Populismo y calidad institucional.

Por Fernando Navarro.

Suele imputarse a los gobiernos calificados como populistas desapego por las instituciones, tendencia al autoritarismo y a la perpetuación y pretensión de controlar desde el Ejecutivo el funcionamiento de los restantes poderes del Estado.

En la presente etapa han existido diversos cuestionamientos de esa naturaleza y origen, desde aquellos que remarcan la necesidad de mejorar determinadas prácticas de gestión hasta aquellos que, como parte de la escalada de endurecimiento del discurso opositor, sostienen que este gobierno exhibe calidad institucional cero.

Sin embargo, diversos intelectuales han concluido que los populismos, en la medida en que expresan a amplios sectores populares desde una perspectiva nacional, se han caracterizado por ampliar la ciudadanía y mejorar la distribución de la riqueza. Además, en la etapa que atraviesa Latinoamérica, como bien ha señalado Ernesto Laclau, las aspiraciones nacionales y populares de las masas logran coincidir con la afirmación de los derechos humanos, la división de poderes, el pluralismo político.

Este gobierno se caracteriza por su compromiso permanente con la vigencia de los derechos humanos, lucha que se renueva permanentemente y que nunca debe darse por concluida y ha mejorado la calidad institucional desde el punto de vista de la división de poderes. Ha transformado la Corte sin sucumbir a la tentación de intentar construir una nueva mayoría automática adicta al Gobierno, desterrando para siempre mecanismos como el per saltum. Hay un creciente protagonismo del Congreso, no sólo por su participación decisiva para dar cauce al conflicto del Gobierno con la Mesa de Enlace, sino también porque ha sido escenario de transformaciones esenciales, como el fin de las AFJP, la vuelta al patrimonio nacional de Aerolíneas Argentinas o el plan anticrisis. Atrás quedó la etapa de la Banelco, las privatizaciones escandalosas o los planes de los ministros de Economía que profundizaban las recetas neoliberales sin participación alguna del Parlamento. Además, no ha habido simples alineamientos automáticos: cada tema requiere de un debate específico en el cual las iniciativas suelen ser modificadas y enriquecidas.

La vigencia del pluralismo político es innegable, en el marco de un proceso de transformación de las identidades políticas que apasiona y desafía a sus protagonistas. Pero además de las identidades políticas partidarias, se ha brindado nuevo cauce al conflicto social, transparentando y poniendo arriba de la mesa como nunca antes se había hecho la disputa con los grupos corporativos más tradicionales y dando visibilidad a un amplio abanico de organizaciones que son expresión de identidades mucho menos consolidadas (organizaciones sociales, movimientos de campesinos, etcétera). Sin olvidar que se trata de un gobierno que ha desterrado la represión como herramienta de control del conflicto social.

Al analizar las diversas expresiones de la oposición, parece haber una mayor propensión a volver al pasado que a consolidar estas tendencias. En cuanto al oficialismo, la actual coyuntura lo encuentra frente al desafío de expresar en la construcción político-electoral ese proceso de transformación que hemos reseñado.

Para ello, sería bueno no sucumbir al canto de sirena de quienes proponen evitar la confrontación y creen que todo es negociable. No habríamos llegado a este presente de crecimiento si Néstor Kirchner no hubiera tenido el coraje de confrontar contra el poder financiero y los sectores de privilegio. Tenemos que revitalizar la estrategia frentista evitando las confrontaciones con personajes irrecuperables y revirtiendo la tendencia expulsiva de la última etapa.

Un gobierno que ha sido capaz de sobreponerse a la crisis con el campo y que ha demostrado iniciativa y aptitud para afrontar la crisis internacional reafirmando el rumbo del trabajo y el crecimiento debe centrar sus esfuerzos en una articulación político-electoral coherente con esas aptitudes, para que las políticas de ajuste y represión nunca más gobiernen en nuestra patria.

Comentá la nota