Poner de pie a la oposición

Natalio R. Botana

Después del conflicto del Gobierno con el sector rural cundió en la sociedad la impresión de que los días de la hegemonía estaban contados.

Los grupos de veto a la política oficial habían cosechado -se creía- un triunfo ejemplar: la oposición se unificaba en su rechazo a la resolución 125, mientras se erosionaba la disciplina de los bloques justicialistas en el Congreso. Todo ello auguraba una atmósfera de debilidad gubernamental.

Muy pronto la opinión pública se percató de que aquel poder negativo no generaba de inmediato un poder constructivo ubicado en los rangos de la oposición. Por otra parte, la disidencia peronista no se extendía con la velocidad que muchos deseaban. Entonces despertó la revancha del Gobierno, merced a una cadena de victorias parlamentarias: estatización de Aerolíneas Argentinas, aprobación de un presupuesto elaborado antes de la crisis internacional, que conlleva superpoderes en el orden administrativo para manejar partidas; estatización (dado el probable voto del Senado) del régimen de jubilaciones radicado en las AFJP.

Quedan en cartera para fin de año la renovación de las leyes de emergencia económica y de impuesto al cheque. Veremos qué reacciones se advierten al respecto, pero si las cosas siguen avanzando, no es desdeñable sugerir la hipótesis de que el esquema de la República al revés mantendrá su vigencia en los próximos meses. La crisis internacional ayuda, por su lado, en el corto plazo, proporcionando al Gobierno una justificación a sus actos que antes no tenía.

Esta política expansiva sobre la sociedad civil, con la captura por parte del Gobierno de un paquete significativo de acciones pertenecientes a empresas privadas (resultado probable de la ley en curso de las AFJP, salvo que el Senado fije algún freno en esta materia), nos muestra que el país requiere una política de contrapesos. La acción en la calle para vetar y obstruir es insuficiente si no cuenta con el respaldo de coaliciones políticas capaces de generar tres cosas. Primero, espíritu de diálogo y compromiso; segundo, confianza; tercero, expectativas de que se está forjando una alternativa de gobierno y no una mera alianza electoral.

Las conversaciones recientes que protagonizaron la Unión Cívica Radical, el ARI y otros dirigentes abren camino en este sentido. La democracia se desenvuelve al ritmo de dos movimientos: los gobiernos deben construir poder (y esto lo ha hecho con creces el kirchnerismo, al precio de lesionar la dimensión institucional de la democracia) y la oposición debe levantar alternativas. Si el Gobierno supo apostar a la confrontación para acumular poder, la oposición no debe escatimar la confianza recíproca ni tampoco desechar el espíritu de compromiso.

El vacío de confianza que atrae a los argentinos hacia el despeñadero se debe a la acumulación de errores históricos -entre ellos, la implacable inestabilidad de los contratos- y a la debilidad de una sociedad civil que no atina a representarse y que, además, está doblemente agredida, por arriba y por abajo. Los sectores medios y altos de la economía sufren una suerte de salvataje por rapiña frente a la exigencia de cumplir con nuestros compromisos externos y de morigerar con obra pública el aumento del desempleo. En el otro extremo de la escala social, los sectores bajos, marginales y excluidos, siguen siendo, entre nosotros, los huérfanos del poder.

¿Quién habla con credibilidad en nombre de ellos? El Episcopado acaba de hacerlo, planteando con crudeza el perfil de la cuestión social en el siglo XXI: juventud abandonada, sin familia, educación ni trabajo; aparatos del Estado que, en lugar de prevenir y restituir la humanidad perdida, reproducen el delito; hendiduras profundas (es decir, separación con violencia) en nuestras megalópolis.

Cuando abundan el crimen, la droga y la desarticulación de los vínculos afectivos, hay reclamos inmediatos por el imperio de la coacción avalado por una policía de mejor calidad. Es cierto, pero muy pocos expresan -y, menos, ejecutan- la imprescindible reforma de un Estado que sea capaz de poner en forma unas estructuras obsoletas. Ellas no hacen más que demostrar la escasa atención que merecen, entre nosotros, los niños y adolescentes más desprotegidos.

Estas reflexiones pueden servir para colocar señales en el trayecto de la oposición. El diálogo en la política es tan imprescindible como el compromiso. No obstante, ambos podrían concluir arando en el mar de no mediar la voluntad de identificarse con los reclamos de la sociedad civil. Algunas de estas exigencias son singulares; otras, en cambio, son como un rumor que estalla en los desgarradores gritos y gestos de las víctimas.

El panorama que se despliega ante nosotros requiere, pues, fortaleza y templanza. Amén de que las perspectivas son poco alentadoras, por los serios condicionamientos de la crisis que nos llegan del exterior, las decisiones del actual gobierno tendientes a acumular recursos en la caja del Poder Ejecutivo han acentuado, paradójicamente, la vulnerabilidad del Estado en cuanto a la instauración, por ejemplo, de una concepción de la seguridad acorde con la dignidad humana.

De eso se trata, en suma: de recuperar la dignidad. Por eso las acciones concurrentes del diálogo y del compromiso deben fijar objetivos programáticos que vayan más allá de las necesarias reivindicaciones acerca de la moral pública o, en general, de la calidad de las instituciones. Importantes sectores de la sociedad presienten que la batalla electoral del año próximo debería concentrarse en esos frentes, adquiriendo el tono correspondiente a cada una de las provincias. Empero, codo a codo con estos temas pendientes, el tejido dañado de la sociedad civil sigue provocando interrogantes sin respuesta.

Corresponderá atender a estos signos, que el diálogo entre los partidos los recoja y que los compromisos que de allí surjan los conviertan en ofertas confiables. No sabemos aún si estos compromisos terminarán fraguando una sola convergencia opositora o una pluralidad de coaliciones (que deberían simplificarse, so pena de recrear la fragmentación que soportamos). Lo que sí ya sabemos es que hay que poner manos a la obra cuanto antes.

Es una tarea de por sí difícil porque el arte de la construcción política camina más lento que la contestación social. Esta última es tributaria de las movilizaciones que surgen de los intereses afectados. El arte de la construcción política supone, al contrario, una tenacidad más prolongada para aproximar posiciones y superar la tentación de monopolizar la verdad y la virtud. Es un arte que prefigura un estilo de gobierno más atento al valor del consenso sobre determinadas políticas públicas. La confrontación no ha resuelto estos problemas y ahí están, para mayores datos, las igualdades que no crecen y la violencia social que no decrece. Estas son las capas del descreimiento colectivo que hay que atravesar.

De acuerdo con lo que nos dicen algunas encuestas de opinión, parecería que la clase media le ha dado la espalda al Gobierno. Con esto, sin embargo, no basta, no tanto como recomendación táctica para ensanchar la base electoral cuanto por elementales razones de privación de justicia. Por este motivo es que la contienda en el Gran Buenos Aires -la megalópolis de los peores contrastes- tendrá un carácter decisivo.

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