El punto donde se cruzan Maquiavelo, Buzzi y Alberto F.

Julio Blanck.

Nicolás Maquiavelo escribió en El Príncipe, hace casi cinco siglos: "Nunca deberías caer confiando en que ya acudirá alguien a recogerte".

Hace poco más de cien días, los hombres de los que aquí hablaremos quizá ni imaginaban una caída. También ellos, en el tiempo ingrato que les sucedió desde entonces, sirven como una nueva certificación de validez para las reflexiones del notable florentino sobre la política y sus reglas despiadadas.

Alberto Fernández fue, y para qué abundar demasiado en recordarlo, una pieza clave en el engranaje de poder de los Kirchner. Su cercanía con el matrimonio gobernante no ha sido reemplazada. Tampoco su autonomía operativa. Ni su capacidad para contrapesar opiniones en ese cerrado reducto donde se toman las decisiones. Pero desde que la derrota del Gobierno en la batalla contra el campo lo terminó empujando desde la Jefatura de Gabinete al llano, tuvo que tratar de levantarse solo: nadie acudió en su auxilio después de que se produjo la caída.

Recompuso algunas calidades perdidas en la vida familiar y en su salud. Y recibió y visitó a unos cuantos ministros, gobernadores y legisladores, que seguían buscando la voz con la que habían hablado durante cinco largos y buenos años. Pero también contempló cómo su antiguo jefe daba aire a sus antiguos subordinados, para que éstos removieran el módico edificio de poder que Fernández había construido en el peronismo porteño. Se cumplía un principio en cierta forma maquiavélico: al caído no se lo ayuda, se lo patea.

Eduardo Buzzi parecía, en aquellos días de gloria para el campo, un general victorioso arrullado por el aplauso de multitudes. Si hasta se atrevió a deslizar, en público, que su éxito con las mujeres había aumentado en proporción directa al estado de gracia que disfrutaba entonces. Pero las lecciones de la política son descarnadas. Y para pasar la prueba hay que tener el cuero duro y no dejarse llevar por el relumbrón de la fama fácil. Buzzi sigue presidiendo la Federación Agraria, pero su estrella empalideció y ahora anda a los tumbos, buscando cobijo en la orilla del duhaldismo.

Mientras tanto su cordial pero implacable enemigo interno, el multifuncional Alfredo De Angeli, juega abiertamente con los jefes de las otras entidades del campo. Porque hoy es De Angeli, y no Buzzi, el que mantiene viva la Mesa de Enlace, comando conjunto de las fuerzas que tan buen servicio le prestaron a los grandes productores, usando la cuantiosa masa crítica de pequeños chacareros. Y como si fuera poco, no concurrió a la fuerte movida que sus compañeros de ruta de la CTA hicieron hace un par de semanas en Jujuy, porque en ese congreso progresista quizá no iba a ser bien recibido alguien que pasó tanto tiempo del brazo con la Sociedad Rural.

Fernández, en la dura adaptación a respirar fuera del poder, empezó a encontrarle gusto a los desayunos y reuniones de consulta con empresarios de diverso calibre. Una manera de mantenerse en forma y de paso ayudar a que la billetera no llore de soledad. Al tanto del nuevo emprendimiento, la muy relacionada consultora y profesora Doris Capurro lo puso en contacto con ambientes académicos europeos. Y Fernández, que acá todavía conserva su cargo docente en la Facultad de Derecho, anda dictando conferencias en España y Gran Bretaña.

El jueves y viernes últimos estuvo en Salamanca. Dio una charla para alumnos del máster en Relaciones Internacionales de la muy tradicional universidad salmantina. Y conferenció sobre "Dilemas comunicacionales en Argentina y América latina", ante alumnos y profesores de la Universidad Pontificia. En los próximos días pasará por Londres: participará de un seminario en la London School of Economics, dará una conferencia en Canning House y hablará en el centro latinoamericano del Saint Anthony College, de Oxford. Quizás no sea tan excitante como ponerle la firma a una decisión de gobierno, pero seguro tiene su adrenalina.

Los días de Buzzi son menos gratos. Sufrió con el pobre resultado del nuevo paro del campo, que se empeñó en lanzar a contramano de la realidad económica y el humor social del momento. Y se equivocó feo cuando dijo que en las entidades agrarias "hay una actitud de ir desgastando y erosionando desde donde se pueda a este Gobierno". Recibió un reproche de Cristina y hasta una denuncia por presunta desestabilización. Peor todavía: sus socios de la Mesa de Enlace dijeron que no tenían ninguna coincidencia con esas palabras. Al final, admitió que su frase había sido "poco feliz". Pero ya era tarde. Con él también se cumplió el principio maquiavélico. En política, el que se cae, pierde.

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