Política, amenazas y culpa religiosa, detrás de la ruptura de Koki y Sandra

Por qué estalló el matrimonio de Jorge Capitanich y la diputada Sandra Mendoza.
Primero los abandonó el amor, más tarde la cordura, finalmente ocurrió lo que estaba escrito. El matrimonio de Koki y La Sandra llegó a su fin o, mejor dicho, se ha quedado sin la máscara que ocultaba su descalabro. Que Koki sea el gobernador de Chaco y La Sandra diputada nacional electa, no es el único motivo por el que esta historia y esta ruptura importan. El matrimonio, coinciden sus amigos y familiares, se hubiera destruido mucho antes o quizá nunca, sino fuera por el cálculo político, ciertas culpas religiosas y oscuras amenazas de escándalo y secretos develados.

¿Cómo llegaron a esto? ¿Cómo permitieron mostrarse así, Sandra desatada por la ira, insultando a su marido en la plaza de Resistencia, y el gobernador, él, dolorido por la vergüenza, dando la orden de expulsarla del gobierno y de su casa?.

El desenlace ocupa 72 horas de historia; la verdad se encuentra en décadas. Jorge Milton Capitanich y Sandra Mendoza, protagonistas del más espectacular desencuentro amoroso y político de los últimos años, fueron siempre tan distintos como era posible. Para casi todo Chaco, es un misterio que se hayan mantenido juntos tantos años.

Se vieron por primera vez una noche de peña en el Club Universitario de Resistencia. Era 1986 y los unía la militancia en la Juventud Peronista (JUP) de la Universidad del Noreste. El era un aplicado estudiante de Ciencias Económicas (sería contador) y el único de su grupo que usaba pantalón de vestir y camisa, mientras los demás rockeaban y se pintaban las remeras. Ya era "Koki" o "El Negro", jugaba al fútbol en el Club Sarmiento y paraba en una pensión de la calle La Rioja con su hermano mayor. El joven Capitanich era un muchacho tímido, corto se diría, con dificultades para relacionarse.

De ella se recuerda un universo muy diferente. Su familia no fue nunca rica, pero Sandra ostentaba con orgullo el apellido de su padre, un respetado abogado peronista. Ya hablaba mucho más de lo que escuchaba, no tenía demasiados filtros antes de hablar y era capaz de pararse en una silla de la facultad de Medicina (es kinesióloga) para insultar ideas ajenas. "Y aunque nadie lo podía creer, él tuvo que conquistarla porque al principio ella no quería saber nada", cuenta un compañero de la JUP. ¿Estaba Capitanich enamorado? "Se hundía en la bañadera pensando en ella", dicen.

Para los muchachos peronistas no era secreto la cercanía de aquel Capitanich con el ala ortodoxa de la Iglesia Católica. Como hoy, ya iba a misa todos los domingos, no tomaba alcohol ni fumaba, evadía cualquier salida, fiestas, parrandas. Poco a poco fue quedando bajo el ala de un peronista chaqueño aliada a la Iglesia, Juan Carlos Venitez. De su mano y la de su suegro, logró su primer cargo, como secretario de la gobernación, en 1990. Ese mismo año se casó con La Sandra, en la catedral de Resistencia. Su familia de la colonia La Montenegrina, en el interior de Chaco, viajó para ver al hijo vestido totalmente de negro, un traje que le compraron sus compañeros del gobierno haciendo una vaquita. Era pobre, todavía.

Poco después se fueron a Buenos Aires y todo cambió. Capitanich empezó a crecer en la política y en los negocios, mientras Sandra trabajaba de kinesióloga en hospitales públicos. El creó una consultora para empresas, viajó por el mundo, trabajó para el Ministerio de Acción Social y privatizó, con cierto escándalo, el banco de Formosa. Su crecimiento, dicen, era acompañado por Sandra desde un lugar extraño. Ella lo empujaba, pero se mantenía expectante sobre su propio espacio y lamentaba sus recurrentes ausencias y desplantes. Empezaba una competencia abierta. Y las dagas: "Sos un ricachón", le decía ella. Y él callaba.

Tuvieron dos hijas, criadas hasta hoy en Buenos Aires, se compraron un departamento millonario en Palermo y volvieron a hacer política a Chaco. En 1999 él fue candidato a diputado por la provincia y perdió. Dos años después logró un lugar en el Senado. En cuestión de meses pasaba a ser jefe de Gabinete de la Presidencia, en el gobierno de Eduardo Duhalde.

En esos días iniciaron, por primera vez, los trámites para el divorcio. Al final lo frenó él con la promesa de hacerle un lugar como diputada provincial en la lista del PJ. Juran en el peronismo chaqueño que Capitanich lloró de impotencia ante sus compañeros para que la sumaran a la lista de candidatos. "Es un pedido personal", rogó.

¿Por qué no ocurrió esa vez? ¿Por qué no se divorciaron? Los amigos de Capitanich lo atribuyen a su ortodoxia cristiana y a su temor al escándalo o al que dirán. Sus enemigos suman razones en una serie de documentos que ella decía tener guardados en una escribanía porteña. Documentos a los que accedió en parte Adam Pedrini, peronista histórico de Chaco, que formalizó en una denuncia poco investigada y que acabó en una condena en su contra por calumnias. Eran supuestas cuentas bancarias en Suiza y en Nueva York, empresas que Capinatich negaba tener. "Sandra es una bomba de tiempo", se decía. Aquel divorcio quedó en la nada y Sandra logró ser diputada provincial. Dicen los más íntimos que ya no compartían la habitación y menos la cama. Para peor, a ella le habían diagnosticado un cáncer, al que mantiene a raya, como a su diabetes de siempre.

Los últimos años fueron la explosión de las diferencias. Ahora que jugaba en política, ella se dedicaba de lleno a caminar los barrios pobres de Resistencia. El seguía en Buenos Aires. La vida los volvió a encontrar bajo un techo estable, el de la residencia de la gobernación chaqueña, a partir de 2007. Ella le pidió ser ministra de Salud y lo consiguió, pero sus insultos fueron cada vez más recurrentes, empujó a la renuncia a varios funcionarios del gobierno, dijo cuanto quiso incluso contra su marido, fue casi expulsada por culpa de su culpa en la epidemia del dengue. Su espontaneidad, que algunos elogian y muchos temen, se terminó de estrellar cuando el miércoles pasado se enfrentó a la policía que, por órdenes de Capitanich, reprimía una manifestación.

Y el final llegó. Las culpas religiosas, el temor a dañar su imagen o a los secretos que ella promete, fueron sopesados. Para el gobernador, nada vale menos que el daño presente o el porvenir. En diciembre, La Sandra será diputada nacional. Ya sabrá Koki, y el país, si a esta historia no le falta un epílogo.

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