Profecía autocumplida.

Por Alfredo Zaiat.
El pensamiento económico va teniendo modas como en la industria de la indumentaria que va definiendo tendencia en la uniformidad del vestir. Ahora se ha instalado la idea del keynesianismo como estrategia preferida frente al desastre esparcido durante la etapa de dominio del mercado desregulado, las finanzas globales y la cosmovisión del mundo neoliberal. En estos momentos turbulentos y de desorientación se requiere de un esfuerzo adicional para no caer en confusiones: no toda intervención estatal significa keynesianismo y, por lo tanto, emprender el tránsito adecuado para la superación de la recesión en casi el 60 por ciento del planeta. Por caso, la fabulosa expansión fiscal del Tesoro de Estados Unidos que implicó la asistencia millonaria a los bancos no constituye una estrategia keynesiana, pese a que esa activa participación del Estado pueda hacerlo suponer. Más bien se trató de un salvataje de banqueros, que utilizaron ese dinero para distribuirlo entre accionistas, pagar compensaciones a sus ejecutivos y para acumular liquidez sin volcarlo en créditos al circuito de la economía real. Eso no es keynesianismo, sino un Estado subsidiario del mercado en línea con el pensamiento neoliberal dominante por año. Por ese motivo se necesita estar atentos para evitar distorsiones en conceptos y en políticas económicas, lo que resulta bastante usual en las corrientes tradicionales de divulgación.

En la ciencia económica se han presentado de esa forma innovaciones teóricas que la experiencia empírica ha demostrado su inutilidad para comprender determinados procesos. Hasta hace no mucho la moda que dominaba el discurso hegemónico estaba vinculada con lo que se denominó las “expectativas racionales”. Ese análisis económico está basado en que todos los agentes poseen el mejor conocimiento del funcionamiento de la economía y toda la información necesaria para definir sus expectativas y comportamientos. Así pueden evaluar riesgos y decidir en consecuencia su conducta. De esa forma resultaría complicado confundir a los agentes económicos. La economía tiene una lógica natural de funcionamiento, que es el mercado libre y desregulado, y sobre esa base se asumen las decisiones. Cuando el Estado o la “política” interviene para entorpecer ese movimiento ideal la reacción negativa es inmediata.

El mercado financiero, con protagonistas muy competitivos y muy bien informados, se convirtió en el modelo predilecto para corroborar esa hipótesis de las “expectativas racionales”. Nace así la teoría de los mercados eficientes, que requerían una amplía libertad y escasa regulación pública para que los precios de los activos bursátiles y tipos de cambio reflejaran los fundamentos de la economía. Pese a que a lo largo de las últimas dos décadas los resultados han estado mostrando una y otra vez el fracaso de esa teoría, el poder económico oculto detrás de esa concepción ha sido lo suficientemente convincente para seguir dominando el mundo de la moda del pensamiento económico. El Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz ha sido uno de los críticos más notable a esa corriente de pensamiento económico.

Desde el crac de Wall Street de 1987, pasando por el estallido de mercados emergentes en la década del ’90, hasta el presente derrumbe del Muro de Wall Street dejaron expuesto que la teoría de las “expectativas racionales” y los mercados financieros eficientes no se ajustaba a la realidad. En la actual retirada de ese pensamiento hegemónico, que no implica necesariamente su derrota, la intervención en el debate sobre los desafíos que ofrece la crisis global se desarrolla en diagnósticos, análisis y predicciones que intentan influir en las expectativas. Justamente las patrullas perdidas de ese mundo que ha estallado son las abanderadas de violar el sustento de esa teoría que defendieron por décadas, con obvia intencionalidad política y de preservación de privilegios del poder económico. No les asignan a los agentes la capacidad de evaluar e informarse sobre aspectos básicos y concretos de la economía para tomar sus decisiones, sino que se dedican a confundir en la búsqueda de la profecía autocumplida con objetivos inconfesables. Con resultado dispar en esa tarea, y no sólo en Argentina, ése es el ámbito de disputa política-mediática del actual escenario de crisis económica global.

El sociólogo Robert K. Merton, fallecido en 2003 y que desarrolló su carrera en la universidad de Columbia, introdujo la expresión “profecía autocumplida” en su libro Teoría social y estructura social. Esta consiste en una predicción que directa o indirectamente conduce a convertirse en realidad. Por ejemplo, si se afirma que va a escasear determinado producto alimentario y por lo tanto muchos salen a comprarlo, ese comportamiento de acopio contribuirá a que esa sentencia se convierta en realidad. También es un concepto utilizado en el campo de estudio de la administración de empresas. Merton lo explica de la siguiente manera: “La profecía autocumplida es, en sus comienzos, una definición falsa de una situación que conduce a un nuevo comportamiento que convierte en ‘verdadera’ la concepción inicialmente falsa. Esta validez engañosa de la profecía autocumplida perpetúa un predominio del error. El profeta citará el desarrollo de los acontecimientos como prueba que desde el principio estaba en lo cierto”. En otras palabras: una profecía declarada verdadera cuando no lo es puede influir lo suficiente sobre las personas, ya sea por miedo o confusión lógica, de modo que sus reacciones conviertan finalmente en verdadera la falsa profecía.

De ese modo, la lógica de la “profecía autocumplida” se ubica en el otro extremo de la teoría de las “expectativas racionales”: la gente no reacciona simplemente a cómo son las situaciones, sino también, y a menudo principalmente, a la manera en que percibe tales situaciones, y al significado que le da a las mismas. Por tanto, su comportamiento está determinado en parte por su percepción y el significado que atribuyen a las situaciones en las que se encuentran, más que a las situaciones en sí mismas. Una vez que una persona se convence a sí misma de que una situación tiene un cierto significado, y al margen de que realmente lo tenga o no, adecuará su conducta a esa percepción, con consecuencias en el mundo real.

En muchos de los actuales diagnósticos económicos el péndulo se ha movido excesivamente en la dirección opuesta a la hipótesis de expectativas racionales. En un documento de hace un par de años (De las expectativas racionales a la magia de las señales, lectura 14, itf.org.ar), el economista Roberto Frenkel interpela a esa teoría dominante de décadas pasadas y el tránsito al otro extremo, al señalar: “¿Puede explicar toda esa hojarasca informativa, abundantemente citada por consultores y destacados economistas, el precio de los activos financieros argentinos y las decisiones de inversión? ¿Es necesario apelar a difusas consideraciones para interpretar los miles de decisiones de las cuales resultan los flujos de capital privado y los precios de los bonos? Rotundamente no”.

Cualquier parecido con el actual estadio del análisis y proyección del proceso económico argentino es una coincidencia involuntaria.

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