¿Es posible ganar batallas y perder la guerra?

Por Mariano Grondona

Después de los discursos intransigentes de Néstor y de Cristina Kirchner, este último por cadena nacional, y de la declaración condenatoria que emitió contra ambos el comité nacional de la Unión Cívica Radical, puede decirse que el "veranito" del diálogo al que había convocado el Gobierno, del cual ya se habían negado a participar Elisa Carrió, Carlos Reutemann y Fernando "Pino" Solanas, ha llegado a su fin.

Lo que se cierne ahora es una tormenta. A la luz de su dura derrota en las elecciones del 28 de junio, en realidad a Kirchner le quedaban dos opciones. La primera era retirarse en orden para asegurar una pacífica transición destinada a salvar la gobernabilidad durante los dos años y medio de gestión que le quedan a su esposa. La segunda era redoblar su apuesta a todo o nada, con la esperanza, o la ilusión, de presentarse él mismo como candidato presidencial en 2011. Los duros discursos paralelos de la pareja presidencial que venimos de mencionar muestran que Kirchner ha decidido dar batalla. La tormenta que se avecina es tan fuerte que promete granizo. ¿A cuál de los contrincantes lastimará más? ¿O, más allá de ellos, lastimará al pueblo?

Esta encrucijada confirma que, según el ex presidente, la vida política está lejos de ser un diálogo que supone concesiones mutuas, para ser una guerra cuyo desenlace no puede ser otro que la rendición incondicional de alguno de los combatientes; de aquel que, en el decir del propio Kirchner, "quede de rodillas". Pero la guerra es una sucesión de batallas . El resultado de las batallas es cierto , por cuanto alguien gana o pierde en cada una de ellas. La que es incierta , en cambio, es la guerra misma, y por eso la fuente etimológica que da origen a esta palabra es la voz indoeuropea wers , que significa "confusión". En el transcurso de toda guerra, en efecto, hasta el último momento reina la confusión porque nadie sabe de seguro si ganará o perderá hasta que una batalla, la batalla final, sella el destino de los ejércitos en pugna. Si bien ganar batallas alienta el ánimo de los que en ellas prevalecen, ningún triunfo parcial es concluyente hasta el final de la guerra, como hoy lo sugieren, por ejemplo, las guerras de los Estados Unidos en Irak y Afganistán. Parece natural que los que ganan batallas esperen ganar también la guerra, pero la historia abunda en ejemplos en los cuales ocurrió precisamente lo contrario.

De Pirro a Von Runstead

El ejemplo clásico de la reversión de la fortuna durante la guerra tuvo como protagonista a Pirro, rey de Epiro, quien en el siglo III a.C. venció a los romanos una y otra vez, pero con tantas pérdidas en el camino que después de derrotarlos en la gran batalla de Ausculum exclamó: "Con otra victoria como ésta, volveré solo a casa". Su presentimiento se cumplió porque, huérfano de las necesarias reservas para continuar la lucha cuando ya estaba en Italia, Pirro terminó aplastado por sus vencidos ocasionales. De ahí que se hable hasta nuestros días de las "victorias pírricas" como aquellas en las que el que parece estar ganando, en verdad está perdiendo.

Otro ejemplo más reciente se dio a fines de la Segunda Guerra Mundial. Al verse acosado por los aliados en Europa occidental y por los rusos en Europa oriental, a fines de 1944 Hitler decidió lanzar una gran contraofensiva sobre la región belga de las Ardenas, poniendo muchas de las divisiones que le quedaban al mando de su mejor comandante, el mariscal Gerd von Runstead. Empujados por el genio militar de Von Runstead, los aliados no hicieron entonces otra cosa que retroceder y retroceder durante varias semanas. Churchill llamó a esta gran batalla el "bulto" ( the bulge ) porque las divisiones Panzer habían penetrado como un tumor en las defensas aliadas. El "bulto", mientras crecía, le permitió al dictador nazi concebir el sueño de revertir la suerte de la guerra. Un mes después, empero, la superioridad en hombres y equipos de los aliados, conducidos por el legendario general George Patton, doblegó finalmente al ejército alemán. Pese a que Von Runstead había ganado la batalla de las Ardenas, ella misma pasó a encarnar después en su segunda fase el último esfuerzo, la "batalla final", del propio Hitler, quien poco después terminaría suicidándose en Berlín.

Dos batallas

Estos dos ejemplos vienen al caso porque el hecho es que, desde que lanzó su contraofensiva, Kirchner podría congratularse diciendo que ha ganado sus primeras batallas. La primera de ellas en la Cámara de Diputados, al obtener por 136 votos contra 100 la prórroga por un año de los poderes extraordinarios de los que hasta ahora ha gozado el Poder Ejecutivo. El kirchnerismo ya no posee mayoría propia en Diputados, pero pudo alcanzar aquella diferencia relativamente holgada con la inestimable ayuda del llamado bloque "progresista", cuyos 16 miembros votaron por él o, al menos, se abstuvieron. El jueves próximo, la batalla por prorrogar los superpoderes culminará en el Senado, donde, quizá por una mayoría más estrecha, el oficialismo confía en completar su victoria.

La segunda batalla se ha venido dando en la improbable transformación del fútbol en una arena política, donde Kirchner aspira a derrotar a un nuevo enemigo, esta vez el diario Clarín , y a completar su embestida contra los medios independientes mediante una nueva ley de radiodifusión. Hasta ahora, la televisación de los partidos de fútbol estaba aparentemente asegurada por un contrato entre la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y la empresa Torneos y Competencias, cuya vigencia debía perdurar hasta 2014. Decimos "aparentemente asegurada" porque en la Argentina de los últimos años los contratos a veces parecen ser, como advertía Maquiavelo, meros "pedazos de papel" que el príncipe sólo respeta mientras lo siguen beneficiando. Alentado por los Kirchner, el presidente de la AFA, Julio Grondona, se animó a romper su contrato con Torneos y Competencias contra una promesa de 600 millones anuales de pesos, justo en el momento en que las arcas del Estado se están vaciando.

Mediante esta súbita maniobra, los Kirchner esperan llevarse las palmas de la televisación gratuita de los partidos de fútbol. Con sus constantes ansias de ganar, un verbo que para Kirchner sólo se conjuga cuando sus enemigos, reales o imaginarios, pierden, el ex presidente parece estar en camino de prevalecer en su segunda batalla consecutiva. Lo que importa en una guerra, empero, no es ganar tal o cual batalla sino una sola: la última. En julio de 2008, el Gobierno había perdido su batalla contra el campo. En junio de este año perdió la segunda, esta vez a manos del electorado. Ahora parece dispuesto a ganar a cambio otras dos batallas, en el Congreso y en el fútbol. La guerra, mientras tanto, continúa. El próximo 10 de diciembre, por ejemplo, los Kirchner perderán otra batalla cuando jure el nuevo Congreso. Hitler había ganado sucesivamente en Austria, Checoslovaquia, Polonia, Bélgica, Francia y Noruega, hasta que perdió en Rusia y en la segunda fase de las Ardenas, con la salvedad de que estas dos batallas fueron las últimas. Si Kirchner se empeña ahora en acumular victorias en nuevas batallas intermedias, nada indica que por eso habrá ganado la guerra que él mismo ha declarado. Pero ¿tendremos que vivir entonces en zozobra hasta las elecciones presidenciales de 2011, cuando Kirchner espera librar su última batalla? Si se tiene en cuenta el enorme costo económico y social que su obsesión por la victoria les traerá a los argentinos, ¿alguna voz interior le susurrará en algún momento que la democracia se halla por encima de la pasión de un hombre?

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