La política se mete en una burbuja mientras Kirchner recupera poder

Por: Julio Blanck

La pregunta que definía el clima político dominante, enseguida después de la elección de junio, era: ¿los Kirchner llegan hasta 2011?

La pregunta que define el clima político hoy, apenas 120 días después, es: ¿los Kirchner se quedan después de 2011?

La pregunta sobre la eventualidad de un final abrupto del ciclo presidencial de Cristina formó parte del imaginario político enfrebrecido, incluso de cierto sector oficialista recalcitrante, en las horas de aquella derrota impensada.

En cambio, la pregunta de hoy se asienta sobre las victorias, también impensadas, que Néstor Kirchner se adjudicó aprovechando el tiempo agónico de su dominio en el Congreso: antes que llegue diciembre tendrá ley de medios, prórroga de las facultades delegadas y Presupuesto 2010.

Cada uno de estos actos legislativos estuvo apuntado a dotar al gobierno de Cristina de más capacidad de control, más dinero y más discrecionalidad para usar uno y otro. Esas son las vigas maestras sobre las que Néstor construye su poder. La ideología, entendida en los términos tradicionales, para Kirchner es apenas la cáscara de ocasión que justifica algunas acciones y que pretende darle sentido a las unidades de negocios. En todo caso, la ideología le sirve como herramienta útil en la construcción del enemigo. Pero nunca es el argumento que explica la elección de sus objetivos.

Sumando sus distintas etapas en el poder, Juan Domingo Perón y Carlos Saúl Menem ejercieron la presidencia durante algo más de diez años. Kirchner busca ahora el espacio político necesario para armar su propia candidatura y lograr que su ciclo -incluyendo el interinato actual de Cristina- se estire hasta completar los doce años.

La ruptura profunda de su relación con franjas muy amplias de la sociedad le pone hoy una valla infranqueable al intento. Pero faltan dos años para que el electorado se vuelva a pronunciar. Y allí hay un margen de tiempo que Kirchner piensa aprovechar.

"Nos está sobrando un año", se desesperaba esta semana uno de los tres postulantes a la Presidencia que ya están decididos a enfrentar al kirchnerismo en la pelea de 2011.

Pieza clave de ese intento de Kirchner es mantener bajo control al peronismo. Claro que no es este el peronismo de Perón, que fue líder indiscutido hasta su muerte y la referencia que, más tarde o más temprano, por la razón o por la fuerza, terminaba ordenando el movimiento tumultuoso. Ni siquiera es el peronismo de Menem, que lo acompañó en el retorno peronista al poder y que después participó de la fiesta privatizadora y el derrame de sus beneficios sobre los que supieron adaptarse a los tiempos que corrían.

El peronismo de este tiempo final de Kirchner está fragmentado en lo político, desconcertado en lo ideológico, atomizado en un sinfín de proyectos personales. Con disidentes que titubean aunque ya probaron lo que es enfrentar a Kirchner y ganarle en la elección de junio. Y con muchos oficialistas que soportan a un jefe al que ya no creen infalible ni invencible, pero que los tiene acobardados por su modo de ejercer el poder y apretarlos con la necesidad financiera.

Un operador con treinta años de experiencia peronista, que se mueve ahora en esa zona difusa de gobernadores y de intendentes que quieren sacarse de encima el mote de kirchneristas, lo explicaba así: "Los escuchás hablar de Kirchner y dicen de todo, te cuentan cosas mucho peores que las que diría cualquier opositor; pero vos te das cuenta que no va a ser fácil que se animen a enfrentarlo, porque le tienen terror".

Esos jefes territoriales tienen legisladores que pagan con su voto en el Congreso el intercambio que se establece con la Quinta de Olivos. Ese disciplinamiento le permite a Kirchner disimular muy bien el achicamiento de su fuerza incondicional.

Mañana, Día de la Lealtad, el peronismo pondrá en la vidriera buena parte de las discusiones acerca de cómo organizar su futuro, que es el futuro de la Argentina.

Están programados media docena de actos relevantes, y muchos más de alcance menor. En todos, sus protagonistas se proclamarán como la única reserva fiel del pensamiento de Perón. Es un clásico. Y todos tendrán parte de razón, porque ése es el secreto y el encanto único de la criatura que creó el General.

Kirchner tiene un acto en la quinta de Perón, en San Vicente, con sus centuriones más leales. Y después irá a La Plata, donde en el Teatro Argentino el aparato del peronismo bonaerense, comandado por el vicegobernador Alberto Balestrini, le armó un merecido homenaje a Antonio Cafiero, testimonio de todo el recorrido justicialista. Un acto furiosamente kirchnerista, después otro muy peronista: esas son hoy las fronteras vivas del oficialismo.

Los disidentes arman varios ranchos. Felipe Solá levanta el suyo en Obras Sanitarias. Tiene la promesa de los irreductibles hermanos Rodríguez Saá de estar acompañando, también del entrerriano Jorge Busti y del salteño Juan Carlos Romero; pero Carlos Reutemann y el cordobés Juan Schiaretti no van a poner la cara, sólo enviarán representantes.

Mario Das Neves tiene acto propio en Chubut. Eduardo Duhalde no aparecerá en ninguno. Francisco De Narváez se dice peronista pero del dicho al hecho, ya se sabe, hay demasiado trecho. Hasta Pino Solanas, de cuyo peronismo nadie puede dudar, convoca a su propio acto en La Plata.

Con esa disidencia dispersa, es fácil entender el silencio apichonado de los que dicen ser todavía kirchneristas porque no tienen más remedio.

La descomunal concentración de poder que Kirchner fabricó desde el día que pisó la Casa Rosada le da una capacidad de control político que está desvinculada de su suerte electoral. Puede perder, como perdió, el apoyo de una porción mayoritaria de la sociedad, sin que eso le haga resignar de modo automático el dominio sobre la estructura política.

Esto supone también un extrañamiento creciente entre la política y la sociedad.

La política, en muchos momentos, funciona en una burbuja autorreferencial, dominada por su propia lógica.

La sociedad, diversa y expectante, tiene sus propias aspiraciones y demandas. Y suele sufrir una severa dificultad para hacerse escuchar por quienes administran los asuntos públicos.

Por cierto, este fenómeno no es sólo responsabilidad de Kirchner, Cristina y el oficialismo. Los opositores, en su impotencia para traducir en política el freno que la sociedad le puso en junio al kirchnerismo, también hacen su aporte al desaguisado.

De la disociación entre política y sociedad también estuvo hecha la gran crisis de hace menos de una década. Hoy, muchas condiciones son diferentes y nadie está condenado a repetir su peor historia. Pero el riesgo está al alcance de la mano.

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