En la provincia, los concejos deliberantes están desdibujados.

Por Lic. Juan Pablo Berarducci -Especialista en Políticas Publicas - Asesor de la Municipalidad de Orá.
El concejal es la primera instancia, el primer contacto y, en muchos casos, el único entre representantes y representados. De allí el rol fundamental que cumple en la consolidación de la República. El acuerdo o contrato que rige esta relación surge en el momento en que el candidato presenta su propuesta electoral, que el ciudadano acepta cuando lo vota. Ese pacto está roto, fue sustituido hipócritamente.

En nuestra provincia, los concejos deliberantes y el rol del concejal están desdibujados. Las consabidas funciones de legislar, representar y controlar han sido reemplazadas por la tarea de ‘‘levanta manos" -para avalar lo decidido en la casa del gobernador-, por la función de ventanillas de distribución clientelar o por la actitud de mudos obsecuentes. A esta situación no se llegó en un solo acto, sino que es resultado de un largo proceso que se dio con el transcurrir de los años, de las reformas constitucionales, del dispendio de los fondos públicos y de la manipulación institucional de los partidos políticos. Se consolidó y aparece como la única forma de acción política posible.

En este sistema el candidato no ofrece una propuesta o un programa de acción determinado, vinculado a la realidad municipal o con los intereses genuinos de la comunidad. En realidad, su candidatura es el resultado de un acomodamiento económico-político con alguien que ejerce el poder o que tiene posibilidades ciertas de ejercerlo. Este poderoso es quien provee los materiales (argumentos) de campaña (bolsones, remises, subsidios y becas, entre otros) para convencer al electorado.

Del otro lado, el vecino no espera otra cosa que eso y delega su poder decisorio en el que paga más o en el que tiene más posibilidades de hacerlo. Su participación se redujo a la queja en la mesa familiar, a la difusión de una cadena de e-mail, o a ser parte de alguna manifestación pública de resultado incierto.

No vaya el lector a pensar que esto ocurre sólo en los barrios periféricos de las grandes ciudades o en los pequeños municipios del interior, donde la pobreza se hace sentir de un modo acuciante. También se da en ambientes sociales más altos; allí el bolsón es reemplazado por alguna licitación o por alguna excepción del código urbano. Hablar de democracia participativa, de sistemas de representación o de libre juego democrático es violar las palabras. Es hipocresía.

Digamos que el sistema no es nuevo. Chesterton, cuando analizó la Revolución Inglesa de 1688, lo tituló "La rebelión de los Comunes contra las Comunas"; es decir, de los representantes contra los representados. Ese hecho político permitió, a posteriori, la consolidación del Despotismo Ilustrado.

¿Cómo salir de esta trampa? ¿Cómo terminar con esta democracia delegativa, donde el representante representa a todos, en todo, sin rendir nunca cuentas a nadie y donde el representado se desentiende de la cosa pública, pues otros lo hacen por él?

Los caminos son diversos y arduos, pero posibles.

Lo primero es dar cumplimiento al mandato constitucional de que los municipios son autónomos y que deben ser habilitados a dictarse su propia Carta Orgánica o Constitución municipal. La ley que los habilite a ello, que adeuda con plazo vencido la Legislatura, debe ser lo más escueta posible, sin reglamentarismos, y habilitar a candidaturas libres para convencionales municipales.

Constituir en cada municipio el Consejo Económico Social que asegure la justa representatividad de todos los sectores sociales y barrios del municipio y que el Gobierno municipal esté obligado a consultarlos en la definición de las políticas generales. Este consejo debería ser el ámbito de discusión y de seguimiento de un Plan Estratégico Municipal.

Institucionalizar la participación y el control, incorporando prácticas e institutos suficientemente probados, como la revocatoria de mandatos, el presupuesto participativo, el hecho de informar y de consultar a los vecinos en forma permanente, aprovechando las posibilidades tecnológicas existentes.

En síntesis, sólo se debe hacer realidad la reforma política multitudinariamente reclamada, infinidad de veces prometida y sistemáticamente dejada de lado.

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