El primer presidente global

Por Sergio Berensztein

Una nueva esperanza recorre el mundo. Cuando Barack Obama sea finalmente ungido hoy como el presidente número 44 de los Estados Unidos de América, comenzará a escribirse uno de los capítulos más esperados de la historia de la democracia, los derechos humanos, la igualdad de oportunidades y la meritocracia.

En efecto, este líder carismático y con una notable capacidad de comunicación es expresión de aspectos esenciales del progreso alcanzado por la civilización occidental.

A pesar de la angustia por la crisis económica, de la enorme complejidad de la agenda diplomática y militar, de que la reputación y el prestigio de su país han sufrido tanto o más que con la guerra de Vietnam, Barack Obama comienza su gestión con un amplio margen de acción y con un nivel de apoyo doméstico e internacional sin precedente.

Paradojas del destino: tenemos, finalmente, al primer presidente global, precisamente cuando la globalización luce muy resquebrajada como resultado del colapso del sistema financiero y de la ausencia de organizaciones internacionales que permitan coordinar soluciones efectivas a los problemas del planeta.

Obama ya había sido un precandidato global: nunca una elección interna de un partido había despertado tanta curiosidad fuera de los Estados Unidos. Fue también un candidato global: la campaña presidencial fue seguida con notable interés desde todos los rincones de la tierra.

Ahora será un presidente global, con una visibilidad, capacidad de influencia y grado de exposición muy superiores a los de sus antecesores.

Habrá que seguir bien de cerca sus acciones y sus palabras, sobre todo durante los primeros cien días de gobierno.

Luego de una transición ejemplar (tal vez, el principal legado de George W. Bush sea su absoluta cooperación con el equipo entrante), Barack Obama desplegará su estrategia inicial y estarán allí contenidos los núcleos centrales de su administración.

La lógica indica que se tratará de una agenda sesgada hacia los problemas internos de los Estados Unidos, sobre todo en materia económica.

El mundo espera y necesita que desde el primer día desempeñe su liderazgo a escala planetaria. No son objetivos totalmente contradictorios: sacar de la recesión al principal motor del crecimiento mundial implicaría una contribución muy significativa. Pero hace falta mucho más. Y lograr un balance entre ambos planos no será en absoluto sencillo.

Todo es posible, dijo Obama, cuando reconoció su triunfo en la noche del 4 de noviembre pasado. Ojalá tenga razón.

El autor es director de Poliarquía Consultores.

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