Los precios volvieron a 2007, pero las políticas para el campo refieren a 2008

Por Jorge Vasconcelos investigador jefe del Ieral-Fundación Mediterránea

Los mercados enfrentan ahora un contexto muy diferente al del año pasado, cuando se desatara la pelea por el nivel retenciones. Las cotizaciones son más moderadas y el precio de los alimentos no está en riesgo. Aumentar la oferta de un verdadero complejo agroalimentario es el camino

La violenta suba que experimentaron los precios de las materias primas en el primer semestre de 2008 desató en la Argentina una serie de medidas destinadas a captar más recursos para el Estado y atemperar el impacto sobre la canasta de alimentos. Hubo un costo, que fue el desaliento a la producción, reflejado en una merma en la cosecha 2008/2009. Aún así, las políticas se mantienen, pero ahora se aplican en un contexto muy diferente, ya que los precios de las commodities retrocedieron y se asemejan a los de 2007. La referencia es útil, porque en aquel año la producción agrícola logró su primer récord de 90 millones de toneladas. Esto prueba que, con los incentivos adecuados, el agro podría retomar el ritmo de crecimiento superior al 5 % anual que traía hasta 2008. Para ello, habría que normalizar el funcionamiento de los mercados agropecuarios, hoy muy trabados, y reducir a un nivel más moderado las retenciones. Ambas medidas no deberían tener mayor impacto sobre la canasta de alimentos, dados los nuevos precios internacionales. El Estado podría compensar parte de los menores ingresos con una lucha más efectiva contra la evasión al fiscalizar mercados que pasarían a funcionar de un modo más transparente, pero sobre todo asegurarse un flujo creciente de dólares y pesos por cada vez mayores cosechas.

Las actuales cotizaciones de los granos apuntan a un nivel muy semejante al de 2007 cuando, por ejemplo, la soja cotizó en promedio (mercado internacional) unos 380 dólares la tonelada. Este no es un dato menor, ya que 2007 fue el año en el que se batió el récord de los 90 millones de toneladas. Además, estos precios superan, a valores constantes, a los registrados en los últimos 20 años, un período en el que la Argentina creció a más del 5 % anual en la producción de cereales y oleaginosas, cuando el mundo lo hizo al 2 %.

Sin embargo, para ser realistas, la rentabilidad agrícola hoy es mucho menor a la de 2007. Inciden en forma negativa: a) el aumento de costos en dólares, tanto de aquellos vinculados a salarios (labores) como a semillas, agroquímicos, fertilizantes; b) la reducción del ‘dólar de exportación’ por el aumento de las retenciones, que ha sido sustancial; c) las mayores trabas al funcionamiento de los mercados, tanto por restricciones cuantitativas a la exportación (trigo, maíz) como por la imposición de plazos que impiden, entre otras cosas, el resurgimiento de los mercados de futuros, en el caso de la soja. La resolución 125 se derogó, pero la ‘543’ mantiene plena vigencia.

Una parte de esas diferencias entre 2007 y 2009 puede ser corregida por el tipo de cambio flotante. Si bien el Banco Central ‘administra’ las fluctuaciones, parece claro que no habrá de ignorar las tendencias fundamentales del mercado. Además, semillas y agroquímicos deberían acomodarse al nuevo escenario de precios internacionales.

Por ende, con los actuales precios, la rentabilidad agrícola podría coexistir con la subsistencia de retenciones. Pero no hay dudas que este impuesto debería moderarse, medida que necesitaría ser acompañada por la normalización del funcionamiento de los mercados de granos, carnes y lácteos. Incentivar la compra de maquinarias con la soja que todavía está en los silos es una medida interesante, pero va a una parte del problema. Además, hay que tener en cuenta que la ‘caja chica’ de los chacareros, la cosecha de trigo, ha sido un fracaso por precios y clima, con lo cual la falta de liquidez en las economías del interior es un problema muy serio.

A las retenciones hay que considerarlas como un mecanismo fiscal y posiblemente como una ‘política espejo’ frente a China, que trata de comprar exclusivamente materias primas para industrializarlas internamente. Pero no puede abusarse del instrumento, ni tratar de conseguir demasiados objetivos a la vez. De hecho, la ‘sojización’ que se buscaba combatir está aumentando en lugar de disminuir, pese a las alícuotas diferenciales: este año la soja aportará casi el 60% del volumen cosechado, contra el 35 a 40% diez años atrás.

Con un tipo de cambio que refleje las tendencias de fondo, con retenciones moderadas , mercados normalizados y los actuales precios internacionales, probablemente se refuercen las ventajas comparativas de la Argentina, ya que no todos los países pueden producir en forma creciente con estas cotizaciones. En este sentido, la mayoría de las normas que deberían revisarse son justamente aquellas que se originaron en un contexto que hoy parece un espejismo: el de exorbitantes precios internacionales que favorecían la recaudación sin mayor esfuerzo y generaban preocupación por los alimentos. Hoy habría que apostar a ingresos fiscales asociados a volúmenes crecientes, lo que también ayudará a que una oferta local abundante mantenga bajo control los precios locales (complementado con políticas sociales focalizadas, reforzando plan jefes y familias). Y lo principal, que vuelva la abundancia de dólares de la mano de las exportaciones del campo

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