La política y la inflación discursiva

Hay cierto consenso en que la política tiene que administrar las cosas humanas. Y allí radica, en teoría, su novedad específica. Pero quienes la practican, a veces, sustituyen el oficio por la práctica retórica
Es dable observar, en este sentido, que quienes fueron puestos en un posición de poder, y de los cuales por tanto se espera que actúen sobre los problemas reales, se convierten en meros comentadores de lo que pasa.

Por ejemplo, hace poco la titular del Consejo General de Educación (CGE), Graciela Bar, calificó como "alarmante" la gran cantidad de estudiantes secundarios que deben concurrir a recuperar contenidos del año lectivo.

No es objetable per se esta reacción de la funcionaria. Y es legítimo que la verbalice. Ahora, tratándose de un área en la que ella tiene competencia directa, lo esperable no es que se alarme sino que solucione el problema.

El hecho de sentirse alarmado por algo da a entender que el problema es ajeno o reside en otro. ¿Será acaso que la titular del CGE culpabiliza así subliminalmente a los padres y a los maestros de la falta de estudio de los alumnos?

A esto no podemos saberlo, aunque el discurso suele ser un dispositivo de enmascaramiento. El famoso político y diplomático francés, Maurice de Taleyrand (1754-1838), decía que "la palabra le fue dada al hombre para disimular sus pensamientos".

Los antiguos sabían distinguir el oficio político de la actividad especulativa y discursiva. Tomas de Aquino, por ejemplo, recomendaba: que nos enseñe el sabio, pero que nos gobierne el prudente.

Y la prudencia es una virtud práctica, no teórica. Opera sobre las realidades versátiles y movedizas que son las acciones particulares. No se detiene en los entes de razón, ámbito propio del intelectual.

El hecho político es una obra de la voluntad. Por tanto quienes lo producen son hombres de acción, que tienen la rara condición de intuir el futuro e imaginar lo hacedero.

Si embargo, entre nosotros figuran muchos políticos, al menos así se presentan, que están travestidos de periodistas o politólogos. Usurpan el papel de "analistas" de la realidad, cuando en realidad se espera de ellos otra cosa: que operen sobre ella.

Y se diría que operar sobre la realidad implica hacer más que hablar. Está bien que el distrito de la palabra sea el propio del intelectual, que se maneja en el mundo de las ideas.

Pero como decía el General, al hablar de la dimensión específica de la política, "mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar". O también: "la única verdad es la realidad".

A todo esto, el gobernador Sergio Urribarri, acaba de anunciar que en Entre Ríos el 2010 "será el año de la educación", aunque no adelantó ninguna medida en este sentido.

Incumplimiento crónico del famoso calendario de 180 días de clase, conflicto docente in crescendo, 40% de la matrícula que asiste a los comedores escolares, caída del rendimiento de los estudiantes entrerrianos respecto del resto del país, deserción escolar, oferta educativa de baja calidad, des-inversión edilicia.

Ésos son algunos de los problemas que la política deberá resolver en Entre Ríos en materia educativa. Se trata, como se ve, de una ardua empresa que requerirá mucho más que frases grandilocuentes.

No se debería poner en duda a priori los dichos del gobernador. Y resultaría aventurado inferir otra intención que la explicitada. Pero siempre es bueno recordar que la "la cultura política argentina tiene una extraña fe en las palabras; se cree que con ellas resuelve los problemas" (Nicolás Shumway, director de estudios latinoamericanos de la Universidad de Texas).

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