El problema es que no hay hoja de ruta

Por Carlos Pagni

Cristina Kirchner demostró ayer que está atrapada en el discurso único. No en el sentido en que la izquierda se refiere al pensamiento dominante, sino en uno más vulgar: dejó la impresión de que dispone de la misma pieza oratoria cualquiera que sea su auditorio: el plenario de la ONU, los reyes de España, la clientela del conurbano o la Asamblea Legislativa.

Conviene empezar por las formas. La Presidenta, que se jacta de ser tan buena oradora como para prescindir de los papeles, habló sin leer, como si estuviera en el Salón Blanco o en su antigua banca de legisladora. Sin embargo, Nicolás Avellaneda, Juan Domingo Perón o Raúl Alfonsín no ponían sus palabras por escrito porque no supieran hablar en público, sino porque los mensajes presidenciales al Congreso constituyen un género institucional -lo inauguró Washington en 1790- en el que la lectura es un homenaje a la jerarquía de los receptores y a la relevancia de lo que se va a exponer: un balance oficial de la administración y una recomendación para la agenda legislativa del año. La escritura también evita algunos errores. Si la señora de Kirchner hubiera llevado papeles se habría ahorrado -es lo de menos- varias discordancias entre sujeto y predicado; habría mencionado su presunto programa institucional, de seguridad o de política exterior, y habría dejado inauguradas las sesiones ordinarias del Congreso, que era el cometido litúrgico de su visita a esa casa.

Las formas hacen al fondo. Así como a la Presidenta le cuesta registrar situaciones excepcionales, tampoco parece ponderar el cambio de contexto en el que le toca gobernar. El razonamiento central de ayer puede resumirse así: el capitalismo, cuyo sistema financiero fue un artefacto tan opresivo como el Muro de Berlín, asiste a un derrumbe del cual lo único que se salva es el "modelo" argentino, construido sobre el tipo de cambio competitivo, los subsidios y la prescindencia del mercado de capitales. Los líderes internacionales ya lo detectaron y comienzan a adoptar la receta. El kirchnerismo forma parte del sentido de la historia.

Este argumento se sirve de varios sofismas. El más importante oculta que la política de los Kirchner se había agotado antes del derrumbe mundial. Durante el primer trimestre de 2008, la economía creó sólo el 0,3% del empleo; la inflación había superado el 25%, deteriorando la distribución del ingreso; el tipo de cambio, competitivo por la devaluación de 2002, no hacía más que revalorizarse; la dependencia externa era tal que se convalidó una tasa del 15% a Hugo Chávez y, ante ese extremo, se reabrió el canje de deuda; las necesidades del Tesoro hicieron elevar las retenciones del 27 al 35% y, como fue insuficiente, se declaró la guerra al campo para obtener US$ 2000 millones más, imprescindibles para solventar los subsidios, que estragaban el superávit fiscal. Todo antes de la caída de Lehman Brothers.

Hecatombe mundial

La hecatombe mundial vino a empeorar el panorama. Las exportaciones industriales, que para la Presidenta fueron la clave del comercio internacional, caen en picada: la producción de acero se retrajo un 40% y de los 500.000 autos que se vendieron el año pasado, en 2009 sólo se venderían 300.000. En diciembre, el nivel de actividad disminuyó un 2% respecto del mismo mes de 2007. Pero en el Indec publicaron una suba del 7,4% y desplazaron a Fernando Cerro por no querer convalidar la medición. La señora de Kirchner se ufanó ayer del incremento de coparticipación. Pero el Ministerio de Economía consignó que este enero las provincias recibieron lo mismo que en enero del año pasado, aunque sus gastos aumentaran un 20 por ciento.

Esta orwelliana corrupción lingüística está al servicio del problema principal del Gobierno: la carencia de programa. Ayer sólo se habló de futuro para amenazar con brumosas intervenciones al mercado agropecuario y a los medios de comunicación.

El kirchnerismo jamás muestra su hoja de ruta. Sencillo: no la tiene. Por esa ausencia de horizonte, la Presidenta apela a la operación bíblica de crear, por la fuerza de la palabra, un mundo a su imagen y semejanza. Debajo de esa construcción transcurre el presente eterno del pragmatismo. Se predica la regulación de los mercados y se promueve el blanqueo de capitales; se incautan de los ahorros jubilatorios con la excusa de su administración leonina y se acuerda con los fondos buitre la deuda en default. Por esta recurrencia al ensayo y el error los líderes internacionales, hay que reconocer, se están kirchnerizando.

La ausencia de estrategia se echa poco de menos durante la expansión. Las cifras, en su contundencia, son el programa. Pero ahora, cuando todas las flechas apuntan hacia abajo, surge una contradicción para la cual el discurso de ayer carece de argumento. Los Kirchner comienzan a perder, uno tras otro, sus soportes políticos. Justo en el momento en que el mundo se decidió a llevarlos en andas.

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