En la política proliferan las alianzas de ocasión.

Sin bases programáticas, las experiencias locales demuestran que los acuerdos entre partidos se acaban el día después de los comicios. Especialistas creen que a la dirigencia le importa sumar adherentes más que acordar políticas de acción. El ocaso de las agrupaciones.
En política, con sólo sumar no se garantizan buenos resultados. Mañana a la medianoche vencerá el primero de los plazos fijados por el cronograma electoral de la Nación para que los partidos oficialicen sus alianzas con miras a las elecciones de senadores y de diputados nacionales del 28 de junio. La cercanía de la fecha alteró la pasividad de las agrupaciones políticas locales, la mayoría de las cuales marcha desde 1991 al ritmo de los frentes cada vez que son llamadas a las urnas.

El Partido Justicialista, que ostenta la representatividad del Gobierno, hace un culto de las alianzas electorales. De hecho, el Frente para la Victoria que lo tiene como principal integrante ya fue inscripto en la Justicia Electoral Nacional. Sin embargo, la oposición aún navega en un mar de dudas. Entre los principales referentes enfrentados al Gobierno el movimiento es incesante y el objetivo de sumar parece ser la meta de una fracción opositora, encabezada por el ex vicegobernador Fernando Juri y por el legislador radical José Cano. El resto pone reparos a la hora de sellar la unidad. A 48 horas del tope impuesto por el calendario, las experiencias políticas vividas en Tucumán y el país obligan a repensar el concepto de alianzas entre partidos. ¿Sirven los frentes para mejorar la calidad de la representación política? O, en lugar de contribuir, ¿no terminan a la larga siendo una traba para el ejercicio del poder?

Una definición clásica divide en tres tipos los pactos entre partidos: los electorales, los gubernamentales y los estratégicos. El profesor de la Universidad de San Andrés, Juan Gabriel Tokatlian, sostiene que el primer tipo de alianzas aspira sólo a ganar las elecciones y que surgen como expresión de una oposición que pretende doblegar a un partido o a un régimen que ha estado en el Gobierno por un período relativamente prolongado. Los frentes gubernamentales, según el especialista en Relaciones Internacionales, suponen una coalición que no sólo aspira a una victoria electoral sino también a asumir los compromisos pos electorales; es decir, las responsabilidades y los desafíos que impone una gestión administrativa. Por último, Tokatlián afirma que las alianzas estratégicas conllevan un sentido más ambicioso: apuntan a fundar un orden inédito mediante la construcción de una nueva hegemonía social y política.

A juzgar por los antecedentes, se podría concluir que la primera definición aliancista es la que mejor cabe a los partidos locales. El caso emblemático, en la esfera nacional, es el de la Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación que conformaron Fernando de la Rúa (presidente) y Carlos "Chacho" Alvarez (vice). El final es por todos conocido. En Tucumán, algo similar ocurrió con el Frente Unión por Tucumán, que en 2003 aglutinó a las más variadas expresiones políticas con el objetivo de vencer al actual gobernador, José Alperovich. Apenas finalizó la puja en las urnas, la alianza se disolvió y varios de sus referentes engrosaron luego las filas del alperovichismo.

Las circunstanciales alianzas oficialistas tampoco parecen ser sinónimo de durabilidad en el tiempo. De hecho, el PJ se inscribió como Frente para la Victoria con la adhesión del Frente Grande y del Partido de la Victoria. En cambio, el 28 de octubre de 2007, tuvo como socios a Cambio Democrático y al Movimiento Libres del Sur, hoy en la oposición. En este caso, pareciera ser que el peso específico del peronismo termina por diluir las diferencias con sus eventuales acompañantes. ¿Por qué los partidos tradicionales, como la UCR y el PJ, deben recurrir a experiencias frentistas para presentarse en sociedad? ¿Es válido mezclar el agua con el aceite en vísperas de una elección? El director del Observatorio Electoral Latinoamericano, Julio Burdman, atribuye las expectativas aliancistas de la mayoría de los dirigentes a la fragmentación de los grandes partidos y a la crisis del sistema político argentino.

Debido a las experiencias vividas, la política argentina parece asemejarse cada vez más a los reality shows televisivos, en donde, más allá del contenido, lo que importa es la medición del rating. Eso, en política, se traduce en la cantidad de votos que los invitados a la mesa puedan aportar. El problema, entonces, es develar para qué se busca sumar.

Sobran los ejemplos

Con la restauración democrática, Fernando Pedro Riera ganó la elección de 1983 con el Partido Justicialista. En 1987 tampoco hubo frente y José Domato (PJ) obtuvo la gobernación.

En plena crisis política, el oficialismo local llegó a las elecciones de convencionales constituyentes de 1989 en sintonía con las pautas nacionales y armó el Frente Justicialista Popular (Frejupo).

El cantautor Ramón "Palito" Ortega se postuló a gobernador desde el Surgimiento Innovador (SI) y, con el aval del Partido Justicialista, creó el Frente de la Esperanza con el que ganó en 1991.

El peronismo, también como Frejupo, perdió en manos de Fuerza Republicana en 1995. Cuatro años después, el PJ lideró el Frente Fundacional con el que Julio Miranda resultó electo gobernador.

Entre 1997 y 2001, la UCR recurrió a la Alianza; en 2003, a Unión por Tucumán y, en 2005, al Frente Cívico. En las provinciales de 2007 fue en soledad y, en las nacionales, con la coalición UNA.

Desde su creación, en 1989, Fuerza Republicana no recurrió a alianzas electorales para presentarse. Por el contrario, varios dirigentes optaron por sumarse a otras expresiones políticas.

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