Putin, el desconocido que llegó hace 10 años para restaurar el orgullo ruso

Desde que asumió como premier de Yeltsin, nunca dejó las más altas esferas del poder en Rusia.
"¿Quién puede tomar en serio a un primer ministro si los cambian como guantes?". La frase fue pronunciada por el líder comunista Gennady Zyuganov y de algún modo representaba el desasosiego y la sorpresa colectiva de los rusos, cuando supieron por boca del presidente Boris Yeltsin que Vladimir Putin, un abogado ex director de los servicios secretos y ex vicealcalde de San Petersburgo, desconocido en los círculos políticos nacionales, se convertiría en el cuarto jefe de Gobierno en 17 meses.Una década después de ocupar ese cargo -asumió el 9 de noviembre de 1999-, el opaco hombre que llegó del hielo no volvió a salir de las altas esferas del poder ruso. En el 2000 se convirtió en el sucesor de Yeltsin en el Kremlin y ahí estuvo por dos períodos, hasta 2008, cuando le dejó la presidencia a Dmitri Medvedev, su colaborador por más de 17 años, para volver al escritorio de primer ministro.

Desde allí comanda la economía del país en tiempos de crisis sin dejar de participar en el entramado político nacional e internacional. Muchos de quienes lo conocieron antes llegar a Moscú, hablan de su gran capacidad para acumular capital político y de las cualidades personales que lo ayudaron a convertirse en un imprescindible. "El gran talento de Putin consiste en saber cómo complacer a sus jefes y hacerse notar para que confíen en él", dijo con sagacidad un analista peterburgués.

Pues bien, hace rato que el jefe es él mismo, y son muchos los que aseguran que es Putin quien sigue apurando las decisiones clave aunque hoy no sea presidente. Astuto para las finanzas, en estos diez años -de la mano de los altos precios internacionales de los hidrocarburos-, Putin hizo caja hasta convertir a su país en el tercero del mundo con más reservas, algo impensado en los tiempos en que Yeltsin descarrilaba la nación rumbo al capitalismo salvaje y dejaba al país en bancarrota.

La Rusia económicamente fuerte le permitió recuperar un lugar entre quienes toman las decisiones internacionales y, así, restaurar la dignidad mancillada de un modo que le permitió sentirse capaz de presionar al EE.UU. de Bush (y hoy al de Obama) en el marco de algo muy similar a lo que fue la dialéctica y la retórica de los años de la Guerra Fría.Desde muy temprano, Putin dio impulso a figuras vinculadas a las fuerzas de seguridad, en desmedro de los "oligarcas" de Yeltsin, a quienes les puso límites políticos y nuevas reglas de juego. Una de las primeras decisiones que tomó fue lanzar la segunda guerra en Chechenia, le rebelde república autónoma independentista, donde las fuerzas rusas cometieron tremendos abusos en materia de derechos humanos que le costaron a Putin serios cuestionamientos por parte del resto del mundo, tantos como su discrecional manejo de los medios de comunicación y la represión a toda clase de disidencia política.

Fronteras adentro, Putin es para los rusos el gran símbolo del orgullo recuperado. Su figura representa, además, el ícono de la virilidad y la firmeza, del orden y la austeridad frente al caos de los '90.Luego de meses de poca visibilidad, en donde se supone se abocó a trabajar para no perder el rumbo frente a la tormenta de la crisis económica, en junio se lo vio intimando frente a las cámaras de TV al ultramillonario Rey del Aluminio Oleg Deripaska a que pagara los sueldos adeudados a 1.400 trabajadores que estaban a punto de provocar un estallido social en Pikalevo. La escena fue antológica: con absoluto desdén lo llamó con un chistido, le dio una lapicera para que firmara el acuerdo y luego se la pidió de vuelta. Deripaska, demudado.

Poco después, el primer ministro ruso apareció sorpresivamente en un popular mercado de Moscú y con tono seco advirtió a los comerciantes que los precios estaban muy altos, demasiado. Las cámaras vieron entonces cómo Putin ordenaba que debían bajarlos inmediatamente. Su última gran aparición fue digna de álbum, cuando los fotógrafos se hicieron la panzada con una enorme cantidad de imágenes tomadas durante unas vacaciones siberianas del premier. Allí se lo pudo ver en ropa militar, montando a caballo con el torso desnudo o nadando mariposa en un río helado. Días antes, se había sumergido 14 mil metros de profundidad en un minisubmarino en el lago Baikal, una perla ecológica que alberga la quinta parte del agua limpia no congelada del planeta. Mientras él se hundía en las entrañas del lago, el presidente Medvedev acudía a una regata de remo.Pese a la mirada prejuiciosa de Occidente, que lo cuestiona por autoritario y por su poco respeto por las libertades individuales, Putin sigue siendo el político más popular entre los rusos: según el instituto Levada, hoy cuenta con 63% de imagen positiva. Pavada de cifra.

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