más que un solo libro de Hermann Hesse (Demian), y eso treinta años antes, en Buenos Aires. Dicho todo esto, y cuando uno sólo espera oír cómo cierra la excusa y termina la cinta, Cortázar procede a ocupar un lado entero de un cassette de treinta minutos monologando como un profeta loco sobre el autor de Siddartha.

“Lo que más recuerdo, o lo único que en realidad recuerdo de la lectura de Demian es una sensación repugnante, que me quitó las ganas de leer El lobo estepario”, dice la voz, reverberando en la erre de repugnante. Acto seguido agrega que, por esas casualidades tan características en su vida, un par de meses antes, en un sobre con papeles viejos, se topó con una página que había escrito a modo de recordatorio personal en cuanto terminó de leer Demian. “De manera que debo confiar en el que fui, porque todo esto que te leeré me suena casi absolutamente desconocido hoy.” Hay una confesión adicional, de parte de Cortázar: “Fijate qué curioso, Ricardo –le dice a Bada–, que en estos días venía leyendo unos ensayos del estadounidense Kurt Vonnegut, y él también le dedica unas páginas muy críticas a Hesse.” Como Cortázar, Vonnegut cree que Demian tenía todos los elementos para ser el libro que finalmente no es. “De ahí mi sensación de estafa”, dice Cortázar: “Porque el talento narrativo está al servicio de un relato estúpido e inverosímil. Es una búsqueda supuestamente metafísica que mezcla vuelos de águila, llantos y vahídos, con sensiblería de modista”.

A Cortázar le resulta igual de penoso que a Vonnegut el entusiasmo que despiertan en la juventud los libros de Hesse (particularmente Siddartha y Narciso y Golmundo, además de Demian). “La fuerza de Hesse en los jóvenes es la debilidad de los jóvenes, precisamente. Porque Hesse es otro de los pilares de esa larga tradición que afortunadamente está siendo destruida como era necesario: la tradición del enclaustramiento individualista, la realización propia sin reparar en lo que sucede en torno, la belleza y la felicidad bien guardadas en la heladera como los cubitos de hielo que refrescan nuestra bebida”, dice Cortázar. Y ya está lanzado, no puede parar. Donde Vonnegut ve “un escapismo literario de alta calidad que puede engañar al lector”, él dice que el personaje de Demian es un guía espiritual estúpido, que la sílaba omm no puede ejercer el menor efecto sobre ninguna persona occidental, y que toda la novela es perceptiblemente homosexual detrás de todos sus velos (“En el fondo, cuando se lee con cuidado, uno se da cuenta de que lo que Sinclair necesitaba realmente es lo que ocurre en la última página: que Demian lo bese en la boca”).

Cortázar dice por fin que respetaría profundamente el libro si Hesse hubiera tenido la valentía que tuvo Thomas Mann cuando escribió Muerte en Venecia. Curioso: en el libro que reúne los cuarentipico años de correspondencia entre Hesse y Mann, iniciada poco después de que Hesse repudiara su ciudadanía alemana (a causa del fracaso de la revolución espartaquista y la ejecución de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht) y se exiliara por el resto de su vida en Suiza, es Mann quien expresa repetidamente su admiración por el coraje cívico y la entereza intelectual de Hesse (también lo propondría en cada oportunidad que tuvo al Premio Nobel, hasta que logró que se lo dieran, en 1949). Lo que no sabremos nunca es qué decía Thomas Mann sobre Demian en aquella legendaria fonocarta que le envió al joven Tadzio y que éste tuvo la mala idea de regrabar encima con los Grandes Exitos de Village People

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