La primera vez, a los 60

Por Rolando Hanglin

Vivimos en un mundo de personas solas.

Cada vez hay menos matrimonios, menos familias, más madres solteras y hasta padres solteros. Todavía algunos jóvenes se casan, pero se divorcian muy pronto. Incluso rompen su matrimonio, actualmente (por hastío, por desgaste, por falta de sexo, por infidelidades mutuas, etc) personas de cuarenta y cincuenta años. También de sesenta y de ochenta.

Entre los seres humanos de hoy, millones están entrando en lo que los americanos llaman "golden sixties", es decir: los dorados sesenta. Con los hijos ya criados e independizados, y frecuentemente radicados en otro país. Con una jubilación, una renta, un pequeño comercio. Con buena salud, un seguro médico, auto propio, una casa (o casita) digna. Los sesentones y las sesentonas, divorciados o viudos, salen a vivir la vida.

Es la segunda adolescencia. Volver a los diecisiete.

Claro que todo ha cambiado. Ellas se dejan ayudar por las hormonas, la cirugía estética, el yoga, Pilates, la Meditación, la cama solar y el drenaje linfático. Ellos cuentan a su favor con los mismos recursos y uno muy destacado: el sildenafil.

Así pues, ellos y ellas intentan empezar de nuevo. Con la misma ilusión. Con las mismas dudas e inseguridades de los dieciocho años. Con algunas certezas (uno ya sabe que no es un monstruo, que no es un imbécil) y algunos desalientos: también sabe que le sobra panza, le falta pelo, le sobreabundan la papada y los dolores reumáticos.

Pero el alma está como siempre. Sana, inocente, ilusionada.

La mujer de sesenta se encuentra, entonces, con temblores de colegiala: "Si salgo con este señor, una vez, dos veces, a la tercera me hará una propuesta... indecente". ¿Y entonces? La mujer teme ver en los ojos de su enamorado una sombra de horror al verla sin ropas. Porque ella sabe muy bien su verdad, la que canta el espejo: hay una cintura demasiado ancha, unas arrugas como surcos de labrador, unas manos de anciana. Ella piensa, con buen criterio: "¿Y si este hombre me ve y se desmoraliza totalmente y huye por la puerta de servicio? Al fin y al cabo, es un desconocido. No es mi marido de hace treinta años que ha envejecido a mi lado. Es un tipo que me cae bien, que ha tenido esposa y tiene hijos, nietos, cargado de años, cansado... ¿Qué estoy por hacer?".

Frente a ella, el sesentón tiembla con los mismos miedos: "¿Esta mujer logrará causar en mi el gran milagro? ¿Y si fallo? Finalmente, ya no tengo veinte años, ni cuarenta. ¿Para qué exponerme al papelón? En el fondo, no la conozco. Es una linda señora, me gusta, me gustaría, pero...¿Funcionaremos juntos?".

Por lo general, a los sesenta ya olvidamos que al ser jóvenes estábamos dominados por las mismas incertidumbres. Peor aún: éramos ignorantes, no habíamos vivido nada, todo lo imaginábamos sin demasiado asidero. Aunque hoy nos gusta recordar que éramos "unos potros" (nosotros) y "unos bombones" (ellas) en verdad éramos pobres chiquilines muertos de miedo.

El caso es que aquí estamos, los sesentones del planeta. Aguardando con el alma en un puño... nuestra primera vez. Conviene agregar que, de aquí en adelante, todas las veces serán... una primera vez.

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