El pueblo tiene derecho a saber de qué se trata

Cuando un gobernante pierde de vista la noción entre lo público y lo privado, tarde o temprano cualquier decisión que adopte termina cayendo por su propia torpeza.
El vicegobernador, Juan Manzur, acaba de experimentar esa sensación. A tres meses de haber dispuesto la suba en los haberes de los legisladores, se conoció la noticia. Tal vez a algunos irrite que un legislador cobre $ 7.500 y, quizás, a otros no. Ajenos a esa discusión, ¿es correcto que un funcionario maneje con discrecionalidad -y sin difusión- dineros públicos?

Manzur cuenta con facultades constitucionales para administrar los recursos del Poder Legislativo. Lo hizo dentro de la ley. Pero, ¿lo hizo dentro de la legitimidad? Puede hasta sonar a hipocresía que un legislador viva con $ 5.000, si se tiene en cuenta que se barajan cifras mucho mayores en concepto de gastos sociales. Pero no es menos hipócrita creer que la ciudadanía no tiene por qué conocer las decisiones que se adoptan en las alturas del poder. ¿Por qué debieron pasar 90 días para que se difundiera una medida tan sensible a la sociedad? ¿Por qué, luego de conocida la decisión, los legisladores esquivaron la responsabilidad en público? ¿Por qué el propio gobernador dijo ante la prensa que desconocía la suba de las dietas cuando, en 2007, él mismo anunció que los legisladores sólo cobrarían $ 5.000 mensuales? ¿Por qué tras la publicación se dio marcha atrás? Respuesta: falta de legitimidad de la decisión adoptada.

Más allá de la cuestión de fondo, pueden tejerse algunas hipótesis sobre las rencillas políticas de coyuntura. Suena extraño que el gobernador no haya estado al tanto del aumento para los legisladores, cuando en otras ocasiones dio sobradas muestras de conducir también al Poder Legislativo. Si efectivamente fue así, entonces debería preocuparse porque su dominio exhibe cierta debilidad filas adentro: si Manzur, Mansilla o Amado (en ese orden, los responsables del Poder Legislativo) no le avisaron que adoptaría semejante disposición, podría conjeturarse que ya no tiene las espaldas bien cubiertas, pues lo expusieron a un vendaval de críticas. Esta teoría es la más difícil de creer: por la personalidad de Alperovich, por lo inofensivo que es Manzur y por la fidelidad de Mansilla o Amado.

Lejos de los entretelones del poder, lo realmente trascendente es que el secreto invita a la sospecha y que la sociedad sigue siendo la última en enterarse, a pesar de que quienes toman las decisiones están al servicio de ella.

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