Los problemas de nuestro país son estructurales

Por: Rodolfo Terragno

ESCRITOR Y POLITICO

Planificación más consensos más perseverancia es la fórmula para superar el atraso económico y la pobreza.

No pueden resolverse en un período de gobierno. Ni en dos. Los problemas económicos y sociales de la Argentina son demasiado profundos. Imaginemos. Este mediodía asume un nuevo gobierno, comprometido con el desarrollo. Estalla la euforia: en la población y los mercados. A lo largo de los próximos cuatro años, los inversores llegarán en masa. El país tendrá, en medio de la crisis global, un crecimiento asombroso: año tras año, 8%. Al terminar el mandato de este "Gobierno", tendremos el ingreso per cápita que (hoy) tiene Estonia. ¿Qué hará falta para alcanzar el actual nivel de España? Seguir creciendo a 8% anual; y armarse de paciencia. Sólo en 2019 llegaremos al ingreso por habitante que los españoles disfrutaron en 2008. El cálculo, aunque no lo parezca, está hecho del modo más favorable a la Argentina. El ingreso no fue medido en dólares-dólares sino en "dólares internacionales": una unidad teórica, que valora el poder adquisitivo de cada país. Se supone que, si uno pagara en "verdes", algunos consumos resultarían más baratos aquí que en otras partes. Por eso, estipulando el PIB en esos quiméricos "dólares internacionales", la economía nacional aparece algo más fuerte, y la Argentina sube unos puestos en el Campeonato Mundial del Producto por Habitante. No demasiados.

Según el Banco Mundial, en dólares corrientes somos el 55° país de la Tierra. En "dólares internacionales", el 47°. Para subir al umbral del primer mundo necesitamos planificación, consensos y tenacidad. Precisamos, también, una visión amplia. Mucho más amplia de la que se tiene con anteojeras macroeconómicas. El desarrollo social no ha de ser visto como consecuencia sino como requisito del desarrollo material. Además de clamar al cielo, la pobreza disminuye la productividad general y golpea en las cuentas fiscales. El Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica ha relevado los ingresos de los distintos sectores. Su estudio muestra que, en la Argentina, un tercio de la población vive en condiciones indignas. Con otro método, el INDEC calcula que los pobres son "sólo" un sexto de los habitantes. En vez de jugar al sombrío PRODE de la pobreza, tratando de acertar la verdadera cifra, cotejemos nuestro desarrollo humano con el de otros países. Las Naciones Unidas -empleando datos ajustados y métodos uniformes- evalúa condiciones de vida por doquier. Sus investigaciones permiten trazar este panorama: Esperanza de vida al nacer. En toda nación desarrollada, supera los 80 años. En Israel, llega a 80,3. En Corea del Sur o Malta se aproxima a los 80.

En el sultanato de Brunéi es de 76,7. En la Argentina, está en 74,8. Pobreza. Hay menos en Albania, Azerbaiyán o Jordania que en la Argentina. Indigencia. Hay menos en Bielorrusia, Bosnia-Herzegovina o Jamaica que en la Argentina. Desempleo. Chipre tiene la mitad del que se padece en la Argentina. En Malasia, 66 por ciento. Tuberculosis. Esta enfermedad denuncia infortunadas condiciones de vida. Los "factores de riesgo" son: pobreza, malnutrición, hábitat inadecuado, falta de atención médica y abuso del alcohol o las drogas. Casos anuales por cada 100.000 habitantes: en Chile, 16; en Dominica, 24; en la Argentina, 51. Niños que mueren antes de los 12 meses. De cada 1.000 nacidos vivos, en el mundo desarrollado fallecen 4 por año. En Chile, 3. En la Argentina 15. Niños que mueren antes de los cinco años. En Lituania, 9. En Croacia, 6. En la Argentina, 18. Madres que mueren en el parto. Por cada 100.000 niños vivos, cada año perecen, en Grecia, 3 parturientas. En Israel, 4. En Croacia, 7. En la Argentina, 77. Desigualdad. La pobreza se vuelve más irritante -y sus efectos más disgregadores - cuando una parte de la población es mísera y otra parte es opulenta. Naciones Unidas mide la desigualdad, en cada país, calculando la diferencia de ingresos entre el 10% más rico y el 10% más pobre. En Alemania, de 6,9 veces. En Estados Unidos -presunto reino de la codicia- 15,9.

En la Argentina, 31,6. Inseguridad. Lo han probado numerosos estudios internacionales: donde crece la desigualdad, crece la delincuencia. Un correlato entre ambos fenómenos lo ofrece la estadística criminal comparada: por cada 10 asesinatos que se cometen en Alemania, en Estados Unidos se cometen 56 y en la Argentina 95. No habrá magia que acabe con estos problemas. Ni gobierno que los resuelva en soledad. La faena exige un amplio compromiso político. Para que nuestra economía crezca a tasas elevadas durante largo tiempo, se requiere -entre otras cosas- una fuerte inversión (35 por ciento del PIB), que no se logrará si no se otorgan garantías de estabilidad jurídica y no se facilita la rentabilidad. Para comprimir la pobreza y la desigualdad hace falta, entre otras cosas, mudar de sistema tributario. Hoy, un obrero o empleado ve cómo le quitan, todos los meses, una tajada de su sueldo bruto. Y, luego, observa cómo su sueldo neto es diezmado por el IVA: ese tributo que cae por igual sobre millonarios y villeros. En cambio, el que vende acciones no paga impuestos.

Tampoco el que hace plata en el casino financiero. Ni el heredero que recibe una fortuna forjada por otros. Es difícil (pero indispensable) cumplir ambos objetivos a la vez: alentar la inversión masiva y redistribuir el ingreso. Países como Noruega o Suecia hacen, con éxito, ambas cosas. Van a buscar al capital. Gratifican a quien quiera ganar dinero produciendo. Pero disponen de un régimen tributario que, además de recompensar al desvalido, crea recursos para que el Estado -profesional, eficiente y límpido- desarrolle, entre otras cosas, la educación y la salud públicas.

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