Punto suspensivo

El Xeneize, con diez, mereció ganar. Al final empató pero perdió: ya no está solo arriba y las dudas lo acosan. Depende de Román.
Ischia se agarra la cabeza. Si tuviera pelos, no le quedaría ni uno. Gaitán, de rodillas, mira lo que no fue. Riquelme ni mira. Viatri, con las espaldas en llagas, no puede creer que tanto esfuerzo (y talento) se haya ido tan lejos. Era el gol del campeonato. ¿Era el campeonato? ¿Es el campeonato? Boca estuvo cerca de ganarlo pero lo empató. Boca, con un Riquelme de normalito para abajo, se aguantó la expulsión de Morel y, con uno menos y a pesar de no jugar bien, mereció algo más que ese punto que resta más de lo que suma. La sensación, inevitable, cruda, es una sola: Boca perdió...

Si se pudiera analizar este partido sin contextualizarlo con el milagro Tigre y con la resurrección de San Lorenzo, se llegaría a una conclusión positiva. Boca enfrentó a un rival que, más allá de las características ofensivas de sus jugadores, se plantó para no perder. Por una inocentada de un hombre como Morel, se tuvo que acomodar en medio de tanto calor (en todo sentido) y así se las arregló para hacerlo sudar a Sessa. Sin embargo, el contexto es tan inevitable como aquella sensación de pérdida. Boca era el único que dependía de sí mismo. Un triunfo en La Plata era media vuelta o hasta vuelta entera. Era.

Morel no es el único culpable. Hay otros responsables de este punto suspensivo. El primero de la fila es el entrenador. Ischia se resignó con Alvaro González. Su buen partido en Tucumán le dio crédito para cruzar el charco y jugar por la izquierda, en el hábitat de Dátolo. Ante el fracaso del uruguayo (mal con la pelota, con diagonales que ensuciaron y encerraron a Román, sin final), Ischia bien pudo cambiarlo de lado y así apuntarle a la yugular a Gimnasia. El lateral izquierdo del equipo de Madelón era Diego Villar, volante ofensivo de origen y realidad. Y como Niell se le plantó a Ibarra para no dejarlo trepar, Boca desperdició un sector de la cancha que, en ese primer tiempo, fue ocupado por unas voraces palomas...

En el ST hizo un cambio cantado y arriesgado a la vez, ya que Gaitán va muy bien pero vuelve sin oficio. Se la tenía que jugar el DT. La roja a Morel, seguramente, le pateó el tablero. Mouche, quien podría haber espantado a esas palomas, era el otro cambio cantado que no pudo ser. Y con él, de paso, solucionaba otro problema: la pobre convivencia de los nueve.

Ayer, pecado de ostentación, a Boca le sobró un centrodelantero (Figueroa). Sin cambio de ritmo, algo que aportó el revulsivo Gaitán. Sin circulación y sin control, ya que Riquelme no pudo desatarse de Rinaudo, un verdadero lobo. En un día sin, como decía Bianchi, Boca quedó golpeado y al borde de una pesadilla. Más que nunca, de Riquelme depende...

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