El predominio de los ritos de la democracia

Por: Ricardo Lagos

EX PRESIDENTE DE CHILE

El error de los confabuladores en Honduras consiste en haber recurrido a la violencia, en vez del debate y el voto.

Lo ocurrido esta semana con el Presidente de Honduras, despojado del poder mediante un Golpe de Estado, es incalificable, pero también muy ilustrativo de los tiempos que vivimos. Las reacciones en el continente y más allá dan una señal clara: en el mundo de hoy no se puede transitar sin credenciales democráticas.

¿Cuál es el Presidente que es recibido en estos días en Naciones Unidas, en la sede de la OEA o en la transmisión del mando de Panamá, bajo el aplauso de sus pares? Aquel que fue elegido en las urnas y cuya política -si existen cuestionamientos- se debe confrontar en los espacios de la democracia. El error fundamental de los confabuladores en Honduras es haber regresado al uso de las armas y de la violencia golpista, en vez de usar la fuerza de las convicciones y de las decisiones políticas.

Hacía mucho tiempo que estos cuartelazos no ocurrían en América Latina. Estábamos teniendo una imagen mejor ante el mundo y, en cierta forma, la seguimos teniendo tras esta crisis. Podría decirse que varios gobiernos terminaron en años recientes antes de lo dispuesto por el mandato constitucional. Pero aquello ocurrió bajo la protesta social o en condiciones extremas de ingobernabilidad, ante lo cual los mandatarios renunciaron y fueron sucedidos de acuerdo a lo establecido en la Constitución. Los ritos de la democracia predominaron.

En Honduras nadie podría decir que las cosas fueron así. Se asaltó el Palacio de Gobierno, se sacó al mandatario de su dormitorio y bajo el peso de las armas se le subió a un avión y se le expulsó del país. Los confabulados han pretendido buscar legitimidad aludiendo a sus actos posteriores, en el Congreso Nacional y en la Corte de Justicia. Son ritos contaminados en su origen.

¿Cómo evolucionará esta situación? No lo sabemos, pero está claro que una solución constitucional y democrática pasa por mantener con firmeza los planteamientos iniciales y exigir el retorno del mandatario legítimo a su cargo. Ni América Latina, ni Estados Unidos, ni la Unión Europea, ni ningún país del mundo occidental está dispuesto a aceptar golpes militares, cualesquiera sean las razones que se esgriman para ello. Quedó atrás el tiempo cuando se levantaban razones para justificar lo injustificable. Quedó atrás el tiempo de los "golpes preventivos", concebidos como la anticipación de las armas al razonar ciudadano.

Y lo que se ha querido hacer en Honduras es eso: dar un golpe preventivo. Ante el propósito -discutible para la oposición hondureña- del Presidente Zelaya de consultar, en paralelo a la próxima elección presidencial de noviembre, si hay apoyo para llamar a una Asamblea Constituyente, -la que por cierto sería tema con el nuevo gobierno si llegaba a aprobarse- se toma la medida extrema: derrocarlo por las armas.

En otras palabras, so pretexto de que el gobernante de turno va camino de cometer una ilegalidad, se da un Golpe para que no la cometa. La democracia se defiende con más democracia y no con menos. La democracia se defiende por lo suyo, por sus ciudadanos y no con métodos antidemocráticos. Esto es de la esencia del sistema republicano.

El mundo ha hablado con extraordinaria claridad. Lo dijo el presidente Obama cuando señaló que el golpe era ilegal. Y agregó que sería un terrible precedente aceptarlo, porque estaríamos retrocediendo a una época donde se veían los golpes militares como una forma de transición política, en lugar de tener elecciones y optar por las vías democráticas.

En América Latina esta ha sido una hora de coincidencias. El Presidente Felipe Calderón, hablando a nombre del Grupo de Río, la Presidenta Michelle Bachelet, haciéndolo en nombre de UNASUR, y los países centroamericanos a través del Sistema de Integración Económica fueron de igual claridad. Y con ellos otras entidades gubernamentales de la región como también la Unión Europea. Esta reacción del continente está diciendo que nuestras instituciones y las credenciales democráticas que exige la carta de la OEA, están para ser cumplidas. Cuando todos recurren a la Carta Democrática de la OEA, estamos legitimando una convivencia política moderna en el continente. Cabe esperar que, con la marcha de los hechos, la entidad continental salga fortalecida, como también su Secretario General, José Miguel Insulza.

Tiene que hacernos meditar lo ocurrido. El siglo XXI exige a los países para poder participar en un mundo global respeto a los Derechos Humanos, al Estado de Derecho y, más importante, a los sistemas democráticos de gobierno. En esto no cabe el doble estándar. Si se mira con escepticismo lo ocurrido en las recientes elecciones en Irán, es porque no parece haber existido la debida transparencia en dichos comicios. Y el mundo frente a un país como Irán o a un pequeño país como Honduras comienza a tener la misma actitud: tus temas son tuyos, son internos, pero ya no nos puedes excluir a los demás ciudadanos del mundo de tener una opinión, una mirada, una exigencia sobre como cada sociedad se comporta en la marcha de sus decisiones. Es el tema de la transparencia, articulado cada vez más con una globalización que también nos hace cercanos. Mucho más en un continente común.

Voces unánimes han emergido estos días de gobernantes de muy distinto cariz ideológico, concurriendo a una línea de conclusión común: la necesidad de defender los principios democráticos. Estos gobernantes, al hablar con tanta fuerza en estos días, tienen también ante sí la pregunta que en ningún país podemos eludir: ¿cuán democráticas están siendo nuestras decisiones y acciones políticas para tener más y no menos democracia? Si lo hacemos, si entendemos lo que pasó, la lección nos obliga a ser más consecuentes todavía. Y, en ese caso, lo vivido en estos días habrá sido, en definitiva, útil para tener más y no menos democracia en cada uno de los países de la región.

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