Los presagios de tiempos muy difíciles

Por: Eduardo van der Kooy.

Sin reparar en modos ni complicidades, los Kirchner lograron otra victoria política con la aprobación de la ley de medios. El kirchnerismo y los aliados respondieron sin fisuras. La oposición, no. La ofensiva, en distintos planos, seguiría. Clima de tensiones y denuncias.

Me interesa el voto de la vieja. ¿Cómo se llama?" El pedido fue de Néstor Kirchner a Arturo Colombi, el gobernador de Corrientes que acaba de perder el balotaje con su primo Ricardo. La vieja, en el argot del ex presidente, es la senadora María Dora Sánchez. La correntina radical que la semana pasada hizo una cabriola y terminó votando a favor del proyecto oficial de medios -salvo en un artículo- que el Senado convirtió al final en ley.

Aquel pedido sobrevino cuando el gobernador de Corrientes buscó algún resguardo por el escándalo que desató en la provincia la muerte de Hernán González Moreno, un hombre cercano al mandatario, que conducía una agencia de noticias y la publicidad oficial. Se habló de un suicidio envuelto ahora en dudas y sospechas. Arturo Colombi no se resistió a la solicitud de Kirchner.

¿Por qué razón tanto interés en un solo voto cuando el oficialismo en el Senado tenía asegurada la mayoría? Quizás para asegurarse también la votación en particular donde los márgenes fueron más estrechos. Aunque tampoco el oficialismo tuvo sobresaltos. Pero existieron, al parecer, otras cosas importantes.

La cooptación de la senadora Sánchez explotó con la intensidad de una granada en el radicalismo y en todo el arco opositor. La onda expansiva llegó hasta las orillas de los aliados del Gobierno y de cierta tropa propia renuente. El kirchnerismo terminó reuniendo 44 legisladores para la aprobación de la ley. Varios vacilantes, entre ellos los de Tierra del Fuego, pudieron arrojarse sin rubores a los brazos oficiales.

¿Qué favor podría devolverle ahora Kirchner al gobernador correntino? ¿Apartarlo del submundo que circunda aquella muerte extraña? ¿Ayudarlo en el universo judicial? ¿Enviarle parvas de dinero para administrar una provincia que, como la mayoría, muestra las arcas en rojo? Cualquier complicidad es válida, en la óptica del ex presidente, para ganar un voto y abrochar una victoria. A las palabras declamadas las acostumbra a barrer el viento.

Existieron tratativas con el hijo de Antonio Domingo Bussi -Ricardo-, para rapiñar el apoyo del senador tucumano y cardiólogo del ex general, Carlos Salazar. Bussi anda todavía de ronda en la Justicia por violaciones a los derechos humanos. Kirchner y Cristina bendijeron también las gestiones de Miguel Pichetto, el jefe del bloque kirchnerista, para arrimar a Ramón Saadi. La Presidenta fue, en su tiempo de legisladora, una tenaz opositora al catamarqueño a quien le impidió el ingreso como senador a raíz del crimen de María Soledad Morales.

La sombra de Kirchner no desentonaría ahora mismo en una provincia de política enlodada hace tiempo. La dinastía de los primos Colombi se está desarrollando de igual modo que otras dinastías: rupturas familiares, acusaciones cruzadas, denuncias de corrupción, traiciones y desenlaces fatales. El tiempo suele tejer allí una telaraña formidable: todavía nadie sabe cómo murió Santiago Prado en el 2001, el intendente electo de la ciudad de Mercedes que jamás llegó a asumir.

La maniobra de Kirchner terminó de abrir otro surco en la oposición. Por lo pronto, los peronistas disidentes resolvieron no acompañar el dictamen de la minoría que el radicalismo había elaborado sobre la ley de medios. Tal vez, ese fue el impacto menor. La cizaña intoxicó al radicalismo y se propagó, un poco, sobre el Acuerdo Cívico y Social.

Julio Cobos quedó en el medio de esa puja. Kirchner tiene adormilado al peronismo y se empeña en hacer trizas a la débil oposición. El vicepresidente es ahora la figura que mayores expectativas levanta en esa geografía, fogoneado por su buena imagen pública. El acuerdo entre Kirchner y Arturo Colombi lo descolocó.

¿Por qué razón? El vicepresidente había respaldado en la primera vuelta al gobernador. Incluso lo había recibido en su oficina del Senado. Arturo Colombi hizo campaña rodeado de las fotografías con Cobos. Cuando el dirigente mendocino le quitó el apoyo para el balotaje, ya pareció tarde.

La fuga de la senadora Sánchez liberó un caudal de críticas e intrigas entre los radicales. Gerardo Morales, el titular del Comité Nacional, le disparó a Cobos. Su palabra pareció también un eco de Elisa Carrió. Cobos se retiró del recinto del Senado cuando en la madrugada de ayer habló Morales. El Acuerdo Cívico y Social vuelve a flamear.

Sánchez se mostró imperturbable a los cabildeos de los dirigentes radicales para persuardirla de que no entregara su voto. Desechó hasta una notita del vicepresidente. El problema para la oposición no fue sólo la pérdida: también los argumentos que acompañaron esa pérdida. La senadora por Corrientes no tuvo empacho en admitir que su cambio obedeció a la intención de favorecer económicamente a sus comprovincianos. ¿Fondos para el actual gobernador y también para el próximo? Arturo Colombi, si se cumplen los plazos previstos en una provincia lascerada, deberá dejar el poder en dos meses. Poco tiempo o demasiada necesidad para haberle hecho a los Kirchner el favor que les hizo.

La política -también el periodismo- se ha acostumbrado a bautizar siempre esos enjuagues como cándidos trueques. Habría otra manera más sincera de denominarlos: extorsión. ¿Cómo entender que un debate que incursionó en la libertad de expresión, la propiedad privada y los derechos adquiridos se canjee por un montón de billetes? Tampoco Corrientes ha sido una excepción en este tiempo de embestidas oficiales: el jujeño Guillermo Jenefes fue implorado por el gobernador de su provincia, Walter Barrionuevo, para que no siguiera con sus objeciones al proyecto oficial de medios. Lo mismo le ocurrió al senador radical Pablo Verani -que resistió- con el mandatario rionegrino Miguel Saiz. La dependencia de la caja kirchnerista paraliza, de idéntica forma, a oficialistas y opositores. Ninguna provincia ha recibido en los últimos meses más del 45% de la coparticipación que le toca.

El ex presidente usa esa herramienta a destajo. Es una de las claves que le ha permitido la subsistencia política después de la derrota electoral. Le sirvió para amontonar triunfos parlamentarios y desdibujar la victoria opositora de junio.

Aquellas victorias tuvieron otra consecuencia fundamental para su proyecto y el de Cristina: amalgamó al peronismo, silenció un puñado de voces discordantes y le permitió rehacerse de tal modo que está volviendo a soñar con su propio regreso presidencial en el 2011. Puede tratarse de una utopía, porque una encuesta nacional de esta semana ubica su imagen negativa en 78%. Pero esa utopía late.

La tensión entre el periodismo y los poderes públicos es una característica normal de cualquier democracia. Pero con la ley de medios en debate ocurrió una escalada: la tensión viró en una confrontación inapropiada y peligrosa, atizada por el oficialismo; afloró también en el discurso de varios legisladores un resentimiento hacia los medios que, hasta ahora, parecía sólo patrimonio de los Kirchner.

La gravedad de ese registro terminó convirtiendo en anécdotas algunas disquisiciones que se escucharon en el Senado sobre cómo debería ejercerse el periodismo. La más desopilante resultó, tal vez, la del kirchnerista y ex embajador Eric Calcagno.

Aquel clima beligerante que se advirtió en Diputados y el Senado no es, ni más ni menos, que el clima que desde hace rato se va derramando en la Argentina. El kirchnerismo supone que por la contundencia y legalidad de su victoria parlamentaria -en ambas Cámaras- clausuró un tema. Pero no sería así: hay demasiadas cuestiones vitales de la vida en democracia que continuarán en danza.

La historia de estos 26 años enseña que no existe ninguna legislación que alcance para esconder la realidad. El Congreso sancionó en su tiempo las leyes de Obediencia Debida y Punto Final creyendo que así zanjaba la tragedia argentina. Los juicios irremediablemente volvieron. El Congreso supuso que con la convertibilidad habría orden económico eterno. Pero una crisis dejó ruinas. El Congreso celebró el default del 2001, por el cual la Nación paga todavía consecuencias. El Congreso privatizó Aerolíneas Argentinas, ahora volvió a estatizarla y nunca se solucionó ningún problema.

La tranquilidad social está alterada por los piquetes y bloqueos derivados de conflictos laborales irresueltos. Un delegado del Estado en Papel Prensa denunció ante escribano las amenazas de Guillermo Moreno, quien habló de intervenir la empresa. Aníbal Fernández, el jefe de Gabinete, defendió al secretario de Comercio. Cristina y Kirchner siguen callados. El ex presidente Eduardo Duhalde y su esposa aseguraron que son espiados en su propio domicilio. La jueza Servini de Cubría, que investiga los gastos de la campaña, informó la existencia de micrófonos en su despacho y asegura haber sido perseguida en la calle por espías de la SIDE.

La percepción de intranquilidad no es un hecho accidental. La fundamentan todos aquellos episodios -y otros- que no presagian nada bueno para los tiempos que vienen.

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