Lo políticamente incorrecto de la política

Ni buenos ni malos, simplemente incorregibles, como diría el viejo maestro. ¿Ser incorregible resulta políticamente correcto o políticamente incorrecto?
Ser incorregibles e incorrectos no tiene que ver con no saber, sino con no querer aprender.

Esta patología cultural se manifiesta fuertemente en la dirigencia política a la luz de un estilo de gestión confrontativo, poco ortodoxo, ignorante de todo procedimiento convencional y donde importa cumplir con un objetivo determinado haciendo uso y abuso de modos y actitudes excesivamente politizadas que desjerarquizan innecesariamente a la política como arte de lo posible.

Cuando un modo de hacer política logra que la realidad supere a la ficción, cuando el absurdo deja de ser una excepción, cuando aprender a desaprender no se platica, cuando se atenta contra toda competencia y jurisdicción, cuando ser República resulta una asignatura pendiente, cuando el consenso es una mala palabra y la descalificación es moneda corriente, esa dirigencia está en crisis porque esta enferma.

Este modo de operar la política no hace otra cosa que cultivar resentimientos, y mantener crispada a toda una sociedad que pide sosiego y respiro.

Esa sobredosis de política genera un sinnúmero de efectos no deseados, cierto grado de anarquía silenciosa y una sensación de rechazo colectivo, más allá de algunos logros que en el mejor de las casos resultan victorias a lo pirro.

Es necesario construir poder para hacer política; pero es innecesario construir un modelo de poder en lugar de un modelo de república, porque la gobernabilidad y las instituciones resultan víctimas de algunos autoritarismos.

Maquiavelo no le encontraba sentido a la acumulación de poder per sé, porque en todo poder sin un para qué sobrevuela un aire de impunidad peligrosa, en su autoridad y en su naturaleza fáctica.

¿Habrá que entender que la política es demasiado importante para que este en manos de los políticos?

Esa sobredosis innecesaria

Los excesos deforman la naturaleza de toda misión y la política no es la excepción por no tener reglas de juego claras, por carecer de códigos definidos y por no celebrar un contrato moral entre las partes; porque gobernar resulta en sí mismo una cuestión moral.

Las ideas fundamentalistas o talibanezcas a través de la historia han fracasado sistemáticamente porque alientan un pensamiento único como una verdad revelada, descalificando todo diálogo o mirada diferente.

Este es el gran problema de las democracias incipientes latinoamericanas, más formales que representativas, con algunos populismos demodé que encubren reelecciones casi monárquicas.

El modelo contiene en si mismo una gran confusión de competencias cruzadas entre la política, lo institucional y la justicia; casi un modelo para desarmar. A veces pienso que se gobierna para el regreso y no para el progreso.

El exceso de politización en la toma de decisiones y en los procedimientos tiene que ver con una falta de modelo y un desapego por las formas, con políticas de Estado ausentes y objetivos mediáticos y electorales, donde la estrategia pareciera ser, no tener estrategia.

Respeto por la justicia y por las competencias institucionales, cultivar la autocrítica, pensar en voz alta, construir desde el disenso, ensayar un federalismo posible, desmitificar ciertos fantasmas, son algunas de las asignaturas pendientes que es necesario rever de manera urgente producto de una politización ideológica excesiva, que se retroalimenta con una medicación equivocada por un error de diagnóstico; porque en política todo es posible pero no todo es conveniente.

En el Cántico de Confucio, el señor Wei le preguntó al sabio cuál sería la primera reforma que llevaría a cabo si llegara al poder y este le respondió: "llamar a las cosas por su nombre…"

¿No habrá llegado el momento de llamar a la política por su nombre, sin atajos ni eufemismos y que si el poder no dignifica y transforma no tiene sentido?

Una política bien entendida, sin sobredosis ideológica, debiera cambiar la realidad, pero nunca ignorarla ni violentarla; porque en algún momento esa misma realidad preparará su propia venganza.

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