El profesor de Obama

Por Jorge Fontevecchia

Si fuera argentino, sería una celebridad. Pero Brasil es tan grande que nadie concentra la atención de todos. Roberto Mangabeira Unger, ministro de Asuntos Estratégicos del gobierno de Lula, es el único latinoamericano que integra la Harvard Law School, además de haber sido profesor de Barack Obama.

Si fuera argentino, sería una celebridad. Pero Brasil es tan grande que nadie concentra la atención de todos. Roberto Mangabeira Unger, ministro de Asuntos Estratégicos del gobierno de Lula, es el único latinoamericano que integra la Harvard Law School, además de haber sido profesor de Barack Obama. El actual presidente de Estados Unidos ingresó a Harvard a fines de 1988, en 1989 fue electo editor del Harvard Law Review y al año siguiente pasó a dirigir esa publicación hasta 1991, cuando se graduó de doctor en Derecho.

Harvard está presente en la vida de Obama, quien al asumir recordó públicamente a su dilecto profesor: Mangabeira Unger. ¿Qué no haría Cristina Kirchner si en su gabinete contara con una figura así? Pero Brasil, que se considera los Estados Unidos del Sur y vislumbra su futuro como la China –también– del Sur, no precisa hacer alarde de lo que no carece.

Esta semana, en medio de su gira por la Argentina, Mangabeira Unger me visitó y le conté la respuesta que recibí del canciller ruso al preguntarle sobre el BRIC: “Rusia, India y China –el RIC– serán las grandes potencias de este siglo, pero Brasil no, porque no tiene bomba atómica y para desarrollar poder económico también se precisa poder militar”. A lo que el profesor de Obama se apuró a responder: “Se equivoca, Brasil no tiene la bomba atómica porque no quiere”.

Mangabeira Unger reivindica la superioridad moral que tiene la tradición pacifista de Brasil, país que surgió sin siquiera la necesidad de una guerra de la independencia. Además, Brasil es una democracia, sistema que comparte con India pero no con China y Rusia. Aventaja a India por contar con una población sin conflictos religiosos y que habla una sola lengua. Supera a Rusia al no tener una extensa parte de su territorio poco aprovechable como la Siberia. Y a China por la muy menor cantidad de recursos naturales por habitante que el gigante asiático desgastó en su milenario uso.

Por ser Brasil el nuevo gran protagonista mundial, Unger (apellido de su padre norteamericano, Mangabeira es el de su madre brasileña) cree que esta crisis global es una gran oportunidad para Sudamérica y se desespera en tratar de convencer a los dirigentes locales de la necesidad de aprovechar esta coyuntura para surgir fortalecidos cuando la crisis sea superada (¿de aquí a dos años?).

No lo puede decir con sus propias palabras, pero para él los dirigentes de Sudamérica se dividen en dos clases: los “rebeldes” y los “entregados”. Ambos equivocados por seguir viendo a Estados Unidos como un centro que hoy no es tal. Unger cree que hay un exceso de ideas viejas y faltan las nuevas, no sólo en los líderes latinoamericanos sino también en Estados Unidos, donde Obama no estaría rodeado de las mentes más innovadoras, lo que quizás en parte explique los tropiezos que viene enfrentando el presidente norteamericano en sus primeros 33 días de gobierno, con mercados que no paran de caer (ver página 16) y desempleo en ascenso.

A pesar de que Unger estaba “filosóficamente predispuesto para oponerse a lo establecido, no como un activista sino como un intelectual”, cuando ayudó a establecer un movimiento reformista llamado Alternativa Latinoamericana, recordó a Hegel diciendo: “La única verdadera tragedia de la vida burguesa sería si ésta no combinara pensamiento y acción”. En el año 2002, cuando Unger analizó la posibilidad de ser candidato a alcalde de San Pablo, propuso la reconstrucción de lo que en Argentina son las villas miseria, un fuerte aumento de los impuestos a los automóviles y una revisión del sistema de transporte público de la ciudad.

Internacionalmente, Unger recomendó establecer libertad de movimiento para todas las personas, porque económicamente se crearía una eficiente combinación de personas y recursos: la expansión de la libertad de movimiento disminuiría la pobreza.

Unger es izquierdista y feroz antineoliberal, pero no anticapitalista ni antimercado: “Desesperados con la desaceleración económica, muchos dirigentes son tentados a retroceder a un keynesianismo vulgar, orientado a la demanda”. El llama a “democratizar el mercado” y en lugar del desarrollismo asiático, donde el Estado se une a las grandes empresas para hacerlas más grandes, propone una alianza entre el Estado y las centenas de miles de pequeñas empresas y emprendedores que son un rasgo de los países emergentes.

Cuando el ex presidente Vicente Fox le pidió consejo, Unger le escribió una carta: “México será México o será Puerto Rico. No se trata de regular el mercado por medio de políticas sociales compensatorias. Se trata de hacerlo real para la mayoría de los mexicanos”. También escribió: “No se construye sin agregar. No se transforma sin dividir. Para saber cuándo agregar y cuándo dividir no basta tener oportunidades. Es necesario tener visión”.

El punto equidistante entre los “rebeldes” y los “entregados” de Unger, que Lula lleva tanto a la práctica, me recuerda al “término medio” (mesotes) de Aristóteles, para quien la virtud es una posición intermedia entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto, y en Etica nicomaquea escribió: “Alcanzar el centro del círculo no era una tarea para cualquiera sino para el que sabe. Enojarse es cosa fácil, lo mismo que dar dinero y gastarlo. Por eso es preciso que quien apunta al término medio empiece a apartarse de lo que más se le opone, tal como Calipso aconseja: de esa humeante espuma, saca la nave”.

Los Kirchner no sólo deberían envidiarle a Lula su ministro de Asuntos Estratégicos sino también algunas virtudes. Mangabeira Unger criticó duramente a Lula al comienzo de su presidencia y en 2005 dijo que se trataba de “uno de los gobiernos más corruptos de Brasil”. Lula no sólo ofreció al profesor de Harvard su ministerio en 2007, sino que aprovechó las críticas para corregir el rumbo echando a muchos funcionarios acusados de corrupción.

Escribió Unger: “Como progresistas, no podemos permitirnos ahogar con demagogia y autoritarismo la militancia de la sociedad civil”. Kirchner debería leerlo.

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