Profundizar los errores

Por Carlos Pagni

Ayer se conocieron dos datos que revelan que los Kirchner no consiguen superar su crisis política. Al contrario, la están profundizando. La confianza en el Gobierno, medida según el índice que elabora la Universidad Torcuato Di Tella, es la más baja de todo el ciclo oficialista. La imagen del matrimonio, según las encuestas más serias, tampoco se recuperó.

La Presidenta sigue cayendo y su esposo cosecha volúmenes de rechazo que nunca antes se habían registrado. Esta reprobación, tan marcada, constituye un problema en sí mismo para cualquier administración, en cualquier sociedad. Al perder consenso, los líderes políticos se vuelven impotentes para afrontar los costos que trae consigo la mayoría de las reformas. La palabra de los funcionarios se devalúa y su interpretación de lo que ocurre en el país es cada vez menos aceptable. Todo lo oficial se vuelve sospechoso.

En la Argentina esas disfunciones están agravadas por otros factores. El más evidente es que la Presidenta y su esposo se resisten a tender un puente hacia quienes desconfían de ellos. El 28 de junio la propuesta del matrimonio fue rechazada en los principales distritos del país. En Buenos Aires esa repulsa se centró en la figura del propio Kirchner. En la Capital y en Córdoba los candidatos identificados con la Casa Rosada entraron en cuarto lugar. En Santa Fe, terceros. La familia gobernante perdió hasta en su tierra, Santa Cruz. Su respuesta al electorado fue cerrarse más. En vez de explorar ideas ajenas para regenerar la propia base electoral, decidió gobernar sólo para los que la habían votado.

Las políticas que más reproches recibieron durante la campaña no sólo no fueron sometidas a debate o corrección, sino que se profundizaron. Al sector agropecuario se lo siguió acorralando, hasta el punto de anular con un veto una declaración de emergencia. Y para revertir la pobreza o la inflación se insistió en negarlas, con más vehemencia: en su conferencia de prensa de anteayer, el director del Indec, Norberto Itzcovich, pidió que se agradeciera a la gestión actual el haber liberado a los consumidores del engaño en el que los tenían sumidos las anteriores administraciones.

Es habitual que, después de perder unas elecciones, los gobiernos se vuelvan más conservadores y se recluyan en sus propios elencos y argumentos. Los Kirchner no sólo cerraron las puertas de su gabinete a figuras novedosas, sino que expulsaron a las que expresaban algún matiz diferencial, como Sergio Massa o Graciela Ocaña. Hasta aquí no se diferenciaron de experimentos políticos anteriores.

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Sin embargo, lo que vuelve novedosos a la Presidenta y a su esposo es que no se conformaron con ratificar una orientación rechazada en las urnas. Desde hace un par de semanas, decidieron que, ahora que perdieron poder, debían avanzar sobre áreas ante las cuales en los buenos tiempos se habían inhibido. A menor caudal político, reformas más agresivas. Con una derrota a sus espaldas, un aplazo en la calificación de su gestión y un derrumbe de popularidad tal que la mayoría los rechaza, Cristina y Néstor Kirchner decidieron avanzar sobre la estructura y el contenido de los medios de comunicación; destinar $ 600 millones del presupuesto al negocio privado del fútbol televisado y de las apuestas deportivas; precipitar un cambio de manos -se presume que favorable a empresarios amigos- en una compañía que factura US$ 3000 millones anuales, como Telecom; poner al borde de la asfixia fiscal a Buenos Aires (Scioli) y a Córdoba (Schiaretti), y avanzar con una modificación del sistema electoral que ya no saldrá del acuerdo entre las distintas fuerzas políticas.

Esta respuesta a la reprobación electoral y a la desconfianza que revela la opinión pública no es la manifestación de un autismo político que impediría al Gobierno conectarse con lo que pasa fuera del palacio. Es consecuencia de una interpretación mesiánica de la democracia. Para los Kirchner, lo que sucedió el 28 de junio no fue que el juicio crítico del electorado reprobó sus prestaciones como gobernantes. No. La derrota se debió a que el oficialismo fue menos eficiente que "los sectores dominantes", "el bloque agrario" o "los defensores de una Argentina para pocos" para orientar en su favor el sentido común de la ciudadanía. Para esta visión, la opinión pública es el campo baldío en el que libran su batalla las corporaciones oligárquicas, en contra de un progresismo iluminado que hubiera conseguido el reconocimiento popular si no fuera por las maquinaciones del otro bando. Es una nueva versión, estilizada e incruenta, de la que llevó a la juventud de los años 70 a levantarse en contra del gobierno democrático por el que se había sentido traicionada. Entre esa ya lejana experiencia y la de estos días hay infinidad de diferencias. En principio, aquella vanguardia esclarecida, minoritaria y todo, era mucho más numerosa que un matrimonio. Pero en ambos respira el mismo espíritu autoritario.

Esta divergencia entre gobernantes y gobernados resulta más grave porque la confianza que pierden los Kirchner no parece canalizarse hacia otros líderes políticos. La pareja no enfrenta un fenómeno de poder, sino, en el mejor de los casos, distintas manifestaciones de popularidad. Si, desde el 28 de junio, el Gobierno cayó en su prestigio, la oposición empeoró su organización. El Acuerdo Cívico y Social es un mosaico difícil de componer entre la UCR de Cobos, la Coalición Cívica de Carrió y Stolbizer, y el socialismo de Binner. Enfrentado a Duhalde y acosado por Kirchner, Reutemann no sabe dónde poner su candidatura. Y la amistad que comenzaban a cultivar Macri, Solá y De Narváez regresó a su estado natural de rivalidades. A semejante estado de fragmentación es difícil confiarle la agenda que los Kirchner dejan pendiente con sus grandilocuentes cruzadas: el desborde del Ejecutivo sobre la Justicia (Consejo de la Magistratura) y sobre el Congreso (los DNU), la normalización de la economía (Indec, política agropecuaria y energética, relación con las provincias) y la reorientación de una política exterior que ha aislado al país hasta del Uruguay.

Es posible que nunca haya habido en la dirigencia argentina una coincidencia más extendida sobre el trazo grueso de esa agenda como en estos días. Es posible que nunca haya habido una oposición tan indigente para transformar esa armonía en un programa. Inquietante encrucijada para una opinión pública que corre el riesgo de dejar de confiar en los Kirchner para no confiar en nadie.

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