Al "Post" le llegó su "Gate"

La editora responsable del periódico pensaba cobrar 25 mil dólares por comensal en cenas entre congresistas, empresarios y periodistas. "Quiero pedir disculpas por una empresa planeada que se salió de carril", dijo Katharine Weymouth.
Los diarios prefieren informar las noticias, no generarlas, y poco más que el Washington Post. Pero el periódico que destapó la historia de Watergate, que está en nefastas circunstancias financieras, se encuentra en medio de un incómodo escándalo de su propia fabricación. Y todo porque alguien de arriba tuvo una idea brillante para ayudar a mitigar el déficit presupuestario.

Como resultado, Katharine Weymouth, la editora responsable del Post desde comienzos del año, cayó en desgracia con los lectores y sus propios periodistas. Fue su departamento de marketing que soñó con una serie de once cenas en su casa –a 25.000 dólares el cubierto– en las que lobbystas y miembros de asociaciones de la industria podrían partir el pan con políticos, asistentes de la administración de Barack Obama así como miembros clave de su personal para meditar sobre temas difíciles del día.

Al conocer el plan, a partir de las páginas de político.com, la redacción del Post con justo motivo enloqueció. Es verdad que otros medios muy conocidos, incluyendo The Economist y The New Yorker, organizan regularmente paneles de discusión y otras reuniones que incluyen a sus periodistas por los que se les puede cobrar a los participantes. Pero, en términos generales, éstos son eventos públicos. No así las cenas "exclusivas" de Weymouth.

Cuando político.com dio la noticia, ya habían circulado folletos para la primera cena que debía enfocarse en la reforma de salud pública y algunas invitaciones se habían enviado por correo electrónico. La esperanza de que por lo menos uno de los participantes de la industria y quizá varios desembolsaran los altos honorarios para patrocinar la cena era útil, dado que la empresa Post perdió una suma de 19,5 millones de dólares en el primer trimestre de este año.

"Traiga al CEO de su organización o al director ejecutivo literalmente a la mesa" sugerían los folletos. "Interactúen con líderes clave, de la administración y congresistas de Obama. ¿Animado? Sí. ¿Confrontativo? No. El marco relajado en el hogar de Katharine Weymouth lo asegura." Salvo que no habrá cenas. "Quiero pedir disculpas por una empresa planeada que se salió de carril", dijo Weymouth en una carta a sus lectores "y por cualquier motivo que les hayamos dado para que duden de nuestra independencia e integridad".

Weymouth, la nieta de la legendaria editora del Post Katharine Graham, nunca trabajó en una redacción, en realidad no se granjeó el cariño de sus empleados en las actuales circunstancias. El sitio web del diario anunció una investigación interna para saber cómo tal idea había sido puesta a consideración. Mientras, el editor ejecutivo del diario, Marcus Brauchli, y su CEO, Donald Graham, están esta semana reuniéndose con pequeños grupos de periodistas para asegurarles que todo el asunto había sido un error. "Deberíamos estar en el negocio de iluminar los rincones oscuros, no creando rincones oscuros", dijo Brauchli.

"Pensé que era útil", dijo el veterano periodista político del diario, Dan Balz, de los corrillos de la redacción. "Pensé que era bueno para tratar de explicar cómo sucedió. Creo que todos todavía tienen preguntas sobre cómo ocurrió esta crisis colectiva." Se podría discutir, por supuesto, que esto en un revuelo muy estadounidense.

Virtualmente, desde que se inician, a los periodistas en Estados Unidos se los ejercita en un código rígido de ética y objetividad que puede a veces obstaculizar el periodismo informativo y estimulante. Los lobbistas invitados a esas cenas estarían pagando en parte para tener acceso a los periodistas y algunos –presumiblemente incluyendo aquellos detrás de la idea en el Post– podrían decir que los periodistas se beneficiarían también. Pero aún la más leve sugerencia de un conflicto es odiosa en los círculos periodísticos serios en Estados Unidos.

El New York Times ocupado en su propia lucha para obtener nuevas fuentes de ganancias en un creciente ambiente empresarial desastroso, opinó que las revelaciones en el Post eran una "herida agraviante" para su reputación. "De alguna manera enfrenta la lealtad del diario a todo su público contra la lealtad de un puñado de gente que tiene mucho dinero y acceso", explicó Kelly McBride, del Instituto Poynter, un respetado think tank periodístico. "No podemos permitir que nuestra desesperada necesidad por hacer dinero socave nuestra credibilidad."

Comentá la nota