La proyección del triunfo de Piñera va más allá de sus fronteras

Por Manuel Mora y Araujo

Rector de la Universidad Torcuato Di Tella

Sin embargo para la Argentina, el resultado electoral de Chile podría no cambiar tanto las relaciones entre los dos países. Aunque los sectores políticos más afines a Piñera procurarán capitalizar su victoria

El triunfo de Sebastián Piñera en la elección presidencial de Chile marca un hito significativo en varios planos diferentes. El más obvio y –más relevante para los chilenos– es el profundo cambio que representa el resultado de esta elección para el sistema político de su país. Posiblemente el gobierno de Piñera no introducirá modificaciones de fondo en la política económica; pero su impacto en la vida política potencialmente puede ser mayúsculo. Ya el temprano crecimiento de Piñera en las encuestas pre electorales desde el inicio de la campaña puso de manifiesto la crisis que afecta a la Concertación. Esas falencias de la coalición gobernante fueron señaladas por algunos dirigentes desde hace tiempo, sin encontrar respuesta –de hecho, más de uno abandonó las filas de sus partidos originarios ante la sensación de impotencia–; dieron lugar luego a la importante escisión de Marcos Enríquez Ominami, que fue decisiva en el resultado electoral; y por último, ante la inminencia del fracaso, generaron las autocríticas que inexorablemente llevarán ahora a una revisión de los procedimientos y del estilo con el que la Concertación funcionó en el largo período democrático en el que condujo los destinos de Chile.

La proyección del triunfo de Piñera va mucho más allá de sus fronteras, en la misma medida en que Chile es un país relevante en el continente. El calificativo de ‘derecha’, con el que el presidente electo es identificado fácilmente puede dar lugar a hondas disquisiciones conceptuales; pero no hay duda de que Sebastián Piñera representa al espacio político de la derecha chilena. Su victoria electoral en un país tan relevante contribuye, por lo tanto, a la suma aritmética de los pendulares movimientos políticos que están sucediéndose en América latina. Por un lado, pone en sus debidos términos a la frecuente y banal generalización de que este continente se mueve bajo una ola que lleva a la ’izquierda’; por otro lado, redefine en aspectos no menores qué puede significar la derecha en el mundo de hoy. Porque el fenómeno del crecimiento notable de Sebastián Piñera es, no solamente una respuesta a la crisis de la Concertación y el desgaste de su oferta política, sino también a un proceso similar que afectó y carcomió a las estructura políticas de la derecha de su país.

En un plano, el ascenso de Piñera a la primera magistratura de Chile –o a los altos rangos de la dirigencia, aun si hubiese sido derrotado en la segunda vuelta– guarda más en común con la figura de Enríquez Ominami y aun de la presidente Bachelet que con sus correligionarios de los partidos que conformaron su propia coalición. Su triunfo fue posible por el aporte de votantes marginales, pero imprescindibles, provenientes de una tradición de voto a la coalición de centro izquierda que ahora fue derrotada y que no votaron a Piñera porque se hicieron de derecha de la noche a la mañana sino porque buscan un cambio en los estilos políticos predominantes. La oferta Piñera apuntó tanto a esa demanda como al electorado tradicionalmente más de derecha.

Para la Argentina el triunfo de Piñera puede significar mucho o poco; es difícil anticipar hoy cual será el efecto. Posiblemente cambiará poco en el plano de las relaciones entre los dos países: a la vez, los sectores políticos más afines a Piñera procurarán capitalizar su victoria. Está claro que en el espacio del PRO y la Unión-PRO bonaerense celebran esa victoria casi como propia. Pero esos son brindis circunstanciales que dicen poco sobre la verdadera prueba del pudding, que como bien dice un antiguo adagio no se conoce hasta comerlo. Simpatizar o no con Piñera desde tiempo atrás dice algo acerca de las identidades políticas de algunos dirigentes; emular su notable desempeño en la campaña es harina de otro costal, como lo es ser capaz de una lectura correcta y profunda de las claves que lo llevaron al éxito. No es necesario ser amigo de Sebastián Piñera para aprender las lecciones de su triunfo y – algo que se verá con el tiempo-para imitar sus enfoques de política pública. Si el gobierno de Piñera logra materializar su promesa de una suerte de conservadorismo moderno, de una economía de mercado compatible con una política social activa, de una actitud favorable a las empresas unida a una profundización de las reglas del mercado y a fuertes estímulos a la capacidad innovadora de las empresas, tal vez restaure una nueva ola favorable a las expresiones políticas que se originan entre el centro y la derecha del espectro. Habrá que ver también cual es su respuesta a la más serias de las dudas que despertó su candidatura en vastos sectores de la opinión pública, qué esperar de un gobierno en el que convergen el poder político que le otorgó la ciudadanía y el poder económico que deriva de sus orígenes empresariales.

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