Del Potro: acelera en la ruta a la gloria

Hoy, a las 11.30, buscará el broche de oro del año en la final que disputará ante el ruso Davydenko, que eliminó a Federer; se clasificó tras vencer en otra formidable actuación, con garra y talento, al sueco Soderling por 6-7, 6-3 y 7-6
Juan Martín del Potro escribe la historia del deporte argentino con letras de molde. El tandilense rubrica en mayúscula otra página que queda archivada desde ahora y para siempre. Es un fuera de serie en el rubro nacido para vencer. Forjado para la gloria. Hay que verlo transpirar, luchar, desvanecerse y volver a levantarse. Hay que palpar la gota gorda de su coraje aflorado a cielo abierto. Es que el techo del magnífico 02 Arena no puede tapar lo que el mundo disfruta de pie: lleva la bandera argentina, otra vez, en el mástil de los que gobiernan los courts.

Es parte ya de la elite más exclusiva. Si ayer nomás alcanzó la cúspide de los Estados Unidos, después de derribar al Gran Roger. Pues aquí, en el ATP World Tour Finals sigue entrometido en la vitrina de los campeones: después del cachetazo al suizo otra vez, acaba de superar a un durísimo Robin Soderling, dueño de un servicio increíblemente aún mejor que el del argentino. Lo domina a fuego lento, como una lógica consecuencia de su cocción preferida. Despacio, de a poquito. Así nace, con un aroma inolvidable, el plato más sabroso, en un año para recortar y guardar. Ese manjar es la final del Masters, ese 6-7 (1-7), 6-3 y 7-6 (7-3), significa otro paso hacia el cielo. Voraz, inigualable, Del Potro jugará hoy el partido decisivo frente al ruso Nicolay Davydenko, vencedor sorpresivo del Gran Roger, no antes de las 11.30 de nuestro país.

Como Guillermo Vilas, como David Nalbandian. Juan Martín del Potro debería zafar la rutina de hoy, si él ya juega como un maestro. Pero falta un paso, complejo, difícil. Que no cambiará, desde ya, la ecuación: la Torre de Tandil, en este festín de fin de año, juega desde las alturas. Cuando no se puede brillar, cuando no se debe deslumbrar, bienvenido ese fuego sagrado que siempre está escondido en algún lugar de su armadura. No puede contra el servicio del sueco (12 aces, un primer saque foribundo) y casi no descubre el juego en ese primer parcial cerrado, duro, aburrido, como casi todo el espectáculo. Lo pierde con claridad en el tie break (7-1), la misma que no aflora cuando debería imponerse.

Es un juego de sacadores. A los adoradores de la velocidad, bienvenidos a la acción. A los que esperan mayores sutilezas, deberían ir al teatro. Palo y palo. Aunque el primer servicio de Juan Martín no arranca: apenas sale en segunda con la efectividad habitual. Insulta, se queda de cuclillas. La derecha cruzada queda fuera de foco, las pelotas bajas del rival (tema determinante para analizar a futuro), son un dilema y la devolución, misión imposible. Está a mitad de camino, cuando descubre un quiebre en el segundo parcial y lo cierra con autoridad de campeón: 6-3.

Son tiempos, estos, de un tenis rápido, potente y agresivo. Y en esa ensalada, los condimentos los maneja muy bien Juan Martín. Siempre expone una pimienta mayor a la del sueco (¡qué partido que jugó!) y, por esos detalles que hacen excelentes a los muy buenos, brinda una clase de definición con un 7-3 en el último tie break. Con un ace, otra vez, como contra el Gran Roger. ¿Y su rival de hoy? Hay que abrir los ojos.

Nicolay Davydenko es un correcaminos . Así se muestra: de aquí para allá, si hasta parece que nunca le falta gasolina. Corre, lucha, busca su tiempo, su espacio. Es la clara demostración de que los libros, si se los disfruta, no engañan: un protagonista preparado para el arte de la defensa, un personaje que hace un culto de la solidez, puede dejar desparramado al talento más gigante. Si no, que lo exprese Roger Federer: el ruso superó al N° 1 por 6-2, 4-6 y 7-5 con una agresiva demostración de la combinación del contraataque y el oportunismo. Por esas razones y algunas otras (entre ellas, ganarle por primera vez en su vida al Gran Roger), es parte de la final de hoy.

Le dicen Gollum. Algunos lo llaman Androide. Si de aspecto se tratase, no se asemeja a un tenista profesional: se lo imagina mejor detrás de un escritorio, burocrático y rutinario con una computadora portátil. Se tejieron varias historias detrás de su extraña figura por aquello de las apuestas clandestinas. Aunque ahora, de la mano de Irina, su bella esposa, se lo conoce más en las revistas del corazón.

Tiene, eso sí, con qué ganar la final: una arrolladora fuerza de voluntad que excede ese segundo lugar en los papeles que suele interpretar. Así se defiende , podría llamarse ese DVD. Con señales, claro, de cuándo y por dónde avanzar frente a la clase de un eventual rival. Digamos, Roger Federer. Pelotas altas, incómodas, agresivas. Y alcanzó una de las mejores producciones de su carrera. Siempre lejos de las grandes luces.

"Del Potro es un gran jugador. Nos llevamos bien, a veces entrenamos juntos. Tiene una fuerza tremenda", exclama. Tres títulos en la temporada y siete en su carrera no son números bajos. Del Potro lo conoce de memoria. Como a la gloria, esa belleza que sigue fascinada por Juan Martín.

4° es el puesto en el ranking mundial que alcanzará hoy Del Potro si obtiene el título; desplazaría a Andy Murray y cerraría 2009 con su mejor ubicación histórica

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