El proteccionismo tecnológico y nuestro aislamiento

Por Mariano Grondona

El Poder Ejecutivo Nacional acaba de enviar un proyecto de ley al Congreso para aumentar fuertemente los impuestos a las importaciones de productos electrónicos como computadoras, notebooks , celulares y monitores de televisión, a los que la iniciativa del Gobierno califica de "bienes suntuarios" cuando forman parte de las industrias de punta que están revolucionando el mundo moderno, con el objeto de proteger a las fábricas electrónicas radicadas en Tierra del Fuego.

El objetivo de todo gobierno es promover el bien común. Aceptada esta premisa, surge una pregunta: ¿qué es mejor para los argentinos, proteger a determinadas industrias que ofrecen a cambio un modesto aumento de sus inversiones y de su capacidad de dar empleo, o resguardar la capacidad de compra de los millones de argentinos que hoy se están beneficiando en sus casas, en sus negocios y en sus escuelas con la llegada de los productos electrónicos más avanzados, cuya difusión es uno de los rasgos característicos del mundo moderno? Con otras palabras, ¿qué es mejor para los argentinos, ¿el proteccionismo o el librecambio?

La necesidad de optar entre el proteccionismo y el librecambio nos ha acompañado desde antiguo. Los sectores más competitivos de nuestra economía, como el campo, han preferido desde siempre la libertad de comercio porque sus productos agrícolas y ganaderos no tienen rivales en el mundo. Nuestra producción industrial, en cambio, ha necesitado protección. La Argentina económica, como el dios Jano, tiene dos caras. Desde el campo, es librecambista. Desde la industria, es proteccionista. Lo inverso ha ocurrido con el proteccionismo agrícola y el librecambio industrial de los europeos.

Tanto nuestro país como los países europeos han infringido entonces, cada cual a su manera, la tesis del escocés Adam Smith en La riqueza de las naciones, según la cual la causa del extraordinario progreso económico del mundo moderno ha sido la ampliación constante de los mercados porque, si cada vez más personas producen los bienes que saben hacer mejor y los intercambian por las mercaderías más baratas y avanzadas que producen otras personas igualmente eficientes, lo que resulta de la circulación consiguiente de esta "bola de nieve" de la abundancia, es "la riqueza de las naciones".

Cuando la tesis de Smith, que fue formulada a fines del siglo XVIII, ingresó de lleno en la Revolución Industrial, si bien de un lado estimuló como nunca se había visto el desarrollo económico de las naciones, del otro lado se encontró con que algunas naciones se habían desarrollado antes que otras. Las naciones de desarrollo industrial "tardío" abrigaron entonces el justificado temor de que, si el comercio internacional se expandía sin ninguna clase de rectificación política, serían aventajadas por las naciones de desarrollo industrial "temprano".

Fue a partir de este desnivel competitivo que nació entre nosotros el áspero debate entre librecambistas y proteccionistas, un debate que, como lo muestra el reciente proyecto de gravar fuertemente a nuestras importaciones electrónicas, todavía nos acompaña.

La diagonal

Por un largo tiempo, el campo y la industria parecieron participar de un "juego de suma cero" a resultas del cual se pensó que, si un sector ganaba, el otro perdía. Pero digamos desde ahora que, con el revolucionario progreso que experimentó entre nosotros la agroindustria, dándoles vida a tantas ciudades del interior, se creó una saludable "diagonal" en virtud de la cual hoy resulta anacrónico hablar del campo o de la industria, como si fueran antagonistas, y hay que reemplazar en esta fórmula la "o" por una "y", ya que la Argentina ha pasado a ser altamente competitiva en el mundo no sólo en su producción agropecuaria sino también en su producción agroindustrial en rubros tales como la maquinaria agrícola y los aceites de origen vegetal.

Lo lógico sería entonces que nuestro país ampliara desde ahora la prometedora esfera del librecambio, reconociendo que abarca simultáneamente a los distritos rurales y a los distritos agroindustriales de provincias económicamente vitales como Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires. Ello no quita, empero, que el dilema entre nuestra producción agraria y agroindustrial y nuestra industria general continúe vigente fuera de este círculo ampliado para alcanzar a otros rubros industriales, donde la oposición entre el librecambio y el proteccionismo aún no ha cesado.

Pero la insistencia proteccionista del gobierno de Kirchner se debe, contra esto, a dos potentes factores: uno "ideológico" y otro "emocional". La raíz ideológica del proteccionismo exagerado de Kirchner resulta, en este sentido, de que aún comulga con la anticuada visión del "juego de suma cero" al suponer que si el campo y la agroindustria "ganan", los grandes suburbios "pierden", una visión que conduce directamente al fracaso de todo proyecto verdaderamente progresista.

Pero a este obstáculo ideológico ha venido a sumarse un poderoso factor emocional por la razón de que Kirchner cree tener todavía una cuenta pendiente con el campo, que lo derrotó en 2008 y que todavía hoy les impide a él y a su esposa viajar sin una gran custodia policial al interior, contra el cual sigue maquinando su venganza.

Si el obstáculo ideológico es fácilmente refutable por la sencilla razón de que el campo podría ser otra vez la base de la recuperación argentina, como lo fue en 2002, ¿qué es lo que habría que hacer para superar el ánimo vengativo del ex presidente? Hundido como está en el subconsciente de quien aún concentra la suma del poder, ¿qué podría hacerse para rescatarlo de su profunda irracionalidad?

Contra el zigzag

La única manera de superar los restos que aún quedan del enfrentamiento residual entre el campo y la industria que hasta hoy nos perturba sería darse cuenta de que, si se lo considera en estado puro, el dilema entre el proteccionismo y el librecambio es insuperable porque sólo podría trascenderlo una estrategia gradual . Esta es la estrategia que concibió a principios del siglo XX ese gran estadista que fue Carlos Pellegrini, cuando fundó la Unión Industrial.

Esta estrategia consiste en reconocer que, en el plano de los principios, debe aceptarse la superioridad del librecambio porque sólo él es capaz de asignar con eficiencia los recursos mundiales y argentinos, pero admitiendo al mismo tiempo que el paso del proteccionismo al librecambio debe hacerse de tal forma que los países de desarrollo tardío como el nuestro lo recorran con un cuidadoso pragmatismo, en una suerte de proteccionismo suavemente descendente, para evitar los altos costos económicos y sociales de una abrupta transición.

Pero esto es lo que hasta ahora no hemos sabido hacer los argentinos, porque hemos pasado una y otra vez de un "proteccionismo absoluto" a un "librecambio absoluto", y viceversa, en un alocado zigzag, en un vertiginoso movimiento pendular que, en vez de ir firme y progresivamente del reino del proteccionismo absoluto al reino de un creciente librecambio, ha seguido el ritmo de un péndulo insensato que retrasó, en definitiva, nuestro desarrollo.

¿Alcanzaremos al fin este triunfo de la sabiduría política y económica que hasta ahora nos ha eludido? ¿Será posible recurrir finalmente a ese gradualismo que las ideologías y las pasiones nos han negado? El dramatismo de esta pregunta se vierte al fin en otra, que aún estamos a tiempo de contestar. Tanto en el plano político como en el plano ideológico, ¿podremos madurar?

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