No prometas, tonto.

Por: Norberto Firpo.

Vean qué lindo consejito: si eres político, no prometas en vano. Porque prometer en vano, de puro pillo o de puro gilún, o por conveniencia política, es como escupir para arriba. Aforismo ad hoc: no hay salivaderas en el cielo.

A partir de 2003, los gobiernos kirchnerianos abundaron en promesas incumplidas, muchas de las cuales, como la del tren bala, se han prestado a fea chanza. La utopía del tren bala, en un país de trenes ruinosos y cachazudos, comenzó a acunarse en 2006, aun cuando nunca se supo a ciencia verdadera de dónde saldrían los 4000 millones de dólares que deberían estar disponibles a la hora de instalar el primer durmiente.

Otras promesas, en cambio, permiten suponer que dos estigmas tradicionales, bien criollazos -el de la desidia y el de la corrupción-, mantienen plena vigencia. En 2003, el doctor Néstor prometió que las usinas de Yacyretá generarían, hacia 2007, su plusmarca de energía, o sea un refuerzo del 20 por ciento respecto de la actual demanda del sistema eléctrico nacional.

Pero -¡oh, qué pena!- puntuales postergaciones transfirieron el acontecimiento para mediados de 2011, acaso para cuando las elecciones presidenciales exijan al oficialismo un as de espadas proselitista.

Datos oficiales invitan a discernir que, en términos crudamente aritméticos, no se han cumplido muchos otros planes destinados a mejorar la calidad de vida.

Unos pocos ejemplos: la construcción de 600.000 viviendas (también llamadas unidades habitacionales), las 700 nuevas escuelas, el tendido de miles de kilómetros de rutas (entre ellas, esa autopista que ya debería unir, al cabo de once años de iniciados los 404 kilómetros de obras, las ciudades de Córdoba y Rosario), el gasoducto que traería el fluido desde Bolivia y que desde 2003 sufre el síndrome del agua de borrajas?

En mayo de 2007, los Kirchner se tomaron en serio un chiste de Hugo Chávez: un gas (hilarante, tal vez) provendría de Venezuela, embutido en el Gran Gasoducto del Sur, nombre éste que el inefable bolivariano dio a una hipotética cañería de 8000 kilómetros, la más larga del mundo, que aún duerme placentera ensoñación.

Todas estas promesas implicaron siempre jubiloso anuncio, de común, expresado con patriótica unción y con lágrimas en los ojos. Vergonzoso, muy triste, según se mire. Y lo que ocurre con Atucha II puede verse como un soberbio ejemplo de que más valdría a los políticos no prometer en vano: ya han transcurrido siete presidencias, cada una con sus respectivas promesas, y el pescado sigue sin vender. La central atómica requirió ya una inversión de 3000 millones de dólares, pero todavía no ha ofrendado un mísero kilovatio.

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