La probable implosión del kirchnerismo

Por Joaquín Morales Solá
Los trajines de la democracia no le sientan bien. El ejercicio de negociar, conceder o elaborar un método para procesar el disenso son prácticas desconocidas para Néstor Kirchner. ¿Necesitó llegar al recuento de votos en la Cámara de Diputados para darse cuenta de que estaba perdido? ¿Necesitó que el no kirchnerismo lo redujera a apenas 90 votos visibles en un cuerpo de 257 diputados, justo a él, que se pavoneaba cuando aplastaba a las minorías parlamentarias, para aceptar la derrota? ¿Cuánto más disimulada habría sido esa derrota si Kirchner hubiera aceptado los acuerdos sin pataletas previas?

Una negociación de cuatro días entre opositores y oficialistas fue derribada por Kirchner en el instante de un capricho. Nadie a su alrededor está en condiciones de advertirle sobre el próximo obstáculo. Los ministros sólo trabajan su propia permanencia. Kirchner se hizo cargo de hecho de la Jefatura de Gabinete y del Ministerio de Economía, y convirtió a sus titulares en simples voceros de sus decisiones. Los legisladores oficialistas temen que les ocurra lo mismo que a los encuestadores: los corren de Olivos cuando llevan malas noticias. Mienten, entonces.

En efecto, algo hizo mal el Gobierno cuando logró juntar en una misma votación opositora a Francisco de Narváez y a Pino Solanas, a radicales y a peronistas, a la derecha y a la izquierda. Ideología y política, y no la compraventa de votos, marcarán ahora el ritmo del Congreso. Pero esas sencillas conclusiones nunca fueron elaboradas por el oficialismo, ni aun después del desastre del jueves. Los Kirchner siguen culpando de sus desgracias a los medios (en primer lugar, cómo no), a los sectores empresarios y a la esquiva clase media urbana.

Sin embargo, tampoco el kirchnerismo cuenta con las franjas más bajas de la sociedad, estragadas por la inflación, el desempleo y la inseguridad. Hace poco, el ex presidente provocó a la oposición diciéndole que se llevara todas las comisiones del Congreso porque él se quedaría con el dominio de la calle. Ahora no tiene las comisiones ni la calle. Esa es la verdad. Sólo cuenta con el aparato soviético de algunos barones del conurbano que llenan colectivos a cambio de subsidios.

Las victorias también tienen arquitectos. Los principales constructores del acuerdo opositor fueron Elisa Carrió, Oscar Aguad y Felipe Solá. Carrió detesta las negociaciones frente a los fotógrafos, porque las fotos, suele decir, son sólo expresiones de un momento fugaz. Tan fugaz como esos acuerdos bajo la luz del escenario. Trabajó en los últimos tiempos enhebrando lazos con la izquierda y con el peronismo disidente. Carrió y Solá, muy cercanos en horas recientes, renunciaron en nombre de sus espacios a la vicepresidencia tercera cuando debieron entregarle la segunda al kirchnerismo para que aprobara el acuerdo. Era importante que el peronismo oficialista votara el acuerdo , señaló luego Carrió.

Carrió no se movió de sus principios: nunca aprobaría, anticipó, una maniobra para arrebatarle al kirchnerismo la presidencia de la Cámara de Diputados. Solá tiene el pragmatismo de los peronistas: su objetivo fundamental era derrotar a Kirchner. Le tocó acompañar el péndulo más de una vez. Todavía es socio de De Narváez, pero lo conoce a Solanas desde hace 40 años. Fue y vino entre ellos hasta que consiguió tenerlos en el mismo bando. Le costó más De Narváez que Solanas, convertido en una figura central para la concreción del acuerdo.

De Narváez quería verlo a Kirchner hundido en la peor de las derrotas. Sólo lo convenció el discurso de rendición de Agustín Rossi, cuando éste admitió, enojado y desafiante, que el kirchnerismo votaría un acuerdo producto de su derrota. Perdieron entonces , se convenció De Narváez. Perdieron hace mucho , le replicó Solá.

A Aguad le correspondió el protagonismo de liderar la segunda minoría. Tuvo algunos roces con Carrió, porque el jefe radical decidió convencer al kirchnerismo cuando éste se empecinó en negar la realidad hasta que la realidad le cayó encima. No podemos correr el riesgo de un kirchnerismo aislado; sería demasiado peligroso para la República , advirtió Aguad. Carrió le reprochó que se cortara solo. La escaramuza entre ellos duró poco.

Carrió y el radicalismo tienen una relación difícil, que desde ahora deberá ser resuelta por el nuevo presidente del radicalismo, Ernesto Sanz, ungido en medio de la liturgia radical. Se confirmó la historia: ninguna interna radical vale la pena si no es febril, larga y extenuante. Sanz, tal vez el político que más respeto convoca entre propios y extraños, tiene tres desafíos en su flamante cargo: cuidar la unidad del Acuerdo Cívico y Social hasta 2011; desalentar a Julio Cobos de cualquier proyecto electoral junto con peronistas (que el vicepresidente nunca descartó), y lograr que Carrió no se vaya de la alianza con su viejo partido.

Sanz tiene un estilo particular de decir las cosas: nunca ofende, pero nunca calla sus opiniones. ¿Podrá con Cobos y con Carrió al mismo tiempo? Lo quiero a Ernesto, pero debe mantenerse neutral , condicionó Carrió. El entorno radical de Cobos no es su mejor credencial ni siempre expresa la vocación por los acuerdos manifestada por el vicepresidente. A su alrededor se incuban sus riesgos.

Es probable que Kirchner vuelva muy pocas veces al recinto de la Cámara de Diputados. El jueves estaba visiblemente incómodo, rodeado sólo por los incondicionales que nunca le objetan nada y con el aspecto de un hombre que acababa de conocer la silueta del infortunio. La Cámara está llena ahora de figuras presidenciables, dispuestas a competir por quién será más opositor a Kirchner o por quién le cantará más verdades en la cara. Kirchner no está acostumbrado a soportar esas insolencias.

¿Aprendió la lección? Difícil. La del jueves fue la tercera derrota consecutiva de Kirchner, después del rechazo senatorial de la resolución sobre la soja y del fracaso electoral de junio último. Siempre dobló la apuesta luego de perder. Ahora piensa en cooptar, obstaculizar y maniatar a la oposición. Sólo los kirchneristas que están en la primera línea de fuego tocan otra melodía. El presidente provisional del Senado, José Pampuro, y el titular de la Cámara de Diputados, Eduardo Fellner, coincidieron públicamente en que al oficialismo no le quedará otra alternativa que dialogar y consensuar. No demonicemos a la oposición , avanzó Pampuro.

Pampuro seguirá siendo presidente del Senado. Los senadores son menos escandalosos que los diputados y ya comenzaron a arreglar las cosas para la reunión preparatoria que tendrán el 15 de febrero. También allí el oficialismo perderá las vicepresidencias del cuerpo. Probablemente las comisiones se integrarán de acuerdo con la representación proporcional de los sectores políticos, que tiende más a un permanente e inestable empate. Faltan las últimas negociaciones.

Los diputados opositores han salido ahora a la pesca de los gobernadores peronistas. Quieren que éstos los acompañen en un proyecto para ampliarles a las provincias la coparticipación del impuesto al cheque. Nosotros no tenemos un peso y los Kirchner están sentados sobre la caja , deslizó el jueves un gobernador peronista que acababa de saludar efusivamente a Kirchner. Vengan con nosotros y no dependerán de esa caja , lo invitó uno de los líderes de los diputados opositores.

¿Es posible? Lo es en la medida que comience a suceder lo que le sucede a cualquier liderazgo peronista derrotado: la implosión del kirchnerismo. Los gobernadores son una cuestión aparte, porque dependen obsesivamente de los recursos que Kirchner controla. Pero ni legisladores ni intendentes kirchneristas soportarán durante mucho tiempo la desoladora imagen del jueves, cuando se sorprendieron capitulando sin condiciones.

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