La prostituta calle y los honestos ciudadanos

Por M. Caparrós.

La calle está muy dura, los honestos ciudadanos se molestan. Este miércoles 11 de noviembre, por ejemplo, en Buenos Aires, nadie se acordó de san Martín de Tours, el protoperonista que, en una premonición del fifty-fifty, le dio a un pobre la mitad de su capa mucho antes de ser elegido nuestro santo patrono por sorteo.

Nadie se acordó, tampoco, de que se cumplían 91 años del final de la Gran Guerra que iba a terminar con todas las guerras, ni del siglo y medio exacto desde el pacto de San José de Flores, que nos unió por fin a las provincias. Este miércoles, en el centro de Buenos Aires, todos se acordaban de las madres de todos, porque las calles habían dejado de ser vías de circulación vehicular para convertirse en pantanos políticos. Los honestos ciudadanos se molestan –para eso están los honestos ciudadanos– de que últimamente la política se dirima en la calle. O, mejor dicho: de que una parte de la política se dirima en la calle.

La política en la calle suena confusa, pegajosa, incontrolable o, por lo menos, cerca del descontrol; la democracia representativa se inventó, en principio, como un modo de reemplazar –y acotar– esa participación directa. Si la Revolución Francesa estalló en la calle, después se formalizó en sus Asambleas, y ése fue el modelo que terminó imponiéndose: un sistema donde las voluntades ciudadanas están mediatizadas –digamos mediatizadas– por el filtro de sus representantes. Pero la calle siguió siendo la última instancia, la corte suprema de la política. Cuando todo el resto deja de funcionar, la calle vuelve e impone su mandato: la última vez, aquí, cuando el hartazgo se juntó en la calle para que de la Rúa se fuera volando. Miles y miles de personas en la calle dicen, antes que nada, más allá de matices y particularidades, que la democracia representativa no está funcionando: que no da las respuestas que esas personas necesitan –y salen a pedirlas, y entonces todo se complica.

La ciudad, sobre todo, se complica, y los honestos ciudadanos tienen razón –para eso están los honestos ciudadanos– en molestarse. En la calle, los que tratan de manifestarse realmente se manifiestan: obligan a los que no querrían escucharlos a escucharlos. No porque quieran que los escuchen esos honestos ciudadanos; porque pretenden que los honestos ciudadanos se molesten y obliguen al gobierno a tomarlos en cuenta. Para eso, entonces, irrumpen e interrumpen las vidas de los otros. Yo también lo sé: no hay nada más irritante que la idea de pasarse la siguiente media hora encerrado en una tonelada de lata y vidrios y calor y gelblung en la radio cuando, en realidad, uno tenía que estar cerrando el negocio de su vida o curando una leucemia o, mejor, marcando una tarjeta. Y la irritación hace olvidar una minucia: que, en general, los que están parados delante de sus autos también querrían estar cerrando la leucemia de sus vidas o, incluso, marcando una tarjeta.

Parece una obviedad, pero las obviedades son lo que más se obvia: nadie se pasa el día marchando bajo el sol si puede estar sentado, tranquilo porque esa noche come. Estar en la puta calle, como cada ciudadano –incluso los honestos– sabe, significa estar en bolas y gritando, sin más protección que la intemperie. Así están, hoy, nuestros conflictos: carne viva. Los honestos ciudadanos –los antaño llamados cacerolos– lo olvidan y se quejan. Los honestos ciudadanos suelen decir que no son sus problemas y que por qué tienen que pagar con su tiempo los problemas de otros: los honestos ciudadanos, educandos ávidos, quizá no notan que están recibiendo un curso rápido de responsabilidad social: que están recordando por la vía del embotellamiento que todos somos responsables de lo que nos pasa.

Tampoco recuerdan que cuando ellos ocupaban la calle les parecía muy bien, legítimo, decente. Suele pasar con los honestos ciudadanos: nos parece mal cuando un subsecretario coimea, pero le ofrecemos un diego al policía si nos pasamos un semáforo; les disgusta que un juez no encierre más, pero se pueden aprovechar de un paralítico para currarse los impuestos de un mercedes. Entonces los honestos ciudadanos se exaltan y escuchan a los políticos honestos, que tratan de aprovechar la situación denunciando lo que llaman caos –que no lo era cuando "el campo" cortaba carreteras– y dicen, por supuesto, que todas estas marchas están manejadas por tal o cual sector de su galaxia politiquera para obtener sus ventajitas. Los más desaforados empiezan a hablar de gente armada –que ha sido siempre la forma de justificar golpes, represiones. Lo hizo anteayer la señorita Carrió con el señorito Grondona, por ejemplo. Y ayer, el A.M.A. –algunos recordarán, un ente llamado Autor Marcos Aguinis– superó nuevos records de irresponsabilidad, junto con el diario donde publica, La Nación. A.M.A. escribió que "en la provincia de Jujuy corre la voz de que han ingresado armas de las FARC y que en los escondrijos de nuestro bello y laberíntico Norte hay gente entrenándose con esas armas de fuego. Muchas de esas armas tienen origen venezolano". ¿Dónde corre la voz? ¿En la maratón de San Salvador? ¿Por la quebrada de Humahuaca en boca de su vaca? Si la voz corre, lo primero que intentan un periodista y un editor y un medio es detenerla y averiguar de dónde viene, quién la manda, cuánto tiene de cierta. Si no, la dejan correr hasta poder hacerlo. Pero publicar la afirmación tajante de que "muchas de esas armas tienen origen venezolano" cuando ni siquiera saben si existen esas armas o si la voz corre en sentido equivocado es una de esas razones por las cuales cualquier medio despide con causa a un periodista. O por las que un difamador termina ante un juez, o un político o intelectual u honesto ciudadano golpeando puertas de cuarteles.

Fue un excurso: lo interesante, más allá del terrorismo verbal –de los que quieren aterrorizar a los honestos ciudadanos–, sería ver qué política interrumpe el tránsito estos días, qué se juega en la calle. Es otra obviedad: lo que interrumpe el tránsito es mayormente la pobreza. La parte de la política que está en la calle es la lucha de clases o, por decirlo de otro modo: la pelea de los que están en lo más bajo de la escala de clases argentinas. Que, como sabemos, están muy fragmentados y pelean distinto.

En los sectores más pobres, entre quienes hace mucho que no consiguen un trabajo verdadero, las opciones más habituales son, para la mayoría, la dependencia de la caridad estatal o privada y, para una minoría muy promocionada, la delincuencia. Este miércoles, por ejemplo, estaban en la calle los piqueteros no-K, que pedían que la caridad estatal fuera repartida equitativamente: ya no un cambio social, ya no un trabajo, ya no la posibilidad de mantenerse; la merced de acceder a la limosna sin tener que seguir a un intendente o un puntero. Y el gobierno les da lo menos posible porque quiere mantener el clientelismo suburbano funcionando.

También estaban los trabajadores de Kraft –apoyados por estudiantes de la UBA–: la punta de lanza, junto con los subtes, de los que están asustando a la burocracia sindical. Y el gobierno dilata y dilata su respuesta porque porque quiere mantener la alianza con Moyano & Cia. Que se defendieron con una frase memorable: "No jodan, este modelo le dio resultado al país", dijo Juan Belén, metalúrgico y segundo de la CGT, que no consiguió explicar de qué país estaba hablando.

Y estaban en la calle, también –pero eran pocos porque el acto central era en La Plata–, docentes, médicos, judiciales y estatales bonaerenses en paro. Que el gobierno provincial no paga como debiera porque el nacional lo tiene corto con la guita y porque no invierten en salud y educación públicas. Todos ellos representan sectores de lo que podemos llamar, con las sabidas reticencias, izquierdas. En la calle, haciendo política en la calle, están limando día tras día el intento kirchnerista de ganarle ese flanco a su oposición progresista –que empezó con la ley de medios y se está estrellando contra lo que no se arregla con discursos: la exclusión, la pobreza.

Así que el gobierno, bloqueado por sus propias limitaciones políticas y sociales, debió blanquear sus ideas, sus alianzas: anunció que el 20 de noviembre Néstor Kirchner será el orador principal del acto organizado por los capos sindicales para defender la democracia contra "la izquierda que está produciendo estos hechos de desestabilización al Gobierno", según el mismo Belén. Ninguno de esos luchadores democráticos lleva menos de 20 años de poder, más o menos los mismos que acumula, entre su provincia y su nación, el señor presidente. Pero, como terminó de explicar ayer Belén, capanga del pesebre: "Marchamos para parar a esa zurda loca que manejan desde afuera". ¿Quién, Carrió?, le preguntaron, prejuiciosos. "No, la CTA, la CTA, que es la Cuarta Internacional", quiso aclarar. Néstor Kirchner va a encabezarlos, a dejar por fin una de sus caretas.

Siempre critiqué a los que hablaban del supuesto setentismo de este gobierno, pero esta situación es un remedo setentista: la CGT acusando a la izquierda de todos los males y marchando para defender su orden. Sucedió ya entonces, el 31 de agosto de 1973, cuando Perón auspició una manifestación en la CGT. Ahora este gobierno, como aquel, se pone del lado de ese orden corrupto, autoritario y macartista. Digo, aunque más no sea para precisar referencias históricas ligeras, ignorantes: no montoneros, no militantes ni "desaparecidos"; peronistas de Rucci, Isabelita, López Rega.

(Esta columna ya estaba en prensa cuando Cristina Fernández, enfatizando su admiración por la CGT, pidió suspender la marcha. Si lo hacen, celebro sus reflejos.)

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