El pueblo supo votar.

Una frase, con un cambio de palabra, siempre vigente. Una vez más, hombres y mujeres sanjuaninos, llenaron las urnas. De punta a punta del mapa electoral, se vivió una democrática jornada. Un poco más de 13 mil ciudadanos, emitieron su primer voto. No faltaron ancianos y no videntes en varias escuelas.
Sepa el pueblo votar. Apenas cuatro palabras para pintar una frase tan sabia como vieja y popular. Dicha, causalmente, por quien impuso el voto secreto y universal en el país: don Sáenz Peña. Claro que como todo cambia y tal vez, por aquello de que hay de todo en la viña del Señor, está sabido y reconocido que hay buenas razones para ver un sellito circular más o el primero en el documento. Se vota por tres diferentes motivos. Con el estómago, como diría un feroz opositor. Con la cabeza, para el aplauso de un férreo defensor de la democracia. O con el corazón, para seguir sosteniendo viva la llama del primer voto del padre o del abuelo. En el primero de los casos, hay pruebas de eso. Es una práctica que sigue viva y presente dentro de una bolsa que los científicos que defienden el medio ambiente, calificaron como el cáncer del siglo XXI, o sea el plástico. Sigamos y digamos que el contenido, sin ser muy parejo que se diga a nivel marcas, muestra clásicos productos de la canasta familiar: azúcar, aceite, yerba, arroz, leche y hasta un paquetito de harina leudante. En el segundo caso, suelen mezclarse neuronas y ese músculo que bombea sangre más conocido como corazón. Está el reconocimiento a un buen gobierno, a una gestión que hace obras, promete más y sigue apuntando al futuro. El tercero, es más complejo. Es el votante, sin distinción de género, que como buen soldado del movimiento va al cuarto oscuro a ciegas, valga la paradoja, con su voto "cantado" impulsado interiormente por una verticalidad que no se rompe ni dobla. Sin intención, claro, de evocar una histórica arenga. También, como no, hubieron situaciones que rozaron, partes iguales como en buena democracia, una y mil cosas. Y no faltó esa escena que emocionó a todos. Sucedió en la escuela San Juan Eudes, de Rawson. Un padre llegó con sus dos hijos no videntes para ser dos firmes votantes más de los 36 mil y picos varones de la populosa ciudad del sur. En Albardón, en una escuela que supo ser ancestral bastión del viejo peronismo, un bisabuelo (80 largos inviernos), medio sordo el hombre, encaprichado en votar, salió del aula reclamando a los gritos (como todo el que no oye bien), donde estaba el voto con la foto del General. En el mismo pueblo y respetando la prohibición de exhibir carteles alusivos, el oficialismo local mostraba en todas las movilidades afectadas al acto, un rectángulo de papel que tenía el nombre de una gaseosa que termina en "a" su nombre. Eran, según allegados, rezagos de los tiempos en que Juan Carlos era el distribuidor en la zona de la refrescante bebida. Punto. Son las 5 de la tarde. Faltan 60 minutos para el cierre. Se dice que hay un flaco porcentaje de votantes a esa hora. Se ve gente que hace cola, no en las escuelas, esperando el colectivo que triplica la tardanza de un domingo cualquiera (será porque habían otros medios para viajar y, encima, gratis). Vuelta a casa sin sumarse a la caravana del triunfo, para que no sigan diciendo que somos más oficialistas que los oficialista que dicen que somos, la oposición. Menos, encerrarse a llorar derrotas ajenas. Pero eso sí, que gane el más mejor. Como se decía en el fútbol. En los años que se corría menos, no se hablaba tanto y se jugaba mejor. Medio parecido a la política, vio.

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