El primer año de Raúl Castro, marcado por el estancamiento

Hace un año, Raúl Castro tomó las riendas del poder en Cuba bajo el síndrome del marabú.
Ese arbusto espinoso, de recia madera, cubre gran parte de las tierras baldías de la isla, y su extracción, vital para el desarrollo de la agricultura, requiere un gran esfuerzo. El sistema de partido único cubano ha generado en el último medio siglo un "marabú" ideológico mucho más complicado de remover, un bosque de restricciones que impide el brote de las reformas que demanda la sociedad.

Cuando Fidel Castro se retiró del poder en julio de 2006, aquejado de una grave enfermedad intestinal, algunos dirigentes del régimen cubano pensaron que se encontraban ante el mejor de los escenarios: un ensayo de transición política sin el trauma y la incertidumbre de una desaparición súbita del comandante.

Pero con el paso del tiempo, las ventajas de ese ensayo sucesorio en vida de Fidel pasaron a convertirse en una rémora para el propio régimen, con un presidente interino, Raúl Castro, achicado por la sombra perenne del jefe de la revolución. De ahí que, hace un año, el propio Fidel decidiera poner fin al letargo político que vivía Cuba cediéndole la presidencia a su hermano de forma definitiva. Pero, eso sí, manteniendo todavía un poder que rebasa, según muchos analistas, al de su propio sucesor.

En su discurso de investidura, el 24 de febrero de 2008, Raúl Castro prometió, como ya había hecho en intervenciones previas, "cambios estructurales y de concepto" en la isla, así como la eliminación de las "prohibiciones absurdas" con las que habían convivido los cubanos durante décadas.

Las palabras de Raúl despertaron en la isla grandes expectativas de cambio. Pero, transcurrido un año de gobierno, el tenue optimismo inicial se ha transformado de nuevo en desencanto.

La única reforma real en un año ha sido la entrega de tierras ociosas en usufructo (45.000 licencias) a los campesinos más productivos, en un país que tiene la mitad de sus tierras agrícolas sin explotar.

Con Raúl Castro, los cubanos pudieron acceder a la compra de una computadora, un teléfono celular o un lector de DVD sin recurrir a métodos ilegales. Y vieron cómo se derribaba la prohibición de alojarse en los hoteles del turismo internacional.

El paso devastador de tres huracanes en la segunda mitad del año pasado ocasionó pérdidas a la isla por 10.000 millones de dólares, según cifras oficiales. Un revés que, según Raúl Castro, obligó a congelar algunas de las reformas prometidas. En palabras del general, esa paralización no significaría que los cambios se fueran a "engavetar" (guardar). Pero lo cierto es que hace tiempo que ya no se habla en Cuba de la reforma migratoria, del impulso a la iniciativa privada a pequeña escala, de la posibilidad de comprar y vender una vivienda y de otras reformas que figuran entre las principales demandas de los cubanos.

La convocatoria del VI Congreso del gobernante Partido Comunista de Cuba (PCC) para octubre de este año lleva a pensar que las reformas de mayor calado quedarán postergadas hasta entonces. El Congreso marcará las pautas políticas y económicas del país a medio plazo y servirá como termómetro para medir el verdadero alcance del espíritu reformista que se le atribuye al presidente cubano.

Remodelación

Raúl también se comprometió hace un año a luchar contra la burocracia administrativa y la ineficiencia del Estado. La reciente remodelación del gobierno, con el nombramiento de tres nuevos vicepresidentes del Consejo de Ministros (que ahora pasará a contar con nueve), responde a ese objetivo, según el régimen, pero la elección de los dirigentes (todos ellos ministros y hombres de confianza de Raúl), refuerza aún más a la vieja guardia y supone una maniobra de distracción de cara a la galería ante la ausencia de iniciativa política del gobierno.

Si la apertura económica apenas avanza, de la política ni se habla. El número de presos políticos se ha reducido en una treintena en un año (ronda los 200), según la opositora Comisión de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, pero los derechos cívicos fundamentales continúan cercenados y en la isla no se mueve la hoja de una palma fuera de la órbita del PCC.

Sólo la incógnita que todavía supone para el régimen Barack Obama podría trastocar la agenda de Raúl. Si el presidente estadounidense mueve ficha y suprime, tal y como prometió, las restricciones impuestas en 2004 a los viajes y al envío de remesas a la isla, La Habana se vería forzada a responder de alguna manera a ese "gesto", aunque fuera de manera simbólica. Y cualquier movimiento de cara a un futuro levantamiento del embargo, aceleraría los ritmos de la transición en Cuba.

El otro enigma para el régimen, mucho más indescifrable, se llama Fidel Castro. En sus momentos de lucidez, el comandante todavía ejerce un poderoso influjo sobre el rumbo político de la isla. Tan poderosa es su sombra que Raúl Castro ha pasado su primer año al frente del gobierno sin poder desbrozar el "marabú" que cubre todavía los despachos del Palacio de la Revolución.

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