El proyecto político kirchnerista está agotado

Por Manuel Mora y Araujo

Analista político. Director de Ipsos-Mora y Araujo.

Una vez más, doblegar al agro es el eje central de la política del Gobierno. ¿Tiene que ver con un enfoque estratégico de la gestión y de la administración de la crisis? En absoluto: nada sería mejor para el país que un shock productivo -dentro de los límites de la situación actual- y una atmósfera de confianza y consenso.

Sólo tiene que ver con las necesidades políticas y electorales: poner a la sociedad ante una disyuntiva de conflictividad sin términos medios, detener el drenaje de justicialistas de las filas del oficialismo, alinear al mayor número posible de gobernadores e intendentes y subir los costos de quienes decidan no alinearse.

En este propósito político, es posible que el kirchnerismo obtenga algún resultado; habrá que ver. También es posible -aunque no seguro- que coloque al sector agropecuario en una posición difícil de sostener ante la sociedad -esto es, que el Gobierno logre aislarlo en el plano de la opinión pública y le reste en alguna medida respaldo político de gobernantes y dirigentes locales-. Si eso es lo que busca, hay lógica en lo que está haciendo.

También es posible que esos eventuales buenos resultados se vean cancelados por otros efectos de las mismas decisiones. Enrareciendo la atmósfera, definiendo el momento como de crisis, extremando las tensiones para forzar alineamientos políticos precarios, se toma el riesgo de contribuir al enfriamiento de la economía y a aumentar la demanda de divisas. El Gobierno está haciendo una apuesta jugando en el límite: si todo sigue peor, muchos votantes tendrían que aceptar que la culpa de todo la tienen el agro, los políticos opositores y los grandes medios de prensa; tienen que creer que si no los salva este Gobierno no los salva nadie. Si eso no ocurriera, los efectos políticos serían igualmente negativos para el gobierno.

Una síntesis gráfica que resume la percepción de lo que está pasando y de lo que puede pasar se encuentra en la hipérbole de la aparente gaffe de los dirigentes kirchneristas que hace pocos días declararon que la elección legislativa será un plebiscito que definirá la continuidad del gobierno, y enseguida enmendaron. Si no votan al gobierno, que los gobiernen Cobos y Clarín, fue la primera expresión de Pérsico. Y de inmediato, la percepción de que la amenaza podía resultar tentadora para más de un votante todavía indeciso, por lo cual se pasa a reclamar que Cobos se vaya. El núcleo del problema es que el enemigo del gobierno fue inventado por el gobierno, pero no es un fantasma, cobró vida propia. Y, de pronto, puede inflingirle una derrota.

La transición inesperada entre lo que fue un proyecto político -algo improvisado, es cierto-pero en sintonía con gran parte de las expectativas y los anhelos de vastos sectores de la sociedad, a un enfoque descarnado de ejercicio del poder y búsqueda de votos contra viento y marea, ha despojado al kirchnerismo de los atributos seductores que su proyecto podía tener. Ahora es un proyecto de poder. Se lo acompaña por conveniencia, no por convicción. El jefe comanda, pero no lidera.

Es evidente que la sociedad no comparte la visión conflictiva del país que le propone el gobierno. Eventualmente, muchos le darán el voto; en muchos casos, a falta de otras opciones. Eventualmente, el gobierno no saldrá perdedor de la compulsa electoral. Ahora, hay victorias que suelen ser llamadas ‘a lo Pirro’: se gana, pero en el balance final lo que se pierde es más de lo que se gana. La victoria es más ilusoria que real, es de corto plazo, no construye un futuro en los términos que dieron lugar a la batalla.

Ese es el problema del proyecto político kirchnerista en este momento. Eventualmente puede recuperar algunos votos y evitar una sangría en los cuerpos legislativos. Pero sigue destruyendo lo que fue su capital inicial: la confianza.

Produce desazón que en el mismo país donde hace poco tiempo se discutía cual sería la tasa de crecimiento de la economía, si por encima o por debajo del ocho por ciento anual, y se discutía si los indicadores de la aprobación al gobierno en la sociedad eran diez puntos más o diez puntos menos de 70 por ciento, hoy hasta en las mismas filas del oficialismo se está discutiendo si después de una derrota -que luce a todas vistas como algo posible- los gobernantes deben o no irse a su casa.

El kirchnerismo es una máquina de destruir capital político. Sin duda, muchos de sus opositores ya lo consumieron hace tiempo, o nunca supieron acumularlo. Pero el capital que el kirchnerismo está destruyendo es el que fue construido por él mismo, en poco tiempo, a partir de un enorme vacío político. Es un fenómeno sorprendente de autodestrucción. Por este camino, es difícil eludir un pronóstico: el proyecto político encarnado por Néstor Kirchner va a dejar las cosas en el mismo punto en que las encontró: una opinión pública políticamente escéptica, una economía estancada, una sociedad sin confianza en sí misma. Aunque pueda salvar su precaria mayoría parlamentaria, y eso si consigue hacer de un posible magro resultado electoral un triunfo en el límite.

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