Un príncipe en medio de la República

Por Mariano Grondona

Se puede ser "maquiavelista" o "maquiavélico". Los "maquiavelistas" son intelectuales que en sus clases o en sus libros enseñan la doctrina de Maquiavelo. Los "maquiavélicos" son, en cambio, aquellos que, hayan leído a Maquiavelo o no, en la prácica hacen lo que él dice que hay que hacer para acumular poder. Autores maquiavelistas como el italiano Gaetano Mosca escribieron a fines del siglo XIX, cuando empezaba a expandirse la democracia, que ella es una ilusión porque en el fondo siempre mandan las minorías

Que los maquiavelistas sostengan este tipo de teorías no significa que ellos mismos sean maquiavélicos. Al contrario, como intelectuales que son, muchas veces resultan en los hechos tan "chambones" como lo fue Maquiavelo cuando administró a Florencia. El propio florentino, cuando le tocó evaluar a dos grandes de su época, César Borgia y Fernando el Católico, juzgó a éste superior a aquél porque, a la inversa de Borgia, la falta de escrúpulos de los maquiavélicos no se le notaba.

Se suele citar a Maquiavelo como el autor de El príncipe , algo así como el manual del perfecto maquiavélico. Su obra principal versa, sin embargo, sobre las repúblicas, en las que el desenfreno de la ambición ilimitada está contenido por las instituciones. Todos los políticos tiene algo de maquiavélicos, pero allí donde hay instituciones fuertes, ellas se encargan de canalizar la pasión del poder en dirección del bien común de los ciudadanos.

Para incurrir en una última cita, recordemos que Mosca sostenía que en todo sistema político, se declare democrático o no, una minoría organizada siempre prevalece sobre la mayoría desorganizada. Por lo que acabamos de ver "el príncipe", esto es el amante insaciable del poder, contrasta con el político republicano en cuanto éste, a la inversa del príncipe, se detiene ante la saludable valla de las instituciones.

Nuestro "príncipe"

Si aplicáramos esta introducción a la Argentina actual, resultaría que entre nosotros conviven dos clases de políticos. Uno entre ellos es "principesco". Los otros, republicanos, se adaptan por vocación o por necesidad a los límites que nuestra Constitución impone a la ambición desmedida. El espíritu republicano de la Constitución brilla como en ninguna otra parte en su artículo 29, cuando dice que el Congreso no puede conceder al Poder Ejecutivo "la suma del poder público" y que quienes lo hagan "quedarán sujetos a la pena de los infames traidores a la patria". Escrito en 1853, este terrible anatema conserva aún fresco el recuerdo de Rosas, pero, como continúa vigente hoy, podría traducirse al lenguaje que hemos empleado hasta ahora de la siguiente manera: "En la República no se admiten príncipes".

La anomalía que estamos viviendo es que en medio de nuestra República sobrevive un príncipe. Maquiavelo distinguía entre los "príncipes hereditarios" y los "príncipes nuevos". Aquellos estaban moderados en cierta forma por la tradición que les habían transmitido sus padres. Estos, en cambio, no tenían precedentes ni reglas que los sujetaran, por lo cual su incompatibilidad con los principios republicanos era absoluta. Naturalmente, todo príncipe nuevo vive rodeado de una corte de subordinados incondicionales. Si el príncipe nuevo conduce un principado, su poder es tan ilimitado como su ambición, pero existe aun así cierta coherencia entre el sistema y su protagonista. Lo anómalo entre nosotros es que el principe nuevo que nos gobierna lo hace en medio de una república. Los que lo siguen, lo aplauden ciegamente. Los que no lo siguen, aún no han logrado que lo contengan las limitaciones republicanas. El nombre de nuestro autotitulado príncipe es, obviamente, Néstor Kirchner. Su ambición, que todavía no ha consumado, es conquistar esa suma del poder público que fulmina nuestra Constitución.

Por eso estamos viviendo una contradicción. De un lado, nuestro príncipe nuevo emite todos los signos asociados al desenfreno del poder. Al digitar a su esposa como presidenta, buscó que entre ambos pudieran desbordar los plazos republicanos. Mediante mecanismos como los llamados "superpoderes", maneja a su antojo los recursos del Estado mediante la tristemente famosa "caja". Ya tiene, casi, la suma del poder. Este "casi", ¿hacia dónde se encaminará?

Es que, como el sistema que estamos viviendo es anómalo, la República, aunque herida, no ha muerto. Es más, diríamos que resiste cada día más. Cada vez menos seguro para Kirchner, el Congreso ha dado señales de vida desde el ya famoso rechazo de la resolución 125. La diáspora de la militancia kirchnerista, por su parte, se acentúa. Y, como la nuestra no es sólo una "república" sino además una "república democrática", el pueblo tendrá en octubre la última palabra.

La "voluntad de poder"

Quizá nadie describió tan claramente lo que él llamaba "la voluntad de poder" como Friedrich Nietzsche. Para escapar del nihilismo que lo amenazaba, el pensador alemán imaginó que, después de tantas dudas y refutaciones a lo largo de la historia, al hombre moderno no le quedaba otra salida que aferrarse, no ya a la razón de los filósofos y los teólogos que según él lucía agotada, sino a su última reserva vital que no era otra que la voluntad. Pero no simplemente una voluntad individual sino la voluntad de poder dionisíaca que debería mostrarse capaz de engendrar a un hombre nuevo, al superhombre . Dios, para Nietzsche, había muerto. En un mundo ya sin Dios, sólo quedaría el superhombre.

Los políticos que todavía hoy sueñan con el poder ilimitado de un "príncipe nuevo", aun sin saberlo pretenden seguir a Nietzsche. Su empresa probará ser finalmente utópica, pero hasta que esta demostración se concrete deberemos reconocer que la energía que destilan es sorprendente. Es como si supiéramos que un atleta ha decidido alcanzar alturas nunca vistas con su garrocha. Su empresa es irrealizable, pero mientras la intenta sus acciones cobran una fuerza aparentemente incontenible, una superioridad sobre sus rivales que, en la fase ascendente de su carrera, les hacen creer a sus admiradores y a él mismo que ha sido elegido por los dioses.

Ya es abundante el testimonio de psicólogos y psiquiatras que han destacado el carácter patológico de esta desmedida pretensión. Algunos se atreven a sostener que los poseídos por ella no son personas "normales". Los anormales al fin pierden, pero el impacto, el daño que pueden hacer mientras libran su combate es inmenso. Nada parece contenerlos hasta ese último momento en que terminan por asfixiar incluso a aquellos que los seguían ciegamente. No basta entonces con decir que los psicópatas del poder están condenados. Si la República no logra contenerlos, su resistencia al inevitable deterioro será colosal.

Véase sino el combate electoral que hoy se libra en Catamarca. Dividiéndose como se dividía la provincia entre el "cobismo", al que se ha sumado el propio gobernador, y tres peronismos al parecer irreconciliables, la jornada de hoy incluye hechos insólitos como, por ejemplo, la reconciliación entre el desprestigiado Saadi y el zigzagueante Barrionuevo en función de la "caja" kirchnerista y, todavía más allá, el auxilio de grupos kirchneristas movilizados desde el Gran Buenos Aires. Si hoy la alianza entre los kirchneristas de siempre y los kirchneristas de ocasión pierde, la República habrá vencido. En caso contrario, la eventual victoria de Kirchner y sus adeptos demostrará que, antes de rendirse, el "príncipe nuevo" peleará hasta el final.

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