En las puertas del cielo.

Pese a que cayó en cinco sets ante un Federer gigante, Del Potro la rompió. ¡Y merecía jugar la final de mañana ante Soderling! "Estuve cerca de arruinarle la fiesta, pero otra vez me la arruinó a mí. Me siento muy triste", dijo el argentino. Héroe igual.
Aquella frase en broma, la de "soy el mejor de los peores", nunca fue tan falsa como ayer. Alcanza y sobra con ver a Roger Federer colgado de la red, los antebrazos en la banda blanca, en un balanceo fatigado, mientras Juan Martín del Potro se acerca. Y el saludo es apretón de manos, pero también es una felicitación sincera, un abrazo, varias palmadas en la espalda. Sabe, el suizo, que ahora ese argentino timidón, con el que habla mucho sobre fútbol y que le regaló una camiseta de Boca, no sólo se conformará con entrar a la cancha y luchar: sabe, porque acaba de vivirlo, que tiene el carácter, el tenis y la intensidad como para sacarle dos sets, llevarlo a un quinto punto en una semi de Grand Slam y hacer que la pase mal.

Esta frase en serio, con los ojos vidriosos, jamás fue tan saludable y auténtica como ayer. "Estuve cerca de arruinarle la fiesta, pero otra vez me la arruinó a mí. Me siento muy triste, es muy difícil analizar el partido... El que va a entrar a jugar la final será él y yo la voy a tener que mirar por televisión". La sangre burbujea por sus venas. Bienvenida esa calentura. Nada de "y bueh, perdí, es Federer, qué querés". No. Cero. El pibe de 20 años, ante los ojos del mundo, acaba de ser reconocido como un hombre. "Que sea joven no significa nada, esto duele tenga la edad que tenga... Salí a jugarle de igual a igual. Sé que muchos esperaban que estuviera nervioso, que no hiciera mi juego. Le gané dos sets, algo que nunca había hecho. Tuve mis chances, estuve cerca". Está claro, el resultado no cura, aunque alimenta un destino. "Este partido me puede marcar para lo que viene. Sirve para que el resto de los jugadores vea que voy mejorando y que cada vez va a ser más difícil enfrentarme".

Con ese espíritu se le plantó a su ídolo, al tipo que más respeta, el único con el que su voz cambia cuando charlan en el vestuario. Lo sacó con el saque (16 aces), le tiró un cascote en cada drive cruzado, lo atacó sobre el revés y por momentos (varios), fue Delpo el que controló el juego, fue Roger el acosado. Quedaron, en ese DVD que la organización del torneo le entregó al tandilense con las imágenes del partido, un racimo de circunstancias positivas. Para el play, rew y play en cámara lenta: dos globos divinos cuando el 2 del planeta (y uno de los mejores de la historia) buscaba el desequilibrio en la red y varios passings paralelos, incluso uno que obligó al suizo, luego de apenas rozar la pelotita con el marco de su raqueta, a terminar afuera de la cancha, casi sobre los canteros que bordean al court.

Delpo se puso 6-3, 6-7 (2) y 6-2 por méritos propios, no porque Federer estuviera jugando mal. Pero la intensidad, el desgaste, tal vez el peso específico del partido, generó el primer gran vuelco de la fresca tarde parisina. El tandilense llevaba 27 games consecutivos ganados con su saque, que incluían buena parte del match ante Tsonga y el partido enterito ante Robredo. Una bocha, sí. Hasta que en el cuarto set (1-6), el látigo se le aflojó: dos quiebres consecutivos y a cuidar la raqueta, las piernas y la mente para el final... Fue en el quinto set cuando llegó el click decisivo: Juan Martín le quebró el servicio y se puso 3-3, pero el game siguiente se le escurrió entre el encordado, sin poder meter ni un primer saque y cediéndolo con una doble falta.

A esa altura, Federer había recuperado el brazo y ahuyentado el temor por quedarse sin la chance de jugar su final más fácil de los últimos cuatro años. Cada drop era efervescencia pura para un Philippe Chatrier colmado de franceses que lo endulzaban con el "Goyer, Goyer". Delpo, en su primera semifinal de un Grand Slam, fue a la red y, loco un poco nada más, pasó de largo un par de veces ante la experiencia del suizo, que disputó su 20ª consecutiva, se llevó el cierre con un 6-4 y ya les tocó el timbre a las puertas del cielo.

"Le saqué dos sets, necesitaba uno más... Pero de a uno come la gallina". Del Potro se quedó ahí, observando por la mirilla. Pero ahora conoce el camino.

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