La profundización del modelo llevará a su erosión sostenida

Por Rogelio Frigerio

Economista. Director de Economía & Regiones

Nuestra economía experimenta algunos fenómenos macroeconómicos muy parecidos a los vividos en la década del ochenta ¿El diálogo será más de lo mismo?

Una vez conocido el resultado de las elecciones del 28 de junio, el mercado interpretó que existía la posibilidad de que el Gobierno rectificara el rumbo de alguna de sus políticas. Sin embargo, los acontecimientos posteriores (como la conferencia de prensa de la Presidenta y los cambios en el gabinete), generaron la idea de una profundización de las políticas actuales y, por ende, una sensación negativa y pesimista sobre el futuro de la economía.

La perdurabilidad en el tiempo del escenario actual no llevará necesariamente a una ruptura abrupta y caótica del sistema económico, pero sí a una erosión sostenida del modelo.

En definitiva, nuestra economía experimenta hoy en día algunos fenómenos macroeconómicos muy parecidos a los vividos en la década del ’80. Durante esos años convivimos con períodos prolongados de caída del nivel de actividad, alta inflación, fuga de capitales y nulo acceso a financiamiento. Por aquel entonces, estas restricciones (interactuando en forma conjunta) terminaron generando bajísimos niveles de inversión, déficit fiscal y desmonetización de la economía. Pese a todo, con algunos planes de estabilización de tanto en tanto, prolongamos la agonía por casi 10 años hasta que, finalmente, se desencadenó el proceso hiperinflacionario. No obstante, surgen en la actualidad dos diferencias sustanciales respecto a lo que ocurría en nuestro país 30 años atrás y, no habría que cometer el error de subestimarlas: el contexto social y la situación de las provincias. A pesar de que la pobreza y la indigencia constituían ya un problema grave y creciente, estaban lejos de representar lo que significan hoy en día. Las provincias, por su parte, si bien tenían problemas fiscales, no acumulaban tantas responsabilidades, ni arrastraban el nivel de endeudamiento que presentan en la actualidad. Tomando en cuenta estas diferencias, la posibilidad de ‘redoblar la apuesta’ y profundizar las políticas llevadas a cabo (sobre todo) en los últimos 3 años, implica asumir un gran riesgo. Resulta imprescindible entonces modificar el rumbo actual de la economía. Lo más importante y urgente es detener la fuga de capitales. Para revertir esta situación, es indispensable, entre otras rectificaciones, cambiar el sesgo de la política fiscal. En los próximos meses, es preciso redoblar los esfuerzos para recomponer el ahorro público, volviendo a situar al crecimiento de las erogaciones en línea con el incremento de los ingresos. Se podría de tal forma generar financiamiento genuino para poder cumplir con los compromisos de deuda, sin recurrir a fuentes heterodoxas e insustentables. En caso contrario, los agentes económicos anticiparán mayores impuestos (y retenciones) y/o una devaluación que licúe el gasto público de la peor manera. Así, la salida de capitales (nadie se queda en pesos que más tarde van a valer menos) y la ausencia de inversión, profundizarán la caída del producto.

Bajar la inflación a un dígito anual debería ser otro objetivo a encarar en pos de disminuir la fuga de capitales. La Argentina ha convivido con una inflación promedio cercana al 20% anual durante los últimos tres años. Estos elevados niveles de inflación generan distorsiones de precios relativos que llevan a una asignación ineficiente de los recursos y a una caída de la inversión, que también atentan contra el nivel de actividad.

Asimismo, hay que tomar medidas para intentar regresar cuanto antes al mercado voluntario de deuda y dar una clara señal de que no existe ningún riesgo de volver a incumplir con nuestros compromisos en los próximos años. Proponer una alternativa de solución para la deuda que permanece en default y generar estadísticas confiables son dos condiciones necesarias para encarar este proceso.

Sin lugar a duda, una profundización de las políticas actuales incentivaría aún más la desmonetización de la economía y, por ende, la profundización de la caída del nivel de actividad.

La última señal del Gobierno, llamando al dialogo y reconociendo algunos errores, abre una luz de esperanza.

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