POLÍTICOS EN CALZONCILLOS - "CHICHE" DUHALDE / “Era medio cocorita y me echaron de una escuela”

Hilda González es senadora nacional y esposa del ex presidente Eduardo Duhalde. Pinta cuadros “hiperrealistas” para “barrer los pensamientos”. Dice que nunca va a la iglesia y que se liberó de la cocina.
Que se diga de mí. Le gustaría que la reconocieran como “una mujer con convicciones, auténtica. Una buena persona”.

Apenas se abre el portón blanco del caserón de Lomas de Zamora aparece la senadora nacional Hilda “Chiche” Duhalde, junto a su nieta Mía. “Ella es mía, mía”, bromea mientras la pequeña se esconde detrás de sus pantalones. Con pasos cortitos, la ex primera dama entra a un living que se parece bastante a los de las revistas de decoración. Hay varios cuadros al óleo, una mesa con mates de plata, portarretratos con fotografías familiares y un gran jarrón con alstroemerias y aves del paraíso. “Ahora no se puede pasar a la cocina porque la están pintando”, dice en cuanto la empleada doméstica se asoma. Cuidando su imagen de madraza aclara: “Yo me ocupo de un montón de cosas de la casa”.

–Si tuviera que resumir su niñez en Avellaneda en tres imágenes, ¿cuáles escogería?

–Se me viene la imagen de mi abuela, mi mamá y un tío soltero que vivía en casa. Mi abuela fue un personaje muy importante en mi vida. Y mi tío soltero, hermano más chico de mi mamá, fue un poco la figura paterna que estaba ausente. No es que mi padre no estuviera, pero estaba ausente.

–¿Cómo era usted de niña?

–Éramos dos hermanos y yo era la más chica. Era muy mimada y consentida por mi abuela y mi tío. No por mi mamá, que era la que fijaba los límites. Recuerdo que mi madre me cosía la ropa. Solía hacerme unos vestidos muy lindos pero no había que ensuciarlos. Si ensuciabas la ropa, venía el chirlo.

–¿Era traviesa?

–No, en general fui bastante dócil. Era una chica clásica, de los tiempos en los que se podía jugar en la calle, no había peligro, el policía de la esquina nos cuidaba y también nos cuidaban solidariamente los vecinos.

–¿Cuál fue el mayor cambio que le trajo la adolescencia?

–Vinieron varios cambios importantes que marcaron un quiebre en mi vida. Mi papá se fue definitivamente de mi casa. Siempre fue una figura ausente, pero se terminó de ir y formó otro hogar. (Silencio.) Creo que fue feliz.

–¿Mantuvo algún contacto con su padre cuando él se fue de su casa?

–Por muchos años no tuve relación, hasta que nacieron mis tres primeras hijas. Ahí, lo busqué y lo encontré. Pero fue un encuentro que duró poco tiempo, porque volvió a desaparecer. (Silencio.) Pero bueno... mi adolescencia estuvo marcada por eso y también por la pérdida de mi abuela, que fue embestida por un colectivo que la mató mientras cruzaba la avenida Pavón, en Avellaneda. Fueron dos pérdidas muy importantes.

–¿Cómo la marcó el alejamiento de su padre?

–Siempre tuve idealizada su figura. Era un papá que no estaba. No recuerdo un día de almuerzo o cena con él. Era una persona que salía y volvía muy tarde. Evidentemente había un problema de relación de pareja, que tampoco se hablaba demasiado porque eran tiempos en los que no se conversaba naturalmente de esas cosas con los hijos. Después, ya adulta y con hijos, lo ubiqué en el término justo. Y ahí comprendí que los lazos sanguíneos no son suficientes para sostener el amor. Lo que hace indisoluble la relación es el contacto, el alimento diario de ese vínculo.

–¿Es cierto que detesta a los hombres divorciados?

–No. Eso fue un rumor que no tiene nada que ver con mi realidad. Durante la etapa en que mi marido era gobernador, instalaron que yo era una señora de carácter muy duro, que no aceptaba en el gabinete de mi marido a hombres separados y que era de una religiosidad absoluta. Yo no voy nunca a la iglesia. Mi vida no tiene nada que ver con eso.

–¿Piensa que la decisión de tener una familia grande está vinculada a su condición de hija con padres separados?

–En realidad creo que cada uno de nosotros venimos a la vida a cumplir un rol, y hay un rol en el que nos sentimos más cómodos. Lo mío es la familia. Tengo la necesidad de tener a los afectos muy cercanos, a lo mejor porque a mí me faltaron. Me siento como pez en el agua en mi casa, con mis hijos, mis nietos, etc. Nací para eso. He tratado de ser una madre medio gallina.

–En general, el mandato para las mujeres de su época era ser maestra.

–En mi caso no fue un mandato. Siempre tuve y tengo la deuda de no haber terminado una carrera universitaria. Empecé Sociología y dejé porque la situación económica era difícil. Después de que me casé, empecé Asistencia Social y comenzaron a llegar los hijos. Los tuve muy seguidos y sentí que mi función más importante era ser mamá. En los pueblos podías ser bachiller o maestra, y decidí hacer magisterio, pero siempre pensando en seguir una carrera universitaria. Me sirvió para poder trabajar y descubrir que me gustaba la docencia.

–¿Era de las típicas “maestras ciruela”?

–Seguro fui un poco “maestra ciruela”. Recuerdo que la directora de aquellos tiempos, muy exigente, salía al recreo y miraba si estábamos en nuestros lugares de cuidado del patio. Me acuerdo que decía que cuando yo estaba al frente de la fila de los chicos parecía alta, porque evidentemente podía inspirar autoridad. Era muy bajita y jovencita, y siempre tuve cara de más joven de lo que era.

–¿Qué fue lo que signó esa etapa?

–Yo era medio cocorita. Había empezado a trabajar en la escuela pública pero me salió un puesto en la escuela privada y ahí me hicieron trabajar por dos turnos pero me pagaban por uno. Era la época de los militares e inicié un levantamiento en la escuela para exigir que me pagaran los dos turnos. Fue con poco éxito, porque al mes me echaron. Hice lío y me echaron. (Risas.)

–Además de maestra, se dedicó a la pintura; ¿de dónde le vino eso?

–Tuve una mamá y un papá que tenían mucha facilidad para todo lo relacionado con lo creativo y lo manual. A mí me gusta cualquier actividad creativa que haya que realizar con las manos. Me olvido del mundo. Es como una meditación en acción.

–¿Qué tipo de pintura realiza?

–Realismo absoluto. A veces me pongo frente a la tela y digo “voy a manchar” y no puedo. Sé que no tiene valor artístico eso de que la manzana sea una manzana. Tengo que ser hiperrealista.

–¿Quiénes son sus pintores favoritos?

–Contrariamente a lo que puedo hacer, me gusta el impresionismo. Pintores como Monet, por ejemplo. Pero yo no lo puedo hacer. Poder liberarme es una deuda que tengo conmigo misma.

–¿Quisiera ser menos estructurada?

–¡Claro! Ahí manifiesto estructuras que todavía tengo que vencer. Y no me niego a la posibilidad de vencerlas. No creo que porque uno llega a determinada edad se terminaron las posibilidades de cambio. Voy siempre en la búsqueda de mayor desestructuración.

–¿Le gustaría exponer?

–Alguna vez me lo han dicho, pero no. Es Chiche Duhalde la que pinta. Me gusta para mí, para entretenerme, para barrer los pensamientos.

–¿Tiene cuadros suyos colgados en su casa?

–¡Sí, claro! A veces regalo algunos.

–¿Fantasea con dedicarse a la pintura y nada más?

–No, tengo necesidad de hacer muchas cosas. Pienso que en la política tengo que hacer muchas cosas. Chiche todavía no se mostró. Lo que conocen es a la señora de Duhalde. A Chiche la gente no la conoce. Todavía tengo mucho para dar dentro de la política. Es un ámbito en el que cada día me siento más yo, mostrándome como soy. Tiene que ver con la desestructuración de la que hablaba. Siempre viví como una responsabilidad que mi esposo fuera gobernante de una provincia durante ocho años, intendente durante dos períodos, presidente un año y medio. Con los años, he ido teniendo un rol más propio, pero todavía no he terminado de mostrar quién soy. La vida es un constante aprendizaje y una constante búsqueda de encontrarse con uno mismo y sentirse libre.

–Empezó a estudiar periodismo en la Universidad de La Plata y dejó, ¿por qué?

–Fue una locura. Era esposa del gobernador de la provincia de Buenos Aires y estudiaba en La Plata, en una universidad que no es fácil. Me di cuenta de que era una locura y abandoné. A mis hijas les costó mucho la universidad en La Plata. Ellas solían decirme: “No te preocupes, mamá. Cuando nos conozcan, nos van a querer”. Hay todo un prejuicio en la sociedad. A mis hijas les costaba, pero se defendían.

-¿Qué siente que relegó por su familia?

–No siento que haya relegado, sí que me falta hacer cosas. El tiempo que le dediqué a mi familia fue importante, ahora viene un tiempo de Chiche, donde Chiche se ha liberado de ataduras porque los hijos han crecido, porque se ha plantado en la vida de otra manera y tiene mucho para dar y hacer.

–Siempre se dedicó mucho a sus hijos, ¿cómo es como abuela?

–Me gustaría dedicarme más a ellos, pero soy una abuela normal. Me alegro enormemente cuando llegan y respiro cuando se van.

–¿Sigue ocupándose de preparar la comida para toda la familia?

–Los días que puedo, sí. Por ahí en eso también me liberé. Antes era de las mamás que el día del cumpleaños no se acostaba en toda la noche porque todo tenía que ser producido por mí. Después, ni ellos ni nadie lo registraban. Esas cosas las fui modificando.

–Además del pastel de papas, ¿cuáles son otras de sus especialidades?

–El pastel de papa es la comida preferida de mi marido, que se enoja porque no le pongo ni pasas de uva ni aceitunas. Pero no es mi especialidad. Como toda actividad creativa, me gusta cocinar lo que venga, y también soy de las que transformo lo que hay. Soy recicladora. Vengo de una familia humilde y no me gusta tirar la comida.

–¿Le gusta salir sola?

–No. Me gusta salir con alguien. Voy a Capital exclusivamente para trabajar. Si me sobra un rato, me voy a ver alguna vidriera. Pero en general, soy localista.

–Si volviera a estar “soltera”, ¿qué es lo primero que haría?

–No se me ocurre. Creo que haría las mismas cosas.

–¿Qué es lo que más recuerda del día en que conoció a su marido?

–Lo conocí en el club Los Nogales. Trabajaba en la escuela de verano. Atendíamos el comedor de los chicos y las actividades recreativas. Salía a la una, y con guardapolvo y todo me iba a la pileta; ahí lo conocí. Él era bañero de esa pileta. Se acercó muy rápidamente. Yo estaba jugando a la canasta y él vino a jugar también. Se estableció una amistad y al tiempo nos pusimos de novios.

–¿Qué le atrajo de su esposo?

–Él tenía un humor muy especial. Viene de una familia cordobesa, donde pueden reírse horas de cualquier cosa. Lo que más me atrajo de su personalidad es que era muy alegre y divertido. Con los años fue cambiando su temperamento. Pero cuando está distendido y no tiene problemas recupera ese humor. Es de buen carácter. Tal vez yo tengo mal carácter. Es muy difícil pelearse con él.

–¿Usted es de las que se levantan de mal humor?

–No, no. Soy polvorita. Me acuerdo de que en los primeros años de casada le decía a mi marido: “Bueno, si no estás de acuerdo, nos separamos y listo”. Yo venía con esa historia y él me decía: “¡Ni loco nos vamos a separar!”. 

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