La política es cosa de caciques, no de ciudadanos

Por Adrián Ventura

El juez federal Manuel Blanco, con su decisión de avalar las candidaturas testimoniales, dio una mala señal a la sociedad: la política seguirá siendo confusa, llena de artimañas y alejada de la gente.

Desde 1983 hasta la fecha, ¿mejoró la calidad de la política democrática o se deterioró? ¿Tienen los ciudadanos motivos para sentir que participan más que antes o tienen muchos más motivos para sentir decepción y escepticismo?

En 2002, durante el gobierno de Eduardo Duhalde hubo un atisbo de comenzar una reforma política con la introducción de las internas abiertas, pero se frustró inmediatamente, casi ese mismo año, cuando el Congreso suspendió ese procedimiento. Fue un mal signo. Esta semana, el juez Blanco no hizo nada para reavivar aquella llama, que parece haberse apagado. ¿Alguien se animará a encenderla nuevamente?

Candidaturas oscuras

Criticar la decisión de Blanco no significa criticar al juez en sí mismo, ni tampoco, poner en tela de juicio las calidades que pueda tener el gobernador bonaerense Daniel Scioli o su par tucumano, José Alperovich, a quien otro juez federal autorizó a presentarse como testimonial.

Blanco es un juez experimentado, pero su sentencia naufraga al hacer una decisión demasiado estrecha de la Constitución.

Es cierto que Blanco tiene una cuota de razón cuando dice que es la gente la que puede condenar o premiar a los políticos. Pero surge una pregunta: ¿es legítimo pedirle a la gente que opte entre varios platos de comida cuando uno de ellos está envenenado?

Por su parte, tampoco está en juego la calidad política de Scioli.

Las políticas que impulsa Scioli -o la de Alperovich- pueden ser correctas, y su gestión como gobernador así como sus programas de gobierno no están en juicio.

¿Pero es prolijo que un candidato pida a la gente que lo vote para hacer un trabajo cuando él mismo no puede prometer si realizará o no ese trabajo? Se espera que un hombre político tenga una palabra seria y única.

A contramano de las internas abiertas, de los debates públicos entre candidatos y de otras prácticas transparentes, las candidaturas testimoniales victimizan a sus propios protagonistas y son oscuras: los ciudadanos advierten que los políticos les mienten; no saben si están votando a un candidato visible o, en realidad, asumirá el cargo otro candidato que fue opacado por el testimonial. Los ciudadanos tampoco saben si el candidato aparente ocupará el cargo, ni mucho menos puede entrever porqué ese candidato, que ahora es gobernador, renunciará a esa primera magistratura para pasar a integrar un cuerpo colegiado como es el Congreso.

Los ciudadanos, que según todas las encuestas son descreídos de la política, tienen un nuevo motivo para dudar y alejarse de los asuntos públicos.

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