El problema es la opinión pública, no los medios

Por Carlos Pagni

El ataque a Papel Prensa revela el objetivo de controlar la información

El problema de Néstor Kirchner no es Papel Prensa. El problema es cómo modificar el estado de opinión pública que les está impidiendo a él y a su esposa retener el poder. Una fantasía tan vieja como el autoritarismo lo lleva a creer que, controlando los medios, controlará a la sociedad. Por eso, primero se apropió del fútbol, que es el principal insumo de la televisión. Y ahora pretende quedarse con el papel, el principal insumo de los diarios. Convertido en proveedor de ese producto, el esposo de la Presidenta aspira a extender al periodismo el mismo vínculo clientelar con el que ya colonizó otras áreas de la sociedad: te doy papel si me das buenas noticias. Igual que te doy un puente si me das obediencia o te doy una bolsa de comida si me das un voto. Sindicalistas, empresarios, gobernadores o desempleados del conurbano conocen ese pacto de vasallaje. Pero no alcanzó. Kirchner perdió las elecciones y sigue cayendo en las encuestas. El problema está en la cabeza del electorado. Allí es donde hay que intervenir. Por eso, la prensa.

No sólo este sueño es tosco. También lo son los métodos que se emplean para realizarlo. El primer fallido fue confiar la intervención de Papel Prensa a Guillermo Moreno. Con esa decisión los Kirchner se ahorraron mil palabras. Desde que desembarcó en el Indec, Moreno es sinónimo de manipulación de la información. Para los que no asociaron que se pretende hacer con las noticias lo que ya se logró con las estadísticas, la Presidenta designó como su representante en la papelera a Beatriz Paglieri, responsable principal de las adulteraciones del Indec.

La otra especialidad de Moreno es el control del comercio exterior, indispensable para alcanzar el objetivo que está detrás de la intervención de Papel Prensa. Moreno debe estar muy irritado con lo que sucede con el papel de diario. La Argentina se abastece con empresas de Chile, Suecia, Canadá, Estados Unidos, Sudáfrica, Brasil, Rusia y Finlandia, que le venden sus productos con arancel cero, obligando a Papel Prensa y a Papelera Tucumán a competir sin ventajas en el mercado global. Moreno se encargará pronto de corregir esta aberración, cerrando la importación. Sólo si la compañía intervenida se convierte en un proveedor monopólico se podrá aplicar a los diarios el torniquete político de la provisión de papel.

Es sabido que los Kirchner no prestan demasiada atención a la calidad de los argumentos para realizar estas maniobras. Les basta el poder crudo del Estado. Moreno, a quien se le puede reprochar todo menos la hipocresía, lo adelantó al iniciar la embestida: "Mis muchachos están para partir la columna y hacer saltar los ojos". Si no fuera porque carece de humor, el secretario de Comercio recordaría a los personajes de Los tres chiflados, sobre todo por la fascinación que ejerce sobre él aquel mundo en blanco y negro.

Aunque todavía no hay que llamar al traumatólogo ni al oculista, los procedimientos del Gobierno ya se están mostrando burdos. Antes de comenzar su revolución, Kirchner se quedó sin revolucionarios. Debió soportar que, disconforme con sus instrucciones, el consejero de Vigilancia de Papel Prensa, Carlos Collazo, denunciara ante la Justicia los arrebatos de Moreno; y que renunciaran los directores Mauricio Mazzón y Juan Druker; el presidente de la Comisión Nacional de Valores, Eduardo Hecker; el titular de la Sindicatura General de la Nación (Sigen), Carlos Pacios; y los síndicos en Papel Prensa Carlos Vidal y Alejandro Turri. Nunca antes una estatización había provocado semejante sublevación en el disciplinado kirchnerismo.

Otra demostración de mala praxis es que, gracias a Papel Prensa, Moreno se está dando el gusto de utilizar como vocero al ministro de Economía, Amado Boudou, que no sólo sería su superior, sino que es quien se había propuesto echarlo cuando asumió sus funciones. No es el único placer de Moreno: también instruye a los funcionarios de la Sigen, que deberían auditarlo.

Boudou, que estaba empeñado en que el mercado olvide su pasado de confiscador de fondos, ahora debe interpretar un libreto ajeno e insólito. Por ejemplo, pretende justificar la intervención sobre Papel Prensa en un presunto problema de precios. Tal vez sea la señal de un giro y Boudou se dedique ahora a corregir el 15% de inflación que registra su gestión económica; o cumpla con la promesa de sanear el Indec. Aun así, el ministro debería saber que el precio del papel lo fija el mercado global y que la política de comercialización de Papel Prensa fue diseñada por los directores del Estado, con la abstención de los representantes de LA NACION y Clarín .

Decisión estatal

Este criterio cabe para toda la argumentación oficial: Kirchner se queja por decisiones que, en la mayoría de los casos, fueron adoptadas en exclusiva por quienes lo representaron en el directorio de la compañía -Mazzón, Druker, Dante Dovena, Alberto Fernández, entre otros-.

La torpeza de los argumentos y la desprolijidad de los procedimientos prestan un servicio invalorable. Demuestran que en Papel Prensa no se quiere enderezar una gestión administrativa. Esa empresa es el boquete a través del cual Kirchner pretende ingresar en los diarios para determinar la información que consumen los argentinos.

Es difícil decidir si ese objetivo es más lamentable por lo que tiene de autoritario o por lo que tiene de retrógrado. Si algo define al actual estado de la civilización es la imposibilidad de controlar el intercambio de mensajes. Esta es la razón por la cual Kirchner conseguirá sólo una cosa con su avance sobre la prensa: quitar a su esposa toda posibilidad de ser reconocida por la historia como la vestal de los derechos humanos que ella se propuso ser cuando ingresó en la política.

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