Presidencias

Por Susana Viau

La discusión por la titularidad de las cámaras parlamentarias excede el debate entre oficialismo y oposición. Es la lucha de Néstor Kirchner por retener el poder a pesar de la realidad.

La puja por la presidencia de las cámaras esconde una disputa más relevante que el riff-raff entre oficialismo y oposición, y menos vulgar que un nuevo capítulo de la "camorra parlamentaria" entre el Ejecutivo y el Legislativo. Si se limpia la hojarasca, lo que queda al desnudo es el enfrentamiento del poder regio con el "tercer estado". La lucha titánica de Néstor Kirchner contra la realidad, su voluntad suprema contra el pronuncimiento ciudadano del 28 de junio.

Kirchner no es un hombre de la democracia, tiene veleidades monárquicas. Por lo tanto no negocia, doblega, asfixia, compra, anexiona. Y, puesto que en la cúspide del poder no existe lugar sino para uno, tampoco hay iguales, hay vasallos. Así lo sufrió su hombre en el Senado, Miguel Pichetto, quien luego de prometer que la reforma política sería tratada por la nueva composición del cuerpo, fue forzado a darse vuelta como un guante. Una temprana visita a Olivos, acompañado por el presidente provisional José Pampuro, lo había convencido de lo contrario. Poco importó si, en el camino, el heraldo del gobierno faltaba a su palabra y violaba una de las escasas tradiciones que ese edificio mantiene en pie: los acuerdos tomados en la comisión de labor van a misa. Su antiguo mandante, Carlos Menem, nunca lo hubiera obligado a tanto.

En Diputados, Agustín Rossi –hijo de este estilo– no tuvo problemas en adelantar que Cristina Fernández pondrá bolilla negra a todo aquello con lo que no comulgue, un virtual candado al Congreso que hará añorar la Segunda República francesa, donde el veto presidencial apenas podía posponer la ejecución de una ley. A Kirchner le cabe aquello que Marx había descubierto en la Constitución de 1848: en la tensa y dificultosa cohabitación de los tres poderes siempre juega va banque.

Temerosa de que el electorado castigue sus blanduras, buena parte de la oposición parece haber advertido que la relación con los ciudadanos debe dejar de ser "metafísica" y reclama de viva voz la presidencia de las cámaras. Allí, aseguran, se define la vida futura del Parlamento. "Con la presidencia y tres comisiones clave –Asuntos Constitucionales, Presupuesto y Juicio Político–, se controla una cámara y se saca adelante una ley. El resto es humo. Tener muchas comisiones sólo sirve en el Palacio y a cien metros a la redonda. Sirve a los legisladores que manejarán estructura, nombramientos, vales, autos, pasajes. Para lo que la gente nos votó, que es frenarlo a Néstor, no sirve para nada", dicen . Y abonan esa certeza con algunos datos. Relatan que Eduardo Fellner, presidente de la Cámara de Diputados, ha ofrecido a cambio de ese puesto la vicepresidencia primera y el 70 por ciento de las comisiones, un diez por ciento más de lo que reclama para sí la oposición. Recuerdan, asimismo, que fue el propio Kirchner quien, además de amenazar con "la calle", advirtió que no dejará en manos de sus adversarios esa plaza fuerte.

La pelea por la obtención de las presidencias de las cámaras no ha enfrentado sólo a la oposición con el Poder Eecutivo. Ha abierto grietas en el propio interior del peronismo "federal" y de la UCR. El jefe del bloque de los disidentes, Felipe Solá, se mostró permeable a discutir la opción de que el oficialismo conserve las presidencias, si al mismo tiempo se aviene a entrar en razones. Una postura similar a la que sostiene la Coalición Cívica. Algunos de sus camaradas se sorprendieron: "Felipe era el encargado de la relación con Elisa Carrió, y nos pasó como a Perón, cuando nombró delegado personal a Paladino". No descartan tampoco que la mesura de Felipe esté vinculada a las gestiones oficiosas que habría realizado Juanjo Álvarez entre el ex gobernador y el responsable de la bancada del Frente para la Victoria.

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