Profanadores

Grave denuncia involucra a parte del personal de cementerios municipales locales como autor de robos sistemáticos a las tumbas. Hay un comercio naturalizado de objetos de segunda mano que se hacen pasar por nuevos: urnas, coronas y hasta ataúdes. Parece una novela, pero no lo es.
Poco queda en pie de lo que una vez fue sagrado. Pero de cualquier manera, el culto a los muertos, el respeto por la pérdida y el dolor ajenos parecían ser torres que no terminaban de caer, en una cultura que aniquila todo aquello que una vez sostuvo las bases del quehacer humano.

Desde tiempo inmemorial, el respeto por los muertos se constituyó en la base de la estructura de la civilización para los pueblos antiguos: quien no respeta a sus muertos, ni siquiera es parte del grupo. Las tribus que habían sido nómades terminaron afincándose y cultivando sus alimentos, motivadas por permanecer en el sitio donde habían enterrado a sus seres queridos.

Nuestra sociedad sostiene poco de aquello, porque las creencias se modificaron y el ritmo de vida desenfrenado ha cortado el vínculo con los rituales tradicionales. Pero sin embargo, la muerte, con su halo de inexplicable e irremediable, sigue siendo el límite que enfrenta al hombre con sus precarias formas de comprender. Ninguna cultura acepta la profanación, y un muerto insepulto ha sido razón suficiente de guerras completas.

Pero como la corrupción no respeta ninguno de los estamentos sociales, y no han quedado fuera del delito ni los niños ni ciertas figuras respetables que parecían ser los referentes de las instituciones religiosas y sociales, también hay una mafia oculta en los cementerios públicos de la ciudad de Mar del Plata. Más allá de todo aquello que siempre fue parte de la leyenda urbana que llena de morbosidad la convivencia con las sepulturas, hay cosas que parecen provenir de las películas de terror más bizarro, que ahora de pronto se hacen ciertas. "El tema es lúgubre", dijo un informante anónimo, "perdón que lo diga así".

La denuncia dice que en estos cementerios, los huesos del osario general -que aunque no vayan a ser reclamados, pertenecen al cuerpo de un ser humano- son vendidos por los empleados con fines diversos. Por ejemplo, nos indican, cada estudiante de las carreras de Medicina, Educación Física u Odontología que necesita un cráneo humano o un esqueleto completo, recurre al cementerio y busca un contacto que le resuelva la operación. El primero de los empleados consultados le dará un nombre, el segundo dudará y lo referirá a un tercero. Ese será, según nos dicen, quien explicará al cliente acerca de los trabajos que implica ingresar al osario para satisfacer su pedido, y le pondrá un precio a los huesos. Un cráneo cuesta unos $100, un esqueleto completo no menos de $500.

Lo que debió ser el campo santo es hoy un mercado donde todo se compra y se vende. "Más de la mitad de los empleados está en el robo", dicen los denunciantes, "ellos venden todo". Cuando la familia del fallecido se retira del sitio donde se ha establecido la tumba, los sepultureros y sus jefes venden absolutamente todo aquello que pueda volver a usarse. Unos tienen un arreglo con las florerías para recuperar completamente los aros de corona: los empleados los entregan, en el comercio simplemente les cambian las flores y las despachan para el entierro siguiente. Venden bronces de ataúdes, es decir manijas robadas y adornos. Venden, en el peor de los momentos posibles, urnas a las personas que están asistiendo a la cremación de un ser querido. Pero las urnas ya han sido usadas, y convenientemente recuperadas por los profanadores. "Me atrevo a decir que vuelven a vender hasta los ataúdes", dijo un antiguo empleado con numerosos años de servicio en el Cementerio Parque. Su tarea le permite ver más o menos todo lo que sucede en aquella dependencia.

Sus mañas

La anécdota no es casual, sino que parte de un caso con constancia en la Justicia federal. Sucedió que una mujer volvió al cementerio días después de la muerte de su padre y solicitó que se le abriera el nicho nuevamente, con la excusa de depositar allí un objeto determinado. Al quitar la tapa, observó que el ataúd expuesto no era del color del que ella había comprado, por lo tanto no era el mismo que se había utilizado para colocar el cuerpo del fallecido. Sin advertir a los empelados se retiró del lugar, pero realizó la correspondiente denuncia en la fiscalía. No faltaba allí nada de valor, pero el delito era la profanación de tumba, que solamente había que comprobar, y establecer cuál de los responsables del sector había sido el autor.

En la oportunidad, dos de ellos, Alcides Panario y Miguel Lorenzo, a la sazón capataz general y conocido bajo el apodo de "El loro", dieron por escrito la excusa más infantil que alguien pueda haber elaborado. Dijeron que al colocar el cajón en el nicho se les había rayado, y que por eso habían llamado a la funeraria para cambiarlo sin consultar, para no tener problemas con la familia. Sólo obviaron el detalle de que la diferencia de precio entre el féretro faltante y el nuevo era de 15 a 1. No fueron sancionados por el Director General porque "habían reconocido su error". La situación judicial aún no ha sido resuelta y será objeto de futuras investigaciones.

Pero Alcides Panario no es nuevo en la rapiña: según se cuenta, se hizo famoso por cobrarle $5 a una mujer que pretendía ver los restos de un familiar. Se dice que es un protegido. Ahora él y Lorenzo se han comprado una máquina para grabar acrílico, y venden plaquetas rápidas a los deudos angustiados frente a una sepultura anónima. Cobrarían $85 lo que en un comercio de la zona costaría 35. Y la gente acepta, ante la necesidad de señalar de alguna forma el sitio del entierro.

Sus nombres

Los responsables son pocos. El Director General del cementerio es Jorge Sommi, recordado por su paso inusual por el sindicato de municipales. Las malas lenguas aseguran que salió de allí disparado después de que faltó nada menos que un millón de pesos. Dicen que administra el cementerio como un feudo, en el que no hace más que demostrar su poder. Que él decide quién hace qué cosa, más allá del cargo para el cual haya sido nombrado. Y que repite sin cesar: "si no lo hacés, te echo".

Más allá de ejercer un cargo de jerarquía y percibir un salario de $14.700, sigue trabajando en contraturno como preceptor de una escuela municipal. Él es quien se ocupa de tener en los puestos clave a la gente de su confianza que le asegure silencio. Por eso Néstor Eduardo Parrota fue nombrado responsable del crematorio sin mediar concurso, pero no cumple tales funciones: simplemente está allí, callado.

El cargo del Director de ambos cementerios, con sede en La Loma, es ocupado por Daniel Pepe. Su función es no hacer nada, no hacerse notar, no atender más de un expediente por día y esperar la jubilación anticipada a los 49 años de edad.

Las tareas en el cementerio son consideradas una labor crítica, es decir un trabajo insalubre que produce estrés adicional, lo cual implica ventajas y limitaciones. Por una parte, los empleados tienen derecho a la jubilación a los 52, si los años de servicio son suficientes. Pero por otro, no está permitido cumplir con tareas bajo régimen de horas extras, ya que se está cobrando el plus de trabajo crítico. Quien ha cumplido su horario en el cementerio debe retirarse a descansar. No obstante, hay horas extras para el cementerio, y se ha autorizado la efectivización de su pago, fuera de todo lineamiento administrativo. De esas ventajas también se adueñan quienes reparten el poder en el campo santo.

Los que hablan, lo hacen porque creen que robar a la misma muerte es mucho. Dicen que quieren las cosas derechas, que no quieren quedar pegados por unos bronces. Temen que un día llegue un procedimiento judicial y paguen justos por pecadores. "Nosotros", dicen ante los micrófonos, "cuando nos jubilemos, queremos salir del cementerio por la puerta grande". Que así sea.

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