Un pueblo imperial

Por Mariano Grondona

Raymond Aron definió a los Estados Unidos como una "república imperial". El que ha votado ayer es, por consiguiente, un "pueblo imperial".

Pero ser un pueblo imperial implica una contradicción. De un lado, los norteamericanos votaron ayer, como todos los pueblos, con la mirada puesta en sus propias urgencias. Del otro lado ese voto localista, nacional, tendrá enormes consecuencias internacionales. Nuestro pueblo, como tantos otros, no ha votado ayer y sin embargo se verá afectado por lo que decidieron, sin pensar en él, los votantes norteamericanos.

En el siglo I antes de Cristo, en los años finales de la República, también los romanos eran un pueblo imperial. Intramuros, todavía eran una república. Extramuros, un imperio. Pero hacia fines de ese siglo, la República se convirtió en un imperio (imperator quiere decir "general") que pasó a mandar despóticamente tanto dentro como fuera de las murallas de Roma. Así ganó coherencia, aunque a costa de la libertad.

Con los Estados Unidos ocurre lo contrario. Pese a contar con el poder militar, con el imperium más formidable de la historia, continúan siendo, como lo demostró la larga campaña que enfrentó a Obama y McCain en la jornada de ayer, un pueblo democrático.

A veces, el sentimiento del pueblo norteamericano coincidió con el sentimiento de muchos otros pueblos. Así ocurrió por ejemplo en los ocho años de Clinton, cuya figura se agiganta según pasa el tiempo. El quiebre entre la opinión norteamericana y la opinión universal irrumpió en cambio a partir del atentado a las torres gemelas en septiembre de 2001, ya en tiempos de Bush. El presidente que ahora termina se convirtió de ahí en adelante en un presidente guerrero al que dejó de acompañar el mundo, lo cual no impidió que ganara su reelección en 2004 con el amplio apoyo de sus connacionales. Desde el atentado a las torres, los Estados Unidos de Bush y el mundo tomaron caminos opuestos. Hoy, Bush se retira en medio de una doble derrota, política y financiera.

Decía Montesquieu que la principal virtud de los poderosos ha de ser la moderación para suavizar el rigor de una supremacía de otro modo insoportable. Bush careció de esta virtud. La principal tarea de su sucesor será volver, en tal sentido, a los años de Clinton. En lugar de atribular al mundo detrás de una alocada desmesura imperial, el nuevo presidente deberá seducirlo mediante un liderazgo que le permita aunar voluntades dentro y fuera de su país tanto frente a la crisis financiera que estalló hace poco como frente al desafío terrorista que aún continúa. Esta será su misión, ardua y decisiva.

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