Hay que poner en marcha una economía global verde

La recesión global sincronizada exige también una respuesta global sincronizada. El nuevo modelo económico que está surgiendo en los hechos debe ser sostenible para el planeta y bajo en carbono. Para enfrentar la pobreza, no sirve el salvataje a industrias moribundas, sino el estímulo a la innovación
Estimular la economía es el tema del momento. Y así debe ser en esta coyuntura. No obstante, los líderes del mundo deben actuar de manera conjunta para que el nuevo modelo económico de facto que se está forjando sea sostenible para el planeta y nuestro futuro en él. Necesitamos estímulos e inversiones a largo plazo que permitan conseguir simultáneamente dos objetivos: hacer frente a nuestras necesidades económicas y sociales urgentes e inmediatas y poner en marcha una nueva economía global verde. Es necesario que ‘crecer en verde’ se convierta en nuestro mantra.

Una recesión global sincronizada requiere una respuesta global sincronizada. Es necesario que las principales economías creen estímulos y coordinen estrechamente sus políticas económicas. Debemos evitar las políticas de empobrecimiento del vecino que contribuyeron a la Gran Depresión. La coordinación también es vital para reducir la volatilidad financiera, la venta precipitada de divisas y la inflación rampante, así como para infundir confianza en los consumidores e inversores.

Los planes de estímulo tienen por objeto reactivar la economía, pero si se diseñan y ejecutan adecuadamente también pueden servir para situarnos en una nueva senda, baja en carbono, hacia un crecimiento verde. Unos 34 países han anunciado ya planes de estímulo por valor de 2,25 billones de dólares (1,75 billones de euros). Estos planes, junto con nuevas iniciativas de otros países, deben servir para catapultar la economía mundial hacia el siglo XXI, no para perpetuar las industrias moribundas y los malos hábitos del pasado. Seguir inyectando billones de dólares en infraestructuras basadas en el carbono y subvenciones para combustibles fósiles sería el equivalente de volver a invertir en activos inmobiliarios de alto riesgo.

La eliminación de los 300 mil millones de dólares que se conceden anualmente en subvenciones para combustibles fósiles permitiría reducir las emisiones de gases de efecto invernadero hasta un 6 por ciento y sería una importante contribución al producto interno bruto mundial. El desarrollo de las energías renovables supondría una ayuda justamente donde más se necesita. Las economías en desarrollo representan ya el 40 por ciento de los recursos renovables existentes en todo el mundo, así como el 70 por ciento de la capacidad de calentamiento de agua por energía solar.

Los líderes de todo el mundo, especialmente en los Estados Unidos y China, se están dando cuenta de que lo verde no es una elección sino una necesidad para reactivar sus economías y crear empleo. A escala mundial, existen 2,3 millones de personas empleadas en el sector de las energías renovables, lo que supera ya el número de empleos directos en las industrias del petróleo y el gas. En los Estados Unidos hay actualmente más empleos en la industria eólica que en el conjunto de la industria del carbón.

Instamos a todos los gobiernos a que aceleren los elementos de estímulo verdes, en particular la eficiencia energética, las energías renovables, el transporte público, la creación de nuevos tendidos eléctricos inteligentes y la reforestación.

Pero necesitamos también de forma inmediata políticas que favorezcan a los pobres. En gran parte del mundo en desarrollo, los gobiernos no tienen la posibilidad de pedir préstamos o emitir moneda para amortiguar las devastadoras sacudidas económicas. Por consiguiente, los gobiernos de los países industrializados deben mirar más allá de sus fronteras e invertir inmediatamente en programas eficientes que impulsen la productividad de los más pobres. El pasado año, más de 30 países se vieron afectados por revueltas y disturbios relacionados con los alimentos. Es inquietante que este fenómeno se produjera antes incluso del estallido financiero de septiembre, que desencadenó la recesión mundial y empujó a la pobreza a 100 millones de personas más. Debemos actuar ahora para evitar mayores sufrimientos y la posible generalización de la inestabilidad política.

Ello significa incrementar la asistencia externa para fines de desarrollo en el 2009. Significa reforzar las redes de seguridad social. Significa invertir en agricultura en los países en desarrollo poniendo semillas, herramientas, prácticas agrícolas sostenibles y crédito a disposición de los pequeños agricultores para que produzcan más alimentos y éstos lleguen a los mercados locales y regionales. También significa invertir más en un mejor uso de la tierra, la conservación del agua y cultivos resistentes a la sequía para ayudar a los agricultores a adaptarse a un clima en constante cambio, cuestión que, si no se aborda, puede provocar hambre y malnutrición crónicas en amplios sectores del mundo en desarrollo.

También necesitamos que en diciembre de 2009 se logre un acuerdo sólido sobre el clima en la reunión de Copenhague. No el año que viene, sino éste. Es preciso que, desde hoy mismo, aceleremos drásticamente y prestemos atención al máximo nivel a las negociaciones sobre el clima. Un acuerdo satisfactorio en Copenhague sería el plan de estímulo global más contundente. Si conseguimos un nuevo marco climático, las empresas y los gobiernos tendrán finalmente la señal en forma de precio del carbono que las empresas vienen reclamando, señal que puede desencadenar una oleada de innovación e inversión en energía limpia. Copenhague dará luz verde al crecimiento verde. Esta es la base para una recuperación económica verdaderamente sostenible que reporte beneficios tanto para nosotros como para los hijos de nuestros hijos en las próximas décadas.

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