La política del no positivo

El oficialismo maneja la agenda política y desde la oposición sólo transmiten incertidumbre. El Gobierno propone y los opositores rechazan. ¿Quién no comprendió el mensaje de las urnas del 28 de junio?
La oposición está desorientada. Pensó que el resultado de las últimas elecciones legislativas aniquilaba el futuro político del kirchnerismo y que a partir de diciembre no sólo cambiaría la conformación del Congreso Nacional sino que, además, la Presidenta sólo debería dedicarse a vetar iniciativas ajenas.

La siesta sobre los laureles pareció concentrar la atención de los ganadores en el apuro por construir la mejor alternativa para las presidenciales de 2011.

Así comenzaron las diferencias internas y las alianzas demostraron ser puramente electorales. Ni en el Acuerdo Cívico y Social ni en Unión-PRO llegarán a diciembre con la supuesta firmeza que presentaron a la sociedad.

Ya no acuerdan ni están unidos. ¿Cuál fue el mensaje que reclamaban al Gobierno que escuche? La falta de diálogo y consenso son defectos sin dueños exclusivos.

El desconcierto opositor se debe en gran parte a que el oficialismo reaccionó y contraatacó con medidas y reformas que poco tienen de cosméticas. Se podrá criticar la forma, si es el momento y si están hechas a medida de Kirchner o del país. Pero queda claro que tanto Cristina como Néstor Kirchner no son principiantes en la construcción de poder y en establecer ellos los temas de discusión.

El debate que generó la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual fue un claro ejemplo. Luego, la reforma política y la asignación por hijo eran reclamos con años de experiencia que el Gobierno tomó como propios y sólo deja lugar a rechazar o estar de acuerdo.

El estilo político de los Kirchner ya es explícito. Prefieren confrontar cuando están convencidos y dialogar casi nunca o cuando los números parlamentarios no cierran.

Lejos de ser elogiado o criticado, lo cierto es que ese estilo genera un efecto comprobado: desnuda a muchos actores sociales transparentando intereses y resaltando defectos. Cuesta más distinguir qué es y qué quieren quienes aspiran a gobernar.

La oposición -no en su totalidad, es cierto- se comporta como un bloque homogéneo que tiene una plataforma política sustentada en una palabra: NO.

Ese rol los contradice y los aleja de la población asqueada por la politiquería y la mediocridad ideológica. Los acerca a quienes –no son pocos- están cansados de los "K" y no otorgan un mínimo margen de aceptación a la posibilidad de que algo de todo pueda llegar a ser bueno, sin por ello considerarse oficialistas.

El mismo rigor en las críticas al Gobierno debería aplicarse en referentes como Elisa Carrió, Julio Cobos o Mauricio Macri y también con los sectores progresistas del espectro político encabezado por Fernando "Pino" Solanas, Hermes Binner o Martín Sabatella. Ese ejercicio es necesario no para defender a un gobierno sino para comenzar a vislumbrar qué es lo que viene, quién es la alternativa.

En la política abundan los grises. Ni Cristina Fernández es la reencarnación de Evita ni el Apocalipsis de Carrió es inminente. El kirchnerismo no es un movimiento puramente progresista ni de izquierda, pero tampoco es el fascismo puro que dispara Macri.

Elogiar, cuando corresponda, los aciertos del Gobierno otorga mayor legitimidad a las críticas de aquello que se considere negativo.

El no positivo debe quedar en una frase histórica dicha en la madrugada por un vicepresidente y dejar de ser el eje de conducta en la política argentina.

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