El problema ya no es Kirchner, sino la transición

Por Mariano Grondona

Desde la inauguración presidencial de Cristina Kirchner, el 10 de diciembre de 2007, la sociedad esperó una y otra vez el cambio del modelo de conducción que su esposo había impuesto a partir de 2003. Después de varios intentos fallidos, la oportunidad insoslayable se presentó con la categórica derrota electoral de los Kirchner el 28 de junio, en la que el apoyo electoral al oficialismo bajó del 46 por ciento de 2007 al 26 por ciento, cuando la Presidenta anunció la apertura de un diálogo con los opositores.

Pero a esta etapa, que probó ser estéril, siguió la ofensiva que acaba de emprender el kirchnerismo al enviar al Congreso una nueva ley de radiodifusión que lo dejaría en posesión monopólica de los medios audiovisuales porque cree erradamente que, mediante ellos, podría recuperar la perdida confianza del pueblo. En medio de esta nueva pulseada, Kirchner le ordenó al gobernador Scioli que expulsara a su ministro de Asuntos Agrarios, Emilio Monzó, no ya por generar alguna iniciativa en favor del campo, sino simplemente por conversar con los dirigentes rurales. El mero hecho de "hablar" con los que no piensan igual se ha convertido en anatema para el más duro kirchnerismo.

Los antecedentes acumulativos del autoritarismo presidencial, ¿dejan algún lugar a la esperanza de un diálogo, de una autocrítica, de parte de los Kirchner? ¿O el cambio que el país desea en dirección de una república democrática liberada de imposiciones autoritarias sólo podría llegar no ya a través de un cambio "en" los Kirchner, sino a través del cambio "de" los Kirchner?

Después de varios intentos frustrados de lograr un cambio "en" los Kirchner, en su estilo de gobernar, ¿quedan acaso otras alternativas para darle alguna salida al 74 por ciento de los ciudadanos que el 28 de junio votó contra ellos? Después de más de medio siglo de interrupciones institucionales, de 1930 a 1983, el país ha dejado afortunadamente atrás estos engañosos "remedios" que probaron ser peores que la enfermedad. La razón profunda de esta evolución en las preferencias de la sociedad es que, al cortarse cada pocos años, nuestras experiencias democráticas no pudieron dar lugar a la larga maduración del aprendizaje . Si cada vez que se reinició una experiencia democrática se la interrumpió ya sea mediante los clásicos golpes militares o incluso mediante golpes "civiles", como el que padecimos en 2001, se bloqueó un rasgo esencial de la democracia, que no es otro que la acumulación de la experiencia popular que da lugar al aprendizaje. Pero ahora, después de un cuarto de siglo de votaciones continuas, nuestra democracia ha tenido, por primera vez en nuestra historia, la dorada ocasión de aprender. Por eso, después de haber creído en los Kirchner de 2003 a 2007, votó como lo hizo el 28 junio de 2009, contra la acumulación autoritaria del poder.

Por eso también hubo quienes esperaron que, a partir de esta fecha, el aprendizaje les llegara a los propios Kirchner. Esto, desgraciadamente, no ha ocurrido. Al decidir la "profundización del modelo" autoritario y no su sustitución por un auténtico pluralismo republicano después de junio, los Kirchner están actuando ahora, simplemente, contra la voluntad del pueblo. Por eso se aferran ahora a la mayoría residual que habían obtenido en 2007, confiando en el Congreso que les queda hasta el próximo 10 de diciembre, fecha en la que el "verdadero" Congreso, recién electo, comenzará a actuar.

El paso del tiempo

Si la posibilidad de un cambio "en" los Kirchner, en su deseo incontenible de apostarlo todo a un esquema de dominación absoluta que ya no es viable, debe ser desechada, ¿deberá apostar el país, entonces, solamente al paso del tiempo de aquí a 2011, mientras la pareja gobernante insiste empecinadamente en la misma fórmula de dominación que ha sido derrotada en las urnas? ¿No habrá una salida democrática y constitucional a este desgarrador dilema de los argentinos?

Si pensamos que los Kirchner han pasado a ser sólo una tozuda insistencia en lo que el pueblo ya repudió, la salida al dilema que hoy enfrentan los argentinos debería quedar en manos de la oposición. ¿Qué podría hacer ella, empero, en estas difíciles circunstancias? Si el atajo "golpista" del pasado ya no existe afortunadamente para nosotros, ¿habría a nuestra disposición otro atajo, esta vez institucional, para salir de la parálisis entre un gobierno apenas residual y una oposición apenas eventual que nos está cercando? Si lo hubiera, ese atajo debería consistir en que la oposición, poniéndose los pantalones largos, diseñara prontamente el horizonte de lo que vendrá.

Al margen del kirchnerismo combativo pero declinante, lo que tendría que amanecer ahora es la primicia de una nueva Argentina, que, si bien llegará a nosotros recién en 2011, tendría que anunciar su nacimiento desde ahora. Su punto de partida será, en este sentido, el próximo 10 de diciembre, porque será en esta fecha ya no tan lejana que una nueva Argentina democrática y republicana podría nacer.

Este renacimiento debería darse en dos pasos. El primero sería la firma de un documento fundacional por parte de todos los partidos democráticos que ya actúan entre nosotros, una suerte de nuevo Pacto de la Moncloa o Acuerdo de San Nicolásque contuviera en su seno las grandes políticas de Estado que todos los partidos, incluidos los ex kirchneristas, definieran por oposición a las meras políticas de gobierno unilaterales y efímeras que tuvimos con el menemismo y el kirchnerismo. Si este conjunto de políticas de largo plazo, capaces de asegurarnos a los argentinos un largo período de estabilidad democrática como el que ya tienen España, Brasil, Chile o Uruguay, se acordara hoy, los argentinos habríamos dado el primer paso de nuestro renacimiento político y económico. En verdad, durante la campaña electoral casi todos los partidos de la oposición estuvieron a punto de firmar un documento de este tipo, pero algunas mezquindades, aunque superables, lo impidieron.

El próximo presidente

Una vez firmado este compromiso prácticamente universal que, por serlo, impediría que algún partido sacara después "los pies del plato", la Argentina de todos que alguna vez fuimos se pondría otra vez en movimiento. Es oportuno señalar que algunos políticos experimentados como Rodolfo Terragno, a quien no podríamos sospechar de ambiciones particulares, ya se han puesto a marchar en esta dirección.

La segunda condición de este renacimiento sería que, cuanto antes, las principales formaciones políticas que ya sobresalen, especialmente el "panradicalismo" asociado al socialismo que parece agruparse en torno del vicepresidente Cobos y el peronismo republicano que empieza a reunirse en torno de dirigentes respetados como Carlos Reutemann, Felipe Solá y Francisco de Narváez, sin dejar de lado otros nombres valiosos como los de Alberto Rodríguez Saá y Juan Carlos Romero, podrían sumarse para reconstruir un nuevo bipartidismo peronista-radical cuyos miembros estuvieran en condiciones de alternarse pacíficamente en el poder de 2011 en adelante.

Si pensamos que los Kirchner, pero no los kirchneristas que van a empezar a abandonarlos, ya han renunciado a cambiar en dirección de la democracia republicana que impacientemente nos espera, les queda a los radicales y a sus aliados socialistas, así como al peronismo renovado, esta gran tarea fundacional en pos de una nueva Argentina que ya anticipó su triunfo el 28 de junio y que, si la consolidamos a tiempo, dará sus frutos permanentes, y memorables, de aquí a sólo dos años

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