El problema de las postulaciones es más ético que jurídico

Por Joaquín Morales Solá

Ni Néstor Kirchner, ni Daniel Scioli, ni Sergio Massa, ni muchas candidatas del Properonismo debieron ser candidatos. Kirchner forzó la interpretación de la ley, porque no vive por su gusto en la provincia de Buenos Aires. Vivió en Olivos como presidente y ahora como consorte presidencial. Pero un pequeño detalle de la ley le permitió zafar cómodamente: los candidatos deben acreditar dos años previos de residencia en la provincia al 10 de diciembre, cuando asumirían sus cargos legislativos. La Justicia le computó justo los dos años desde el 10 diciembre de 2007, cuando dejó de ser presidente. La cláusula deberá cumplirse casi con el reloj en la mano.

El problema es ético más que jurídico. Scioli comenzó diciendo que nunca asumiría su cargo de diputado, pero luego cambió hacia respuestas más evanescentes, cuando se percató de que podían inhabilitarlo. El problema es que la Constitución provincial dispone que no puede ser miembro del Congreso mientras sea gobernador. O es un candidato testimonial ?y, por lo tanto, su candidatura es inconstitucional?, o deberá renunciar a la gobernación para ser diputado. Nunca renunciará a la más preciada gobernación argentina para sumarse como uno más de los 257 diputados nacionales.

Sergio Massa quiere irse de la Jefatura de Gabinete, pero sólo para afianzarse en Tigre, lo que le permitiría luego intentar un salto hacia la gobernación de Buenos Aires. Ese es su objetivo. En ninguno de sus planes figura la Cámara de Diputados de la Nación.

El propio Kirchner ha hecho siempre una hazaña de su condición patagónica. El ex presidente es quien suele llamarse pingüino a sí mismo y quien nunca dejó de exhibirse como un santacruceño, fanático y consecuente. Sucede, sin embargo, que él mismo se adueñó del peronismo bonaerense desde que lo tumbó a Eduardo Duhalde del liderazgo de esa poderosa estructura. Ahora, el distrito electoral de Kirchner es la provincia de Buenos Aires más que Santa Cruz, pero sólo porque a él se le antojó.

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Ninguno cumplía con el espíritu de la ley: ser candidatos por el distrito propio y con la vocación cierta de asumir la futura responsabilidad legislativa. La Cámara Nacional Electoral luchó hasta último momento para evitar la imagen de la división interna, que nunca la había tenido. No pudo. Votó dividida. Los argumentos de unos y otros son válidos. ¿Cómo juzgar las intenciones, si todos dicen por ahora que cumplirán con la ley? ¿Cómo negar que el minué de declaraciones contradictorias crea, al mismo tiempo, incertidumbres en la sociedad?

La pelea no careció ni siquiera de una buena dosis de hipocresía. Scioli y Massa le anticiparon a la Cámara que, "eventualmente", asumirían sus cargos. ¿Cómo eventualmente?, reaccionó la oposición. Entonces están confesando que podrían no asumir, dedujeron los adversarios políticos. No, respondieron los oficialistas, eventualmente, asumirán porque falta saber si ganarán sus bancas. Desde ya, es obvio que Kirchner, Scioli y Massa ganarán sus bancas. Si los votos fueran tan escasos, como para que ninguno de ellos accediera al Congreso, algo más grave que su asunción se debatiría a partir del 28 de junio. La Justicia debió arbitrar hasta en una pobre y ambigua confusa cuestión semántica. ¿Qué quisieron decir, al fin y al cabo, con "eventualmente"?

Ninguno de ellos asumirá. Todos los saben, pero los jueces no tienen ninguna prueba. Cuesta imaginarlo a Kirchner sentado en una banca de una Cámara en la que estará en minoría (el oficialismo perderá más de 20 diputados nacionales, según estimaciones del propio kirchnerismo). ¿Qué le dirán todos ellos al electorado bonaerense cuando éste descubra que, en rigor, votó por Nacha Guevara, convertida en la primera candidata real del kirchnerismo de Buenos Aires? ¿Qué le dirán cuando deban confesar con los hechos que no sienten ningún respeto por la institución parlamentaria ni por la judicial?

Los jueces sabían que los políticos los habían colocado en un laberinto sin salidas virtuosas. Era uno de esos problemas que carecen de soluciones buenas. La situación era tan enrevesada que los miembros de la Cámara debieron ser más indulgentes con las residencias de las candidatas del Properonismo. Algunas de ellas (y no es el caso de Claudia Rucci, la que mejor acreditada tiene su residencia) debieron dar más explicaciones o hacerse a un lado. Pero la Cámara no podía ser exigente con la oposición cuando no había encontrado pruebas terminantes para obstaculizar candidaturas oficialistas que salteaban alegremente el espíritu de la ley. Al final, los dejaron ir a su aire, a unos y a otros.

La crisis institucional golpeó las puertas de la Justicia. La picardía política pudo esquivar los requisitos que los jueces necesitan para poder resolver los asuntos que caen en sus manos. Pero los políticos consiguieron llevar el debate sobre las anormalidades de la política al terreno de la Justicia. La Justicia también cayó afectada por la indiferencia institucional de la dirigencia política. Es llamativo que un ex presidente, que tiene más responsabilidad institucional que el resto de los políticos, haya terminado liderando esas extravagancias institucionales.

Algunos aseguran que Kirchner es un pícaro de antología: armó un teatro en Buenos Aires para disimular, con una eventual victoria suya, la segura pérdida de la mayoría parlamentaria. Otra vez, no obstante, Kirchner está colocando la tranquilidad social y seguridad institucional en el último límite del desmadre. ¿Qué sucedería en la Argentina si la lista que comparten él y Scioli resultara derrotada por sus opositores? ¿Qué ocurriría, en última instancia, si fueran vencidos el principal líder político del país y el principal líder territorial? Otra Argentina sucedería. La picardía de estos días se habrá trocado entonces en un formidable error histórico.

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